mayo 02, 2006

Masacre a la carta

A todo el mundo le gusta ser invitado a tomarse unos tragos, a celebrar, a charlar, a compartir con el dirigente político de su preferencia. Sobre todo si el lugar de reunión es un sitio de clase, de prestigio. Carlos Eduardo Garí Altuve, un caballero de 53 años que por esas cosas de la vida está convencido de que la solución para este país se llama Claudio Fermín —a cualquiera le pasa, cómo se hace— acudió a un conocido restaurant de Las Mercedes que no podemos mencionar —porque le tenemos mucho miedo a las represalias, como ustedes saben— con el fin de participar en una reunión de apoyo a su líder. Pueden imaginarse lo sabroso que terminó poniéndose todo a golpe de 11 de la noche, sobre todo cuando el candidato comenzó a despedirse de sus simpatizantes, queridos compañeros, gracias por su apoyo y dénle durísimo, ahí los dejo en la grata compañía de esas siete cajas de Etiqueta Negra, ¿y de qué otro color iba a ser la etiqueta? La propaganda subliminal también funciona.
Cerca de la medianoche, pues, Carlos Eduardo Garí quedó con un grupo de amigos, entre ellos tres hermanazos del alma llamados Jesús Ríos, Luis Beltrán Lara y John Rodríguez —los dos primeros son altos dirigentes del sindicato Sunep-Hacienda—, su hijo Carlos Manuel y un grupo de caballeros más. Tipo 12 y media, cuando los presentes se cansaron de contar chistes a costillas de la pobre alcaldesa de Chacao, Carlos Eduardo le pidió a su hijo que le buscara unas tarjetas personales en la camioneta, para repartirlas entre algunos recién conocidos. El muchacho se dirigió a la camioneta de su padre y sacó varias tarjetas de presentación. Mejor dicho, intentó sacarlas, porque apenas medio abrió la puerta ya tenía a un sujeto encima, metiéndole unos ganchos de izquierda de esos que duelen al respirar. El muchacho identificó al sujeto, que era el encargado de vigilar los autos de los clientes, y trató de explicarle que esa era la camioneta de su papá. Pero nada, el parquero ya le había cogido el gustico a la práctica de boxeo y toma, perro, al joven por ese buche.
Los mesoneros y otros empleados del restaurant —que no nos atrevemos a nombrar, qué broma con este miedo, esta falta de riñones—, a falta de otra cosa más importante qué hacer, decidieron ponerle sabor a sus vidas y lo mejor que se les ocurrió al respecto fue unirse al parquero; entonces aquello se llenó de tipos empeñados en jugar fútbol utilizando como balón el cuerpo del muchacho. Este, en su angustia, pensó que la salvación estaba dentro del restaurant, y ahí sí es verdad que se empasteló la harina, pues cuando el papá del joven quiso intervenir para quitarle a aquellos engendros de encima entonces el batallón de vigilantes y mesoneros entromparon contra él y le dieron hasta en el apellido. Quince minutos después, padre e hijo eran una especie de mondongo sangriento que resbalaba por el piso, tratando de explicarle a los demás que ellos eran personas decentes y que, aún si no lo fueran, la cosa no era para tanto. ¿Y los amigos de Carlos Eduardo Garí, los valientes sindicalistas, compadres del alma? Chévere, el carrerón que pegaron marcó récord y todo, por esa avenida Río de Janeiro de mis tormentos.
En Caracas hay donde se come y se bebe, quizá no tan sabroso, pero donde nadie le va a arruinar la cena como se la arruinaron a los Garí en el restaurant La Confiture aquella madrugada. ¡Ay Cristo!, ya se me salió el nombre. Lo siento, lo siento, les ruego que me disculpen. De verdad, lo lamento mucho.

Marcas de guerra

Carlos Eduardo Garí encontró fuerzas e ingenio en medio de su desgracia para sacar el celular y marcar el 911. En 15 minutos estaba allí una patrulla de la Policía de Baruta; eficientes muchachos. Garí les explicó que aquellos tipos acababan de masacrarlos sin piedad y les exigió que los detuviera, él iba a presentar una denuncia formal. Los policías le informaron: caballero, nosotros estamos aquí como árbitros, como mediadores, no podemos meter preso a nadie. Ante la blanda actitud de los funcionarios, Garí se contentó con tomar nota de sus nombres. Se llaman Norman Sánchez y Rubén Morillo. Conócelos, pueblo, esos son tus defensores.
Destruidos, botando más sangre que una película de Chuck Norris y humillados por mesoneros y policías por igual, Garí padre e hijo se dirigieron a la PTJ de Santa Mónica, cerca de donde viven. Allí les dijeron que no les correspondía procesar esa denuncia, pero que podían dirigirse a la PTJ de Chacao. A todas estas eran cerca de las 2 de la madrugada y ponerse a dar vueltas en aquellas condiciones no era muy recomendable, así que los heridos se dirigeron a su casa para descansar, hacer un recuento de los daños y prepararse para salir temprano a denunciar a los bravucones de La Confiture —otra vez el nombre, es que a veces no puedo evitarlo—.
Frente al espejo, Carlos Eduardo Garí pudo constatar con alivio que el dolorcito del pecho era una simple fractura de clavícula; el hueso le sobresalía unos centímetros por encima de su nivel normal. Menos mal, no era ningún conato de infarto como él creía. También tenía el brazo izquierdo inmóvil, un boquete considerable en el párpado derecho y contusiones por todo el cuerpo. En cuanto a su hijo, debido a su juventud sufrió menos desperfectos en la carrocería, pero por el resto de sus días le quedará un horrible trauma: además de darle golpes de todo calibre, uno de aquellos sujetos lo mordió en el pecho. ¿Cómo va a explicarle Carlos Manuel a su pareja, cuando estén en la intimidad, que aquella marca pertenece a la dentadura de un hombre? Algo espantoso, abominable.

Los intocables

En la mañana fueron a la PTJ de Chacao, donde tomaron nota de su testimonio y los enviaron a la Medicatura Forense. Luego de los exámenes se determinó que Carlos Eduardo presentaba, además de la luxación de la clavícula, lesiones en la columna, en la rodilla, en el antebrazo izquierdo; con todo, y que debía ser operado, cosa que ocurrió cinco días más tarde. En cuanto a las diligencias del día 4, en Chacao les sugirieron que fueran a la Policía de Baruta y así lo hicieron, en compañía de sus abogados Víctor Garí y Nicolás Gallo. Allí los atendió el comisario Enrique Aranguren, quien les aseguró que lo procedente era dirigirse al módulo de Poli Baruta que queda en Las Mercedes, a media cuadra del restaurant La Confiture. Fueron hasta allá y un inspector-jefe les aseguró que enseguida iban a mandar dos patrullas para capturar a los bandidos. Pero un momento: una llamada del inspector Kemy López obligó a esperar un momento, él tenía algo que decirles a los denunciantes.
Lo que Kemy López les dijo fue, en pocas palabras, que la policía estaba muy ocupada con los choros y los buhoneros y que ultimadamente, chico, esa denuncia no va a llegar a nada porque esa gente de los restaurantes conoce a mucha gente poderosa y nosotros no queremos problemas. Linda frase. Así que los Garí siguieron escalando la cuesta de las jerarquías y en su empeño fueron a parar a la Policía de Miranda, en el coliseo de La Urbina. Allí comisionaron a dos agentes y fueron a buscar a los agresores. Llegaron al restaurant, Carlos Manuel identificó al parquero y los agentes procedieron a detenerlo. Entonces desde dentro del restaurant surgió un terremoto de gente que intentaba impedir la acción de los policías. Una mujer que se identificó como dueña del local les dijo a los policías que cuidadito con llevarse a su parquero, yo soy muy amiga de Lazo Ricardi y Hermes Rojas Peralta, mijito. Además, el señor se cayó, dijo, refiriéndose a Carlos Eduardo Garí. Como esta es una página interactiva, vamos a pedirle a los lectores su intervención. ¿Qué respuesta le daría a la señora?:
a) Sí, el hombre se cayó, pero dentro de una licuadora.
b) ¿No se va a caer, con esa diabla que le estaban dando el parquero y los mesoneros?
c) Se cayó desde un décimo piso.
d) Cayó por inocente.
Ante la insistencia de los abogados de Garí, y a pesar de las presiones e insultos, el sujeto fue llevado detenido al coliseo de La Urbina. Gran triunfo del bien y la justicia. Eran las 4 de la tarde del día 4 de diciembre.
A las 11:30, Carlos Manuel recibió una llamada, la llamada más rara del mundo: un detective llamado Alirio Natera, de Poli Miranda, le pidió que fuera hasta el coliseo para terminar el procedimiento de la tarde. “Deme su dirección para irlo a buscar”, le dijo, pero Carlos Manuel prefirió llamar a los abogados e ir con ellos para ver de qué se trataba. Cuando llegaron los hicieron pasar, no por la entrada principal sino por el estacionamiento. En medio de una oscuridad espantosa les dieron un notición: al parquero de La Confiture lo habían soltado por órdenes del director de la Policía de Miranda, comisario Hermes Rojas Peralta. “Pero ven, móntate en la patrulla para que identifiques a los otros”, insistían los agentes, con un tonito de misterio que llevó a los Garí a huir del lugar y a acudir a otras instancias.La denuncia de los Garí no aparece en el libro de novedades de la policía de Baruta, lo cual ya es una —otra— irregularidad de marca mayor. La Fiscal 58 los remitió a la Fiscal asignada a Chacao. Esta los remitió a Poli Baruta, otra vez. Allí, el director de Operaciones, Oswaldo García, les hizo un comentario entre franco y desencantado: “Los dueños de restaurantes de Las Mercedes tienen más poder que nadie.
Ha habido policías lesionados, tiroteados, destituidos y presos por meterse con algunos hijitos de papá en esa zona”. Se entiende: yo te brindo el almuerzo y los tragos y tú me proteges. Nos importa un pepino si esto funciona exactemente así, pero de momento parece que Hermes Rojas Peralta, director de la Policía de Miranda, tiene algo que explicarle a sus funcionarios y a la familia Garí.
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Publicada el 21/12/97 con el título A falta de policías buenos son los mesoneros.
Un día después de la publicación de esta crónica, el inspector Kemy López acudió a la redacción de El Nacional para aclarar, haciendo uso de su derecho a réplica, que el proceder de Polibaruta fue el correcto en todo momento, pues la función de las policías municipales es la vigilancia y prevención, no la investigación de hechos punibles. Indicó López que, de haber arrestado a las personas acusadas por Garí, habría usurpado funciones que le corresponden al Cuerpo Técnico de Policía Judicial.

abril 13, 2006

El profesor

La escena no podía ser más vertiginosa, ni tampoco más cotidiana: el automóvil partió de Monte Piedad y sobrevoló la calle real de La Cañada, en el 23 de Enero; giró a la derecha en Agua Salud y desembocó en la avenida Sucre, desde donde se elevó hacia las alturas de Lídice para llegar al hospital. El chofer del vehículo tenía sus buenos motivos para no hacerle mayor caso a las luces de los semáforos ni a los pasos de peatones: en el asiento de atrás llevaba a un caballero de 28 años con una herida de bala en una mano, y a su lado a una señora con un hijo en peores condiciones que el caballero de atrás. El niño, de nueve años de edad, también iba herido de bala, pero en el tabique nasal.
La mujer insitía en que llevaran al jovencito a una clínica por aquello de que la atención es mejor donde cobran más –la peor clínica privada de Caracas está a años luz del mejor hospital público, o al menos eso dicen– pero el chofer vio las cosas demasiado feas desde el principio y prefirió llegar rápido al primer centro donde hubiera un señor que, sin ser vendedor de perros calientes, llevara puesta una bata blanca. En Lídice los recibieron, presurosos; el hombre del tiro en la mano sólo requirió un tratamiento ambulatorio mientras que el niño entró de emergencia al quirófano.
Mientras el muchacho estaba siendo intervenido su madre le preguntó al de la mano abaleada qué había ocurrido exactamente, cómo le habían hecho aquello a su niño. El hombre contó que había sido durante un enfrentamiento; unos sujetos habían disparado cerca de donde ellos estaban y una bala, la misma que lo hirió a él en la mano, había ido a parar al rostro del jovencito. Pocos minutos después llegaron otras personas que estuvieron presentes cuando sucedió todo, y entonces la historia cambió de rumbo: el tipo que había herido al niño era el mismo hombre del disparo en la mano. Mil dedos acusadores lo señalaron como al mal entretenido que, al manipular un arma, la accionó con tan buen sentido de las proporciones que no sólo se hirió él mismo, sino que alcanzó con el proyectil al muchacho.
El testimonio y las negaciones chocaron pronto, pero apenas asomó por el lugar una comisión de la Guardia Nacional los familiares del niño hicieron valer su versión y el hombre fue detenido para averiguaciones.

Todo un profesor

El niño respondía al nombre de Néstor Josué Barreto; estuvo hospitalizado durante cinco días y al cabo de ellos falleció sin haberse podido recuperar. El hombre de la pésima puntería, por su parte, se llama Jairo Arias, tiene 28 años y una fama un tanto extraña en los predios del bloque 1 de Monte Piedad. Varios vecinos dan testimonio de la desmedida afición de Arias por la enseñanza y la orientación de los menores del sector. El 31 de diciembre pasado, por ejemplo, tuvo un encontronazo de perros con los familiares de varios muchachos que lo vieron dándole clases de tiro a los jóvenes, detrás del bloque. Con semejante maestro, ya uno se imagina la calidad de los tiroteos que pueden producirse. Eso de volarse uno mismo los dedos antes de atacar al enemigo no parece ser una maniobra muy elegante que se diga.
El cuento completo fue más o menos del siguiente tenor: Jairo Arias, en una emergencia económica, le empeñó o le alquiló su arma, una pistola calibre 7.65, a un joven nombrado Rafael Solórzano, conocido como El Pelón. Este señor acudió al bloque 1 el día que Jairo le indicó para devolverle su hierro a cambio de la cantidad de dinero convenida, y justo estaban en eso cuando a Jairo se le removió su vena de profesor de tiro y llamó al niño Néstor; éste acudió un poco temeroso al llamado y cuando estaba junto al dúo se produjo la detonación y todo lo demás. Al parecer había alguien más al lado del Pelón y Jairo en ese momento, un muchacho de apellido Benavides que acudió a declarar y contó la historia más o menos con estos detalles.
Testimonios y adminículos aparte, lo que termina de enrarecer el panorama, según la visión de la familia de Néstor y sus abogados, es el hecho de que a Jairo Arias se le dictó una sentencia en tiempo récord: fue homicidio culposo y debía estar en prisión durante 4 meses. Su detención apenas duró 12 días, al cabo de los cuales solicitó un beneficio de suspensión condicional de la pena, cosa que le otorgaron de inmediato debido, entre otras cosas, a que no posee antecedentes penales y además, a la hora de la declaración, admitió tener responsabilidad en los hechos (el nuevo Código Orgánico Procesal Penal es así de generoso).
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Publicado el 18 de abril del 99 con el título: Buen ciudadano, mala conducta.

abril 02, 2006

Los anillos de la BOA

  • No soy tan engreído como para decirlo a cada rato ni tan modesto como para no recordarlo: en el año 99 me habían llegado tantas (y había publicado tantas) denuncias de brutalidad policial por parte de la policía de Aragua, que el Gobernador comenzó a mirar con atención a la institución, y al cabo de unas pocas semanas decidió disolver la Brigada de Operaciones y Apoyo (BOA). Me lo contó Teodoro Petkoff, quien, según su testimonio, se encargó de recitarle en la cara al Gobernador las muchas historias que publiqué en El Nacional. Esta en particular apareció el 13 de junio de 1999.

Procedimiento de rutina: en la Central de la PTJ de Cagua, estado Aragua, alguien recibe una información –una voz temblorosa que por teléfono tenía algo de ultratumba–, toma nota de unas señas, anota una dirección, y envía a una comisión para verificar el contenido de aquel telefonazo urgente. Los agentes se arman de valor, de un poco de paciencia y de un par de barras de chocolate, y se lanzan entre bostezos y silbidos, en plena madrugada, hacia una zona de culebras y matorrales en la carretera Cagua-Villa de Cura. El reloj indica que no hace mucho comenzó a rodar el día sábado 5 de junio de 1999.
Enrumban la patrulla a 80 por hora –así asumen las emergencias ciertos tipos– y comienzan a hablar de los calorones que están haciendo en estos días, de lo bien que le está yendo a Bob Abreu en las Grandes Ligas, de la secretaria nueva que trabaja en la comisaría, una muchacha que está más buena que meter un tenedor en la olla donde burbujea el sancocho para sacar la cabeza del jurel, echarle limón en los ojos y chupárselos con un ruido indiscreto que le remueva la perra envidia a los demás.
¿Por qué el hastío de aquellos gendarmes? ¿Por qué los ojos vidriosos, el aspecto soñoliento, los estirones de aburrida pesadez en esa patrulla? ¿Será que Cagua es un lugar tan plácido que aquellos hombres ya acuden a ese tipo de llamados con la actitud de quien está perdiendo el tiempo? Pues no. Ocurre todo lo contrario. La llamada en cuestión se refería al hallazgo de un cadáver en el sector llamado El Huete, y eso para ellos ya no constituye ninguna novedad: el lugar es un conocido botadero de gente que ya hasta fama tiene en el ambiente policial. Así que los funcionarios acuden al sitio listos para encontrarse con el espectáculo de costumbre. Y sí, llegaron y encontraron lo que esperaban encontrar. Sólo una cosa inesperada: allí no había un cadáver sino dos. Ambos presentaban idénticas heridas de bala: entrada por la boca y salida en la región occipital. No es preciso ser un experto en balística para sospechar que ese trabajo ha sido muchas veces practicado.
La identidad de los cuerpos ha hecho hervir la sangre de mucha gente en Aragua, pues ni Jesús Alfredo Franchi ni Richard Rodríguez Sánchez habían hecho nunca nada que les mereciera semejante final.

Yo no estaba ahí

Jesús Alfredo tenía 25 años y Richard 26; ambos eran técnicos de refrigeración y tenían su lugar de trabajo y de residencia en Turmero. El viernes 4 asistieron a una fiesta en Cagua, rumbearon toda la noche, como es de esperar, hasta que de pronto la gente empezó como a enratonarse, la alegría empezó a disminuir y alguien dio con el motivo: las cervezas habían pasado a la historia. Hora de hacer una vaca y salir por más; eran cerca de las 11 de la noche. Quienes se ofrecieron para ir a comprarlas fueron ellos, los infortunados.
Los vecinos de la calle Ricaurte lo han contado a todo pulmón y en repetidas oportunidades: los muchachos iban con su par de gaveras rumbo a la licorería, cuando de pronto una comisión de la Brigada de Operaciones y Apoyo de la Policía de Aragua (BOA) se detuvo junto a ellos. Ya está, se estropeó el factor sorpresa: ya el lector, muy inteligente por lo demás, se ha percatado de la razón de ser del título de esta crónica. A veces es una desventaja tener lectores tan inteligentes.
Los agentes cumplieron con el requisito de pedirles la cédula de identidad, y luego los montaron en una patrulla. Las gaveras se quedaron en mitad de la acera y el ratón de los asistentes a la reunión recrudeció, aunque a decir verdad la cosa pasó a un segundo plano porque enseguida la gente comenzó a movilizarse para ver adónde se habían llevado a los muchachos. Fueron a varias comisarías de la Policía de Aragua: nada. Fueron a los hospitales: nada. A casa de los jóvenes: nada. A la morgue: nada. Entonces cada quien se fue a su casa a esperar el desenlace, y el mismo sobrevino a las 4:30 de la madrugada, con la llamada de la PTJ que reportaba el hallazgo de los cuerpos.
Consultado al respecto, el jefe de la brigada responsable de haberse llevado a los muchachos, Alvaro Castellanos, dijo que a él no le constaba que los agentes del BOA se hubiesen llevado a nadie de esa fiesta, pues sólo existían unos testimonios dispersos de testigos que no daban la cara. Es decir, el BOA no tenía información de que alguno de sus integrantes hubiera detenido a nadie en ninguna fiesta. Dos minutos después de haber dicho esto, afirmó: "Tenemos información de que en esa fiesta había varios delincuentes, entre ellos uno llamado El Niño, quien está solicitado por varios cuerpos policiales". Insistimos: qué inteligente es el lector. Seguramente ya se dio cuenta de los tornillos flojos que se bambolean entre las dos declaraciones.

Didalco: ¿estás vivo?

Dos días después, en vista de las denuncias que los familiares comenzaron a divulgar por la prensa regional, comenzaron las llamadas: que si déjate de estarme acusando, que si tenemos las placas del carro de tu hermano, que si cuidadito te ocurre un accidente cuando cruces la calle. El chisme fue a parar a oídos del comandante de la Policía de Aragua, y después a oídos del propio gobernador de Aragua. La última información recibida da cuenta de una acción del gobernador: el grupo BOA ha sido desmontado, desmantelado, eliminado, y hay una averiguación en marcha pues la PTJ detectó rastros de sangre en el uniforme de un funcionario de la brigada.Eh, Didalco: ¿se conformará su gestión con haber eliminado a una brigada o le meterá el ojo a la cantidad de denuncias que ha habido, sólo en este año, contra otros agentes de la Policía del Estado?

marzo 30, 2006

Los Muchachos del Plan

Alberto Repillosa Rondón, 19 años de edad, con residencia en Ocumare del Tuy, estaba a punto de recibir la baja del ejército como Cabo segundo, y se desempeñaba además como efectivo de la Policía Militar. Participó en el Plan República, custodiando unas mesas electorales en Petare; finalizado el evento, a quienes participaron en él les correspondió salir unos días de permiso para visitar a sus familiares, y fue lo que hizo Alberto Repillosa: vuelta a Ocumare, recorrido por el pueblo para saludar a los familiares y conocidos y después la fiestecita familiar de rigor, en el mejor estilo de la gente de provincia: sancocho, dominó y cerveza bajo la primera mata de mago que se preste para el ritual.
Sucedió en el barrio Santa Rosa; los testigos son varios familiares de Alberto, su novia y un grupo de vecinos que se arrimaron al sarao en el transcurso de la tarde. Una patrulla de la Policía de Miranda pasó por allí; más tarde se averiguó que un grupo de agentes fueron a llevar a su casa a un compañero que vive en la misma calle. De regreso metió un frenazo urgente frente a donde estaban Repillosa y los suyos, y comenzó una requisa sorpresa de la cual no sacaron nada que no fueran las fichas de dominó, los platos y cucharas para el sancocho, las botellas y la sorpresa de los festejantes.
Alberto cometió la equivocación de identificarse como efectivo de la Policía Militar; equivocación, sí, porque uno de los policías, de nombre Jaime Guzmán, comenzó a desafiar al joven con todo tipo de recursos, desde el célebre “Quítame la pajita del hombro” hasta el “Ayer pasé por tu casa, tu mamá me dijo feo”, pasando por el “¿Tú sabes jugar rojo, o piragua?”. El soldado esquivó todas las provocaciones, pero de pronto, sin que hubiera pasado nada fuera de lo común aparte del aplique policial, a Jaime Guzmán se le escaparon dos tiros —¿se le puede escapar a alguien dos tiros, sin intención? Ya sabemos que es bien difícil, pero es lo que dice la declaración oficial—, que impactaron en el cuerpo de Alberto. Este fue trasladado al hospital de los Valles del Tuy por los propios policías, siempre tan considerados; lo dejaron en la puerta y se marcharon, como suele ocurrir, y Alberto Repillosa falleció pocos minutos más tarde.
Declaración de rigor: “Lo matamos en un enfrentamiento”, pero la PTJ investigó hasta dar con la historia correcta, y pasó al afable Guzmán a las órdenes de los tribunales.

La muerte banal

Iván Darío López, de 18 años, ingresó al ejército en el mes de julio. Los planes eran los mismos que suelen imaginarse los jóvenes que se presentan en el cuartel de turno o los que de pronto caen reclutados: cumplir con el servicio militar sin mucho sobresalto, ver transcurrir las horas en medio de los ejercicios, algún empujón de alguien de mayor rango y después desquitarse con los nuevos de las camadas sigiuientes. Y más nada, a menos que el país esté al borde de alguna guerra, o a alguien se le ocurra enviar soldados a darse duro en los Teatros de Operaciones con la guerrilla.
El caso de Iván Darío no fue ese, ni en el bueno ni en el mal pensamiento: ni le tocó ir a la guerra ni le tocó estar descansando sabroso en un cuartel, sino que en noviembre se atravesó el agite de las elecciones y a él le correspondió estar de pie todo el día en un grupo escolar del Zulia. Durante el fin de semana que le correspondió de permiso Iván Darío regresó a su casa ubicada en el sector La Batea, de Maracaibo.Acá es cuando se banaliza, o se complica, la historia. La noche del 14 de noviembre, mientras regresaba a su casa después de reunirse con unos amigos, fue interceptado por un sujeto a quien llaman simplemente Fernando. Este le dio una orden como las que jamás recibió en el cuartel: Ponte de espaldas. Iván Darío lo hizo: el tal Fernando no tiene rango alguno, pero sí cargaba un pistolón más elocuente que la voz de cualquier coronel. Y más nada: apenas el joven obedeció de aquella pistola salieron cuatro proyectiles, y los cuatro dieron de lleno en la espalda del joven López. El agresor no le quitó sus pertenencias. Detalle extra para la investigación.
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La publiqué en El Nacional el 6 de diciembre de 1998, el día de las elecciones en que Hugo Chávez fue electo presidente de Venezuela.

marzo 10, 2006

Proselitismo tragicómico

Comenzó con un dolor leve, más bien una molestia, en la parte baja de la espalda. Miguel Piñango venía de Caracas con su esposa rumbo a Altagracia de Orituco, su lugar de residencia, y al llegar la molestia se convirtió, ahora sí, en un dolorcito más o menos insoportable. Nada más para ver de qué se trataba todo aquello fue a la policlínica del pueblo; allí le hicieron una revisión inicial y le diagnosticaron cálculos en la vesícula; le colocaron un antiinflamatorio, lo dejaron en observación dos días y le recomendaron que se hiciera una operación. Poca cosa: extraer un cálculo de la vesícula es más fácil que ganarle a Venezuela un partido de fútbol, así que vaya a hacerse unos exámenes y regrese para quitarle ese fastidio del cuerpo, ¿okey?
Piñango, caballero de 50 años, comerciante y con un ganado pastando de sol a sol en el Guárico, fue al hospital Padre Machado para hacerse el bendito examen y el mismo ratificó lo dicho por la gente de Altagracia, esto es, tenía unas piedritas -microlitiasis, lo llaman en ese lenguaje fascinante de la medicina- en la vesícula. Por lo demás, su estado de salud ya quisieran tenerlo muchos jóvenes: el resultado de comer a la hora, de tener una familia numerosa y simpática -si ustedes vieran la sonrisa de su hija, Yorli-, de mantener un humor refrescante como todo buen llanero, de levantarse a diariamente a trabajar a las 8 de la mañana -lo cual en sí mismo no es ninguna hazaña, pero sí para alguien como uno, a quien le cuesta una barbaridad levantarse antes de las 10 y media. Con su resultado en las manos regresó Miguel Piñango a Altagracia, contento porque el cuerpo estaba funcionando como tenía que ser. Entonces decidió ir al Centro Médico Orituco, donde se realiza la operación de vesícula por laparoscopia. Allí lo atendió un médico de lo más amable, de nombre César Ramírez.

Sencillito, sencillito

Ramírez, un hombre muy conocido en Altagracia -y que Acción Democrática está a punto de postular como candidato a la alcaldía- lo recibió con un apretón de manos de ésos que dan ánimo pero que, por otra parte, parece que le fracturan a uno los huesos. La opinión de este médico coincidía con las otras que Piñango había escuchado antes: yo lo opero el lunes, usted descansa en la clínica unas horas y al otro día se va para su casa o para la finca, a seguir tumbando toros. Además, la operación cuesta una módica suma de 650 mil bolívares con todo y los exámenes, y como aquí andamos en una onda de Imgeve puedes pagarla en dos partes. Unos días después, luego de consultar con la familia y los amigos, Piñango decidió que Ramírez era el tipo: dueño de la clínica, un prestigio ascendente, un nombre que inspira confianza. El viernes 11 de julio sería la cosa: preparó una muda de ropa y se fue a hacer la operación para acabar con la bendita molestia de la vesícula.
Entró en el pabellón a las 7 am y salió a las 10:30; cuando Ramírez fue a visitarlo a la habitación, Piñango le dijo en mitad de la nota de anestesia: “Me jodiste”. Hay estados de la conciencia que resultan proféticos. La frase no es mía, es de Adriana Azzi.
El sábado 12, cuando se suponía que Miguel Piñango estaría de regreso en el hogar, amaneció estropeado del cuerpo y del espíritu, así que Ramírez le sugirió que se quedara en la clínica un día más. El domingo el doctor no asistió para hacerle el último examen y Piñango tampoco estaba en buenas condiciones, así que decidió quedarse hasta el lunes 14. Ese día, a las 10 de la mañana, entra al cuarto la secretaria de Administración con una sabrosa factura de 900 mil bolívares. El lector no es estúpido, el lector se está dando cuenta: ya comienza a enrarecerse el panorama. Ramírez deja en la oficina un cheque por 400 mil, queda en pagar el resto cuando converse con el médico y se marcha con semejante malestar encima: ya no tenía el cálculo en la vesícula pero sí una piedrita en el zapato, y unas ganas horribles de aclarar las cosas con el doctor de marras.

No tan sencillo...

El día lunes y el martes Miguel Piñango no pudo ingerir alimentos normalmente porque enseguida vomitaba; era una ocasión propicia para hablar con el doctor Ramírez. Este le recetó una medicina para tomársela antes y después de comer. Hubiera sido más fácil recetársela para antes y después de vomitar, ya que el organismo de Miguel Piñango no retenía ningún alimento. Cuatro días después decidieron ir de nuevo a la clínica para ver qué demonios salió mal en la operación y Ramírez les hizo un anuncio solemne: no fue la operación, compañeros, este señor tiene algo más y ya vamos a ver de qué color son las bananas.
Reclusión de Piñango en Emergencia, revisión profunda por parte de Ramírez y dictamen decisivo del galeno: señor, usted lo que tiene es estrés. Váyase para su casa y coma. Gran fórmula, pero Miguel Ramírez no pudo estar en su casa más de unas pocas horas, regresó con un dolor infernal y un gastroenterólogo decidió hacerle una endoscopia. Esta vez el análisis arroja otro resultado: el famoso estrés diagnosticado por Ramírez resultó ser una úlcera en el píloro. Para quienes no aprobaron el sexto grado, aclaremos: el píloro es el orificio que comunica al estómago con el duodeno, la puerta de entrada al intestino. Para resumir: si no se le desinflamaba el píloro entre el martes y el viernes, haría falta otra operación, bastante sencilla por cierto. En efecto, el doctor Ramírez debió hacer esa segunda operación, de la cual salió con un tubo de drenaje incrustado en el abdomen y en peores condiciones que hacía unas horas: los vómitos se incrementaron, su piel pasó del moreno claro al verde intenso y el acto de comer se fue convirtiendo en una epopeya dolorosa. Entonces, camarada, la operación no era ni tan sencilla.

Un poco difícil

Luego de consultar desesperadamente a un médico de Caracas, los familiares de Piñango decidieron que lo mejor era trasladar al paciente a la clínica Méndez Gimón, donde evidentemente iba a estar mejor atendido. Fueron a pedirle a Ramírez que diera la autorización para el traslado, pero nada de eso, familia: el hombre bonachón del apretón de manos y la sonrisa electoral se convirtió en un Mr. Hide relampagueante: por qué se lo llevan, si conmigo está de lo mejor. Se negó a darles la autorización, dio un portazo al salir de la habitación y le quitó el saludo a la familia Piñango; ocurrió el 30 de julio. Bonita forma de ganarse unos votos.
Al día siguiente, sin embargo, recapacitó, medio redactó un informe sin sello y sin firma, infló la cuenta hasta niveles rockefellerianos y se despidió de su impaciente paciente. Antes de darle el informe le suplicó: dame 12 horas más y te resuelvo el problema. Ustedes saben, el problemita aquél de hace un mes y pico. Piñango decidió que la última palabra la tenía la familia, y la última palabra de ésta fue que se lo llevaban a Caracas, a una clínica mejor dotada.
Conviene apresurar el epílogo para obviar algunos detalles demasiado sórdidos -por ejemplo, explicar con qué se encontraron los médicos de la clínica Méndez Gimón cuando intentaron operar a Piñango, sería excesivo-: los médicos decidieron limitarse a realizar una limpieza, pues el estado general de aquel cuerpo era lamentable y no soportaba una intervención completa. Nueva operación el 10 de agosto, chispazos de recuperación y, finalmente, muerte de Miguel Piñango, el 26 de agosto.
A lo que vino después ya estamos acostumbrándonos: cruce de informes médicos y maniobras legales, explicaciones del tipo “Gastroenteroanastomosis retrocólica isoperistáltica, Síndrome ictérico obstructivo con clínica de colangitis, asa yeyunal y canal pilórico”, todo para tratar de explicar cómo es que un candidato a la alcaldía de Altagracia de Orituco le destrozó las vísceras a un señor que sólo fue a sacarse una maldita piedra de la bilis. Más material de trabajo para la justicia.
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Cuando fue publicada en El Nacional, en 1998, su título era Una tragicómica manera de hacer proselitismo electoral.

febrero 19, 2006

Una de invasores

Desde que inventó el concepto de propiedad ocurren hechos de sangre por la posesión de bienes. Los conflictos territoriales suelen ser los más dramáticos, y pueden ocurrir entre naciones y también entre gente del común, sin muchas diferencias en lo que respecta a la crueldad
A pesar de su apellido, Manuel Chávez (39 años) no era hombre que removía las pasiones de las masas, ni le fue negada la visa de Estados Unidos, ni le quitaba el sueño a los adecos, ni llegó a ponchar nunca a Sammy Sosa con una recta de 65 millas. Era un tipo más bien anónimo, tranquilo y sedentario, criaba sus chivitos y comerciaba con el queso y la carne de sus animales allá en la península de Paraguaná. Vivía exactamente en un lugar llamado Las Carmelitas, ubicado en las inmediaciones de Pueblo Nuevo, a una hora de Punto Fijo. En otras palabras, algo cerca de las lontananzas áridas del medanal inmenso mientras los chuchubes lloran de dolor.
Alrededor de la propiedad de Chávez, que no es muy grande, viven otras familias dedicadas a lo mismo, al pastoreo y el ejercicio de la contemplación. Y bastante hay que contemplar en esas latitudes. Por allí tienen también sus tierras los miembros de la familia Petit; el fundo de éstos se llama El Planchón, y abarca un espacio más o menos respetable, o por lo menos más grande que el de los demás. Son los duros de por allí, los que, sin tener estirpe de patriarcas ni llevar en las venas la sangre de los faraones, se la han arreglado para acumular un dinero, unas relaciones, una presencia imponente. En suma, una cuota de algo parecido al poder sin ser eso exactamente, pero que ante los ojos de las personas llanas y humildes de Las Carmelitas debe parecer inmenso.
Un día, en su muy legítimo empeño por ampliar sus dominios, compraron una parcela colindante con una laguna de frecuente uso público, colectivo; una propiedad que la gente se había acostumbrado a ver y disfrutar como un bien común. Esa compra, de ser una transacción normal y corriente, se convirtió en punto de partida de unos forcejeos y reclamaciones de lo más molestas.

Mientras más cerca, más lejos

Suele pasar que la gente que consigue más logros que sus vecinos y semejantes termina por llenarse de enemistades y odios, algunos gratuitos, otros no tanto. Fue el caso de los Petit, que a mediados del año pasado ya tenían tantos roces con sus vecinos como dinero debajo del colchón. Por cierto, el amigo Chávez (Manuel) tuvo alguna vez un tropezón con uno de ellos, específicamente el llamado Israel, y ya sabemos que hay antipatías y enemistades que duran para siempre, sobre todo en los pueblos pequeños. Las cosas comenzaron a tornarse incómodas cuando los Petit quisieron demarcar el territorio con una cerca, y en la acción cerraron la vía de acceso a la mencionada laguna. Cuestión delicada. En Paraguaná uno puede perdonar cualquier cosa, pero no que le frustren el baño represero a mediodía.
Por alguna razón que sólo las peleas del pasado podrían explicar, el hombre a quien más le fastidió la medida fue Manuel, quien en un arrebato de hambre justiciera desbarató aquella maldita cerca y le abrió paso nuevamente a la comunidad. Los Petit, que no son gente de dejarse amedrentar por el primer tropiezo, volvieron a levantar la cerca y colocaron un letrero para anunciarle al universo mundo que aquello era propiedad privada, jonoda, qué mamón con ñame era eso de estarles violando el territorio. Pero Manuel Chávez, quien tampoco tenía fama de ser el sujeto más cobarde de la campiña, volvió a armarse de azadón y escardilla y al día siguiente ya no existía ni letrero, ni cerca, ni lejos. Nada: si fuera por Chávez, todos los pobres del país tendrían su parcelita propia para sembrar y gozar. Guá, cómo se disfruta con sólo encontrar una situación y un nombre que confundan.
Entonces Israel Petit entró en acción. Fue en busca de un querido amigo de Manuel, llamado José Luis Miranda, y le hizo una invitación que Miranda no pudo rechazar: ir a buscar a Manuel Chávez para matarlo. ¿Miranda, el amigo de Manuel? Sí, Miranda, un amigo de Manuel a quien éste le había cortado el saludo debido a su amistad con los Petit.
Fue rápido, fue fácil, fue duro: Israel y Miranda emboscaron a Manuel en un camino solitario de Las Carmelitas, lo sometieron; Israel le metió un balazo y luego, en vista de que todavía se movía, le disparó dos veces más. Después se lo llevaron en la camioneta de Petit unos cinco kilómetros monte adentro, en el fundo de los Petit, y allí completaron la labor. No se ha determinado cuál fue el papel del querido amigo de Manuel Chávez en los acontecimientos, pero algo tuvo que haber hecho mientras Petit preparaba aquel soplete de acetileno y se aplicaba a desmembrar a su víctima pieza por pieza.

La sabrosa libertad

José Luis Miranda cometió un error clave en medio del error grandote y general del crimen. Parece que después del primer disparo, un habitante del sector vio a Miranda con una pistola en la mano, y éste lo invitó cordialmente a desaparecer a la cuenta de tres y a quedarse callado para siempre, porque eso que llevaba en la mano disparaba y abría huecos y todo. El hombre, que no preguntó si había otras opciones, guardó silencio durante unos días, pero luego ya no pudo más y contó el episodio.
Mientras tanto, los hermanos de Manuel se movilizaron ante su desaparición y ante el hecho de que cada día recibían llamadas anónimas. Fueron a la PTJ, donde, después de hacerles algunas preguntas estúpidas, decidieron citar a Miranda y a Petit, los sospechosos de la cosa. Acto seguido, se produjo un interrogatorio en estos términos:
–¿Ustedes mataron a Manuel Chávez? –dijo el PTJ.
–No –dijeron al unísono Miranda y Petit. Eso fue todo: no había pruebas de que el hombre había sido asesinado y se acabó.
Dos semanas más tarde, ante la presión del fiscal Omer Simoza, y después de solicitar garantías y protección para su vida, Miranda echó el cuento íntegro, de adelante para atrás. Dijo no haberse entregado antes porque Petit había amenazado con hacerle cositas a su familia si decía algo, y a él le dolía mucho su familia. Los restos del cadáver de Manuel Chávez aparecieron tres metros bajo la tierra del fundo El Planchón –y no han sido devueltos a su familia, por cierto–, Israel Petit fue ubicado, interrogado y encerrado, y Miranda salió en libertad bajo fianza.
Sabrosa libertad. La familia duele, pero no los amigos.
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En marzo del 99, en El Nacional.

febrero 09, 2006

Por odio o por amor

Los suicidios con aspecto de homicidios ha sido siempre material para novelas o series de suspenso. Pero pocas veces en la realidad coinciden los detalles macabros con los engorrosos, y pocas veces también las técnicas de investigación lo resuelven todo con tanta facilidad



Edison Alfonso Manrique (colombiano de 37 años) tiene, además de un impactante nombre de pelotero, unas dotes malabarísticas respetables. Vivía con su esposa y dos hijos en el barrio La Democracia de Valencia, pero también tenía un romance a la luz de todo el mundo con una linda jovencita de 22 años. La cosa no tendría mucho de particular de no ser por el hecho de que esta muchacha, de nombre Milagros Rodríguez Avila, vivía justo en la casa de enfrente. Hombre de pelo en pecho, equilibrista o simplemente cínico, ya llevaba un año en eso sin que le importara el palabreo ni esa miradera con el rabo del ojo. Si comunidad pequeña es infierno grande, Manrique se sentía el demonio y san se acabó, que nadie se meta en la vida mía.
Un miércoles de esos, a finales del año pasado, Edison se presentó un tanto sudoroso en casa de la familia de Milagros y abordó a Iris Rodríguez, hermana de ésta. Dijo que no la veía desde el domingo anterior, a lo cual la hermana respondió con un sobresalto porque resulta que allá en la casa tampoco la veían desde ese día. Iris y Edison pensaron brevemente dónde diablos podía estar la chica, hasta que el hombre decidió comenzar desde el principio: invitó a Iris a que fueran a buscarla en su propia casa, ubicada en la calle 23 de Enero, a pesar de que nadie respondía allí a los toques. La madre, Celia de Rodríguez, no quiso mantenerse al margen de la búsqueda y se fue a acompañar a Edison, quien no le caía precisamente muy bien por razones comprensibles. Pero en esta circunstancia era como obligante tenerlo como aliado, la Milagros andaba perdida y el manganzón era el único aliado que había para encontrarla.
Llegaron a la residencia donde la muchacha vivía, sola, desde hacia un par de años. Notaron que había tres candados sujetando la puerta desde afuera; Manrique los partió a punta de cizalla y luego abrió la cerradura con unas llaves. Ya se sabe que él era de confianza en esa casa.
Entraron a la sala y eso fue todo, se acabó la búsqueda: Milagros estaba allí, sentada en una silla y con el cuello sujetado con una larga soga que llegaba hasta la viga del techo.

¿Sospechoso él? ¿Y por qué?

No hizo falta mayor esfuerzo para que la familia de Milagros, la PTJ, la opinión pública carabobeña y los consumidores de noticias rojas en todo el país comenzaran a mirar con asco y rabia a Edison Manrique. ¿Y por qué, si él la quería tanto? Bueno, nada, es que además del detalle de los candados puestos por fuera, el conocido romance, y otros revelados en son de aria por la PTJ (el cadáver de la muchacha fue hallado atado de manos y pies), estaba el testimonio aportado por algunos vecinos, según los cuales la niña se veía llorosa y deprimida desde hacía semanas, y precisamente el sábado anterior había tenido una pelea con su galán por razones que nadie tuvo la indelicadeza de averiguar. Como ustedes saben, nada le gusta menos a la gente de los barrios que andar averiguando problemas de parejas y esas historias tan desagradables. Lo que sí nadie pudo mantener silenciado entr el pecho y la espalda era que el tipo era tan celoso que no le permitía buscarse un trabajo, ni vestirse bonito, ni salir a visitar a su familia, y ni hablar de mirar por más de diez segundos a un hombre.
Así que a Manrique comenzaron a ponérsele feas las cosas desde la primera revisión: unas uñas de hembra le cruzaban el pecho como prueba del comentado enfrentamiento, y él no tuvo reparos en reconocer que sí, cómo no, de vez en cuando tenía sus altercados con ella. Total, a las mujeres, como a las alfombras, de vez en cuando hay que darles una buena sacudida. Pero no hay nada que le haga más daño al prestigio que un intento desesperado por defenderse con argumentos delicados, como por ejemplo el que pretendió aprovechar Manrique: al parecer, Milagros ya tenía antecedentes como suicida infructuosa, y por allí andaban los informes médicos que registraban su intoxicación con una gran cantidad de pastillas. El espanto: tratar de hacerle ver a la gente que la amada de uno es una suicida.
Otros indicios acudían en defensa de Edison Manrique, y el que parecía más decisivo era el par de cartas dejada por la joven, una para él y otra para la madre: "Te quiero mucho y te espero en la otra vida, no me velen y llévenme flores rojas", decía la primera. Y la otra: "Mami perdóname por lo que voy a hacer, a mis hermanos y a toda mi familia les pido que me perdonen".
Pero nada tenía que aplaudir el amante, pues la PTJ se metió hasta las cejas en mil pruebas de grafología para determinar quién había escrito aquellos conmovedores papeles. Nada estaba claro bajo el cielo durante los primeros tres días de investigación; por si acaso, Manrique y su esposa permanecieron retenidos mientras los sabuesos trabajaban. Hasta que las ciencias criminalísticas le dieron la vuelta completa al asunto y arrojaron la sensacional y definitiva conclusión.

Elemental, pero no tanto

Con estos elementos en las manos, y otros más que sólo pueden verse en el laboratorio, la PTJ-seccional Carabobo se zambulló en el caso y dio su veredicto, una semana después del hallazgo del cadáver: Milagros Rodríguez Avila se suicidó, sí señor. Atarse de pies y manos no es cosa difícil, si uno se lo propone; en los dientes de la muchacha encontraron restos de la soga que le produjo la muerte, lo cual indica qué método utilizó para atarse. Colgar esa soga en una viga y hacerle un par de nudos ordinarios, tampoco; poner unos candados por fuera en aquella puerta, tampoco: la misma queda semiabierta y es posible colocar tres candados, y luego cerrar bien y darle dos vueltas de llave. Colgarse en aquella soga y dejarse caer en una silla tampoco es mayor cosa, si tal es la decisión y la turbación.
Fue suicidio, según todas las evidencias. Ahora, ¿todo esto hizo Milagros para tratar de incriminar a Manrique? Es posible, pero, para efectos de la ley, nadie puede ir preso por ganarse el odio de una linda muchacha.
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Esta data del 17 de enero de 1999. La publiqué en El Nacional.

enero 25, 2006

Los argumentos del fuego

Es verdad que el negocio de la comida y la bebida es inagotable: nadie dejará de comer nunca, al menos mientras haya cierta fuerza en los bolsillos. Y de la bebida, ni se diga. Se sabe de muchos que prefieren apagar el fuego de la sed o las simples ganas de caerse a tragos antes que matar el hambre. Y de gente que prefiere caerse a tragos antes que gastar los centavos en cualquier otra cosa. En resumidas cuentas y para abreviar esto de una buena vez, parece que invertir el dinero en una tasca-restaurant es una buena forma de asegurar el futuro. Es verdad que el problema inicial es tan grande como conseguir el dinero para montar ese maldito restaurant, pero ese ya es un cuento aparte.
Salvador José Petit, de 44 años, ya había superado ese obstáculo inicial, pues desde hacía unos años era administrador de un establecimiento al que, por supuesto, le iba bastante bien. El negocio se llama El Tizón y queda en la ciudad de Coro, estado Falcón. El negocio es bueno. Los corianos comen.
Por alguna razón que ni siquiera la compañía electrica de la región –Eleoccidente– puede explicar, un mal día se produjo un aumento de esos que lo dejan a uno pasmado y con ganas de no encender jamás un bombillo. Y, por alguna razón que sólo la gente del restaurant El Tizón puede explicar –aquí nada es explicable desde afuera–, cierta deuda que habían arrastrado desde hacía dos meses se empató con la nueva factura repotenciada del mes de enero, y hete aquí que la deuda del local ascendió a la suma de un millón seiscientos mil bolívares, una cantidad difícil de cancelar de un solo guamazo incluso para un negocio más o menos próspero como el de Petit y su gente.

Yo tenía una luz
que a mí me alumbraba


En esos días, los últimos de enero y primeros de febrero, para ser más específicos, aterrizaron en la compañía de electricidad gran cantidad de reclamos, quejas y solicitudes de reconsideración de sus numeritos por parte de habitantes de Coro inconformes con el aumento; nada que no haya ocurrido antes en cualquier ciudad del país. Petit solicitó una explicación y le dieron la más sencilla del mundo: no es que Eleoccidente se esté robando la plata ni que los medidores enloquecieron y están cobrando los latidos del corazón; simplemente, aumentaron las tarifas. Y las deudas hay que pagarlas. ¿Qué posibilidades había de amortiguar ese golpe? Caray, digamos que ninguna. Pero la cosa es más bien fácil si la vemos así: usted paga lo que debe y la deuda queda eliminada.
La molestia fue brava mientras se limitó a su ámbito de papel y palabras por cumplir, pero la bravura se convirtió en otra cosa más agria y menos publicable cuando, a los pocos días de aquella primera diligencia, el restaurant se quedó sin energía eléctrica. Fin de mundo. Nadie toma cervezas calientes, y cocinar un pollo en medio de la oscuridad es más difícil que enamorar a Ana Karina Manco llevándole serenatas de Lupe y Polo. A Salvador Petit le entró una calentera de mil pailas de azufre, pero en medio de la tembladera encontró la serenidad suficiente para idear una estrategia: le pidió a su esposa, Maritza de Petit, que fuera hasta la compañía y negociara un plan de pago razonable con los jefes.
La señora Maritza fue hasta allá, le explicó la situación a un supervisor, le dijo que estaban dispuestos a pagar pero no de una sola vez porque no había un millón y medio de bolívares en esa caja. Y ahora, con el negocio cerrado, iba a ser un poco más difícil reunir el dinero. Así que pidió comprensión, y la obtuvo: el supervisor le partió la deuda en cuatro pedazos a ser pagados en igual número de fechas. Eso sonaba bien. Demasiado bien, dadas las circunstancias. Receta aceptada, remedio comprado. Pero, según refirieron más tarde voceros de la compañía, a pesar de las facilidades que le dieron, Petit dejó pasar la primera fecha de pago, y entonces el corte sí vino en serio y sin el consabido derecho a pataleo. Pagas o pagas; esa era la única opción.

Decidido, fatal

Otra versión, nunca confirmada, asegura que el plan propuesto por aquel supervisor fue rechazado por funcionarios superiores, con lo cual a Petit se le cerraron todas las salidas. Cosa que viene a ser lo de menos, porque el miércoles 24 de febrero Salvador José Petit se presentó en la Oficina Comercial de Coro para arreglar las cosas por su cuenta. Pidió hablar con el jefe de aquella oficina y le trajeron a Aura Rosa Namías, una gerente de esas bravas, de 33 años, quien escuchó atentamente su reclamo. El juego comenzó a trancarse desde el principio, porque cuando Aura Rosa se enteró que de el caballero estaba moroso se le puso más firme que de costumbre, con esa firmeza indomable que caracteriza a las mujeres falconianas.
Petit transitó en tiempo récord de la actitud reflexiva a la suplicante, de la suplicante a la impotente y de la impotente a la rabiosa, a medida que la señora Namías se iba poniendo más granítica en sus negativas. Entonces llegó el momento de la furia. Salvador Petit levantó la bolsa plástica que llevaba consigo, de ella sacó un envase metálico. El Carnaval había finalizado una semana antes, pero aún así el hombre bañó con su contenido la funcionaria. El contenido no era agua, sino algo que a Aura Rosa Namías le olió vagamente a gasolina o removedor de esmalte. ¿Qué pretendía Petit? ¿Quitarle las manchas, desteñirla, blanquearla un poco? No: su intención era prenderle candela, y fue lo que hizo. Sólo que la llamarada además de envolver a la mujer lo alcanzó a él mismo y a las dos docenas de clientes que se encontraban en el lugar.
La gente quiso hacer exactamente lo que los bomberos aconsejan hacer en esos casos: salir ordenadamente y sin dejarse ganar por el pánico, pero como el pánico no es oveja para dejarse amansar ya ustedes se imaginan el espectáculo: gritos, fuego vivo, gente quemada y asfixiada. Los únicos muertos en el hecho fueron Petit y Namías. Y los muertos no tienen una segunda ni una tercera oportunidad.
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El 14 de abril del 99 la publiqué en El Nacional, con un título que ni yo mismo puedo entender ahora: La más negra de las persuasiones.

enero 18, 2006

Guapo, armado y apoyado

Ramiro X, alcalde del municipio Tovar –capital Colonia Tovar– tiene encima una investigación bastante delicada, y un auto de detención más delicado aún. "Aprovechamiento de cosas provenientes del delito" no parece sonar muy fuerte en un país que ya se está acostumbrando a que sucedan crímenes más monstruosos, pero el problema con el amigo Ramiro X es que la PTJ de Maracay encontró en las bóvedas de la alcaldía de Tovar, esto es, en su oficina, un puñado de joyas. Tras una simple verificación las autoridades determinaron que esas prendas habían sido extraídas a la fuerza de la joyería Damasco, en La Victoria, por una banda armada.
Al ser capturado e interrogado sobre el origen de aquellas joyas, el alcalde titubeó; luego dio una explicación que no convenció al comisario Juan Villamizar, de la PTJ-Maracay, y entonces sí estalló el escándalo en serio. Junto con Ramiro X fueron a parar a la cárcel el comandante de la policía municipal, Henry Perozo; Asdrúibal Martínez, José Carucí y Moisés Morón, todos funcionarios de la alcaldía.
Es una historia extraña, torcida, de esas que mucha gente no puede creer. Pero más torcida y extraña, además de intensa, es la historia paralela, la que permitió que la anterior ganara espacios en la prensa. La que mantuvo en vilo a los cuerpos policiales de Aragua, Miranda y el Distrito Federal; la historia brava dentro de la historia.

Alcaraván, compañero

Se llamaba Rubén Darío Medina Luna, tenía 34 años y vivía con su esposa y una hija en una urbanización de Valencia. Al margen de esa vida hogareña y familiar se desarrollaba su otra faceta, la perversa, la que lo llenó de dinero, comodidades, bienes y también un feo prestigio: el hombre era un consumado asaltante y llevaba encima un récord criminal bastante macabro, contentivo de ocho homicidios probados y algunos más que se le han atribuido pero nunca se le comprobaron.
La noticia más antigua que se tiene sobre su tétrica trayectoria data del 13 de febrero de 1992. En esa oportunidad emboscó y neutralizó con su camioneta al vehículo de los hermanos Nicola y Giovanni Del Vecchio en la carretera Panamericana, antes de asesinarlos a balazos y llevarse su carro y sus bienes. Tres meses después del crimen, y tras minuciuosas labores de rastreo e identificación, la PTJ de Aragua lo identificó, dio con su paradero y lo capturó. Pero Rubén Medina no era de los que disfrutan ni se echan a dormir cuando les toca estar en una cárcel. Su inconformidad con la pérdida de su libertad la expresó de manera dramática un día de mayo de 1996, cuando logró escaparse del retén de La Planta junto con un grupo de reclusos en medio de una balacera que paralizó la autopista Francisco Fajardo.
Como suele ocurrir en estos casos, tuvo que ocurrir esa fuga y ese vaporón ante los ojos del público para que comenzaran a salir a la luz otros interesantes datos sobre el sujeto evadido. El hombre pertenecía a una banda bautizada en el ambiente policial como "Los Alcaravanes", terror de la zona central del país. Muchos golpes se le habían atribuido, entre negocios asaltados y ciudadanos despojados de sus carros. En 1996, tras su fuga, lejos de estarse tranquilo y adoptar un bajo perfil para mantenerse lejos del brazo de la justicia, comenzó a reorganizar a su banda y ahora sí, sonó la hora de su funestagloria.
Es posible que el vulgar ciudadano común que uno es no tenga manera de verificar in situ los procedimientos de la PTJ en este tipo de situaciones, pero lo cierto es que no hubo banco, joyería o bomba de gasolina asaltada que las autoridades no se lo atribuyeran al Rubén y su banda. Destacaba en su accionar y en el aspecto proporcionado por las víctimas y testigos de sus golpes el detalle de su armamento: parece que bastaba ver a aquellos tipos calzados con subametralladoras, fusiles de asalto y pistolones de alto calibre para que todo el mundo les entregara la cartera, las cajas registradoras, la cédula, la esposa, el dinero.

Chao suerte

Entre agosto de 1996 y finales de 1998, sin embargo, comenzó la debacle de Los Alcaravanes. Uno a uno y en diferentes lugares, siempre entre Valencia, Maracay y Caracas, fueron cayendo abatidos en enfrentamientos, diezmados por su propio método de entrompe y carnicería. Hasta marzo de este año había dos sobrevivientes de la banda. Uno, llamado David o Darío Vargas Lares –hay discrepancia en los registros– cumple condena en el retén de Tocuyito. El otro, Rubén Darío Medina Luna, todavía tenía gasolina existencial de sobra para dejar una nueva estela de sangre y malas noticias regadas en esas calles.
El 7 de enero de este año tuvo lugar uno de los pocos momentos en los cuales Medina Luna estuvo frente a frente con la policía. Ocurrió frente a la estación de servicio Piedra Azul, en La Trinidad, aquí en Caracas, cuando Medina fue sorprendido en un carro recién robado. Una comisión de la PTJ le dio la voz de alto y el hombre respondió en su mejor estilo, con sucesivas ráfagas de ametralladora que acabaron con la vida del subcomisario Jaime José Briceño (36 años) y del funcionario José Luis Rondón (26). Poco después se produjo el asalto a la joyería Damasco de La Victoria, con saldo a su favor de 40 millones de bolívares en joyas. En este punto del relato entra en escena el alcalde de la Colonia Tovar. Fue su último gran golpe, que se sepa.
Su ángel guardián decidió abandonarlo el pasado 5 de marzo. Una comisión de la PTJ lo siguió sigilosamente por las calles de Valencia hasta que decidieron abordarlo cerca de su residencia, en la urbanización El Parral. Iba en un vehículo Toyota Camry acompañado de otro hombre, cuando se percató de que lo seguían e intentó escapar. En un momento de la persecución decidió cambiar el procedimiento y enfrentó a tiros a los agentes, pero esta vez el marcador no le favoreció, y cayó muerto con varios disparos. Su compañero se dio a la fuga. Resulta muy simple este epílogo, pero no hay otro. A menos que uno quiera escarbar a fondo en el papel del alcalde Ramiro X, pero de esto se está ocupando la PTJ.
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Cuando la escribí para El Nacional, el 11 de abril del 99, le coloqué por título Un hombre muy duro con unos hierros enormes.

enero 16, 2006

La bulla de los inocentes

Un crimen horrendo puede no trascender ni dolerle a mucha gente. Eso depende de cuánto tenga el agraviado en la cuenta: justicia para pobres no existe, mucho menos para marginales y para familias perdidas en pueblos olvidados
Lagunillas suena a calor y también a miseria. Se es de Lagunillas y se puede esperar cualquier cosa de regular para abajo, sobre todo si uno es pobre. Algo que no es difícil: muy pocas personas son pudientes en ese pueblo. Tiene su sabor a paradoja la cuestión, porque Lagunillas queda en el Zulia, el estado más rico de Venezuela.
A esa categoría de pobres habitantes del rico estado pertenece la familia Pacheco Urbina, una gente que le ha visto la cara a la pelazón de cerca, casi desde adentro. Para completar, viven en un barrio llamado Párate Ahí. No es que uno tenga nada contra las denominaciones de barrios, pero tenga usted la bondad de explicarme cómo coño va alguien a salir de abajo en un barrio cuyo nombre le recuerda a cada rato que nuestro lugar esta ahí abajo, sin posibilidades de surgir: Párate Ahí y no estudies, no le pongas empeño, no trabajes. Con una orden subliminal así a uno no le queda sino meterle los pocos centavos de la quincena a la lotería y a las carreras de caballos, o echarse a morir por nocaut fulminante a punta de caña blanca y tristeza.
De más está decir que también hay delincuencia y puñaladas traperas para regalar en esos eriales, y por lo tanto –cosa que podría funcionar si no hubiera tantos tipos que enloquecen cuando les cae una chapa y una pistola en las manos– la policía tiene o cree tener una especie de salvoconducto virtual para entrarle con todo a sus habitantes. Recuerden la postura oficial de un antiguo director de la Policía de Baruta, según el cual todo lo que se mueva en Petare huele a perico y a pólvora, y por lo tanto a esa gente hay que quebrarle las patas antes de sacarle una declaración. No se extrañen, esa es más o menos la filosofía en muchas partes de Venezuela.
A la familia Pacheco Urbina le tocó la mala un día de marzo. Tenía que tocarle. Ser marginal tiene su precio. No pretenderán que eso se pague sólo con hambre.

Ultimo out

Fue un operativo de la Policía Municipal: cinco patrullas llegaron al barrio Párate Ahí, repartieron rolo y codazos como en cualquier película de kung-fú, pegaron de una pared a todo bicho de dos patas que arrugara la cara al recibir los golpes, y después –sólo después– comenzó el cacheo de documentos.
Pero he aquí que a uno de los funcionarios le gustó la cara del hijo menor de los Pacheco, uno que llamaban Yoeshit Alberto (16 años a la fecha), y comenzó a preguntarle fuerte y seguido por unos malandros, por unos azotes de barrio que estaban escondidos por allí. La familia del muchacho dijo después –se ha cansado de decirlo– que él jamás tuvo trato con ningún delincuente, lo cual viene a ser lo de menos. De verdad, no importa, porque con peores lacras han salido retratados ciertos personajes muy queridos en las altas esferas y no por eso les han hecho ni una octava parte de lo que le salió a Alberto Pacheco esa tarde.
Lo que cuentan los testigos y familiares de Alberto es más o menos ésto: el joven estaba jugando beisbol, fue detenido junto con un grupo más de peloteros, llevado al lugar donde requisaban a los demás y desguasado a tiros de pistola en presencia de una veintena de testigos. En cuestión de minutos lo introduijeron en una patrulla, el chofer arrancó con la urgencia del caso hacia el hospital más cercano –adonde no llegó con vida el joven, por cierto– y perro a ladrar: allá va el cuerpo de Yoeshit Alberto rumbo al frío de la morgue, y más tarde a la sepultura.

La esquiva justicia, otra vez

Acá es cuando la historia se nos convierte en algo terriblemente parecido a otros casos anteriores, pero vamos a reseñarlo de todas formas. Total, aquí no pretendemos que se diviertan –para eso tienen a Max Haines; hacía tiempo que no nos metíamos con él– sino que se les arruine el domingo con el relato de algunas cuestiones sucias y más o menos cotidianas. Ejemplo: al día siguiente apareció en los periódicos regionales que la poderosísima escuadra de la Policía Municipal había despachado en heroica y arriesgada acción, allá en el peligrosísimo barrio Párate Ahí. ¡Salud, zulianos! Por fin hay alguien que los protege en las calles.
Unas cositas extras para no dejar esto por la mitad. El señor Freddy Pacheco hizo las diligencias pertinentes para recibir el cuerpo de su muchacho, y por supuesto lo recibió, pero lo recibió incompleto. Entre otras huellas menores, Alberto tenía los genitales mutilados y le faltaba la córnea de uno de sus ojos. Lo de la córnea se entiende; ya el doctor Jack Castro explicó que cuando uno muere sus familiares tienen tres horas para presentarse con una carta en la que prohíbe que le extraigan sus órganos. Está bien, a lo mejor esa córnea le estaba haciendo falta a alguien. Pero por lo demás... no sé, no sé. Mucha gente padece en el mundo por falta de bolas, pero que se sepa a nadie le han transplantado un testículo. A lo máximo que ha llegado la ciencia es a clonar una oveja, así que será bien difícil explicar por qué ese ensañamiento.
La familia Pacheco Urbina tardó un poco, pero al fin hizo los trámites pertinentes. La familia Pacheco Urbina ha contado mil veces la historia de la redada, de la captura, de los tiros, de la mutilación. La familia Pacheco Urbina ha sido escuchada, y se le ha prometido que el peso de la ley caerá con toda la premura sobre los responsables del crimen. La familia Pacheco Urbina no ha tenido fortuna: ellos viven en Lagunillas. Los policías que masacraron a Alberto andan por la calle, más libres que nunca.
Y Párate Ahí: justicia para pobres no existe. Después se molestan porque uno lo dice en voz alta.
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Publicado el 28/04/99 con el mismo título. En El Nacional, cuando era un periódico serio.

enero 07, 2006

Muy grande y muy pesado

  • En los penales suelen deambular personajes pintorescos, mentes analíticas, talentos innegables, diamantes sin pulir. El caso de hoy da cuenta de uno de los inolvidables de la cárcel de Tocorón
Resultaría vago, inacabable y lleno de conjeturas el acto de ubicar con precisión el momento en que El Gordo Omar se inició en los menesteres del tráfico de drogas, negocio al que se había aplicado, evidentemente, hace un rato largo. Por esto, no deja de extrañar el hecho de que sólo haya sido en 1997 cuando los cuerpos policiales le echaron mano por primera vez. Y tomen nota, por favor: estamos hablando de un señor que había pasado su vida (40 hermosos y refulgentes años) entre Aragua y Carabobo; entre Cagua, Maracay y Valencia. No se trata, pues, de un nómada transnacional sino de un hombre más o menos sedentario, ubicable, más fácil de identificar que la voz de César Miguel Rondón en medio de un recital de las niñas del San José de Tarbes.
A esta descripción somera de sus harto predecibles movimientos, es preciso agregar que el hombre no ocultaba para nada su condición de ciudadano enriquecido con alguna rapidez. Testimonios de primera mano hablan de unas fiestas fastuosas en su vivienda, ubicada en el sector La Candelaria, en Cagua; de una afición desmedida por las muchachas más bellas (que por los lados de Aragua y Carabobo abundan como el arroz), y de una presunta costumbre de cambiar de carro con la misma frecuencia con que uno se cepilla los dientes; es decir, dos o tres veces al mes.
En descargo de los investigadores hay que señalar que el hombre tenía bien instalada y aceitada su maquinaria de defensa y protección, de modo que siempre era el primero en enterarse cuando se avecinaba una operación relámpago de las policías, y además sus redes estaban tan bien sincronizadas que más de una vez recibió serios golpes, grandes decomisos de cargamentos cuya propiedad jamás se le atribuyó, entre otras cosas porque las mulas a su cargo jamás le habían visto la cara ni escuchado su nombre. Invisible, intocable, indetenible: la prosperidad en silencio se llamaba Omar José Moreno. Aunque díscolo y desenfadado, parecía haber acumulado tanto poder como para hacerse respetar por los jíbaros de la zona central del país, y también por la PTJ y la GN, que ya habían comenzado a percibir un tufito indeseable en el rastro del tipo. De dijo, pero jamás se probó, que en la cuenta de Moreno había que anotar una serie de ejecuciones y planes para liquidar a la competencia por la vía rápida, lo cual prueba que aparte de hábil para esconderse era un sujeto duro, aplazado con cero uno en la materia Contemplación.
Pero siempre llega el momento de los resbalones, y el del Gordo Omar sobrevino un día de marzo de 1997. La PTJ logró al fin detectar su responsabilidad en una macoya de 40 kilos de cocaína y lo capturó sin mucho trámite. Sólo que entonces el Gordo dio muestras de estar preparado para dar pelea en otros terrenos: miren a sus abogados, qué veloces y agraciados se ven. Pero todavía tienen que pasar unos cuantos meses antes de que esa parte del asunto cobre su protagonismo. Estén pendientes.

Las reinas del rey

El Gordo Omar fue a parar con sus huesos y sus kilos de más a la cárcel de Tocorón, lugar en el cual las autoridades esperaban que se encontrara con otros presos más bravos y mejor instalados en la tierra que él, pero miren qué sorpresa: al llegar a la cárcel casi lo reciben con un comité de recepción, orquesta y champán incluidos: allí estaban muchos de sus viejos panas y subalternos.
El hombre entró en aquellos pabellones como si se tratara de su casa, y a los dos semanas ya su habilidad para hacer trueque con la marimba y demás sustancias le habían dado dentro del penal el poder que ni siquiera tenía en la calle. ¿Dudan ustedes que la venta de drogas es más rentable en la cárcel que en la vía? Bueno, entérense: una porción de lo que sea puede costar en la cana el triple de lo que cuesta en la calle. La trampa es hacer un sacrificio, pasar una temporada a la sombra y después a disfrutar de lo lindo, mi gente; no hay prisión que dure cien años (a menos que los chuzos y metrallas lo alcancen a uno, en cuyo caso la prisión no dura un siglo sino para siempre). Además, Omar José Moreno encontró cancha propicia para hacer entrar unas armas y con eso armó el negocio del siglo, todo eso sin salirse de un espacio de seis por seis metros, como no fuera para ir al baño o coger un poco de sol en el patio.
Y miren qué mala estaba la cosa allá adentro. El Gordo, en su celda de máxima seguridad, acompañado de hombres peligrosos pero fieles cuando están frente a un líder como él, se las arregló para recibir sus buenas comidas, cierto trato preferencial que ni las autoridades del penal podían detectar y mucho menos impedir, y un privilegio que ni siquiera los hombres libres podemos disfrutar: el acceso eventual al anexo femenino. Construyan ustedes la ecuación: hombre preso más mujer presa es igual a. Qué más se le puede pedir a la vida.
Allí en el anexo conoció a una chica llamada Yuneiris Ramírez, “La China” para los papacitos. Y no sólo la conoció, sino que cada vez que entraba en el anexo la quería era a ella, no me la toquen, que me la rompen. Jamás romance alguno fue más tórrido.
Pero no crean que El Gordo creía mucho en el amor eterno. Apenas salía del anexo femenino y llegaba la hora de la visita, el Gordo se arreglaba y se peinaba para entablar conversación con una hermana de un recluso que no tuvo reparos en presentársela; se llamaba Dayana Ceballos, 23 años, mirada inquieta, piel morena, talante imperial y con un cuerpo más bueno que un sancocho de jurel un domingo a las diez de la mañana en la orilla del río que baja por Chuspa y desemboca en Los Caracas.
Llega diciembre de 1997; han transcurrido unos meses desde que el hombre fue capturado, y a Tocorón llega una orden de liberación a nombre de Omar José Moreno. A disfrutar, galán, del fruto de tu noble esfuerzo.

Nadie es eterno en el mundo

Al igual que algunos helados de Tío Rico, que tienen su parte más sabrosa al final del vasito, la vida de El Gordo Omar llegó a sus meses culminantes de la manera más auspiciosa, aunque también más intensa y accidentada. El febrero de este año se produjeron algunas noticias, quizá no propiamente suyas, pero sí muy relacionadas con él.
El día domingo 22, durante la visita en la cárcel de Tocorón, aquella amante suya apodada La China tuvo un ataque retardado de celos, pues se enteró de que su gordo querido había estado saliendo, ya en libertad, con aquella entrometida de Dayana Ceballos, la mujersota que él había conocido en el penal. Nadie sabe cómo, La China logró abrirse paso hasta el sitio en que estaba la visitante y la atravesó con un chuzo lleno de óxidos y filos. Dayana agonizó unos minutos y nada se pudo hacer en el patético servicio de enfermería, muy bien equipado y pulcro si lo que va a ser atendido allí va a ser un jabalí, pero definitivamente repugnante si le paciente es un ser humano.
El Gordo se enteró de la cosa, lloró la muerte de la niña e hizo lo que mejor sabe hacer: movió sus piezas dentro de la cárcel con la celeridad de un ministerio (inglés). Marcó un número celular, pegó dos gritos, impartió una orden. El día martes 24 La China amaneció despedazada a chuzazos en su cuchitril del anexo femenino. Se dice que uno de los autores materiales del ajusticiamiento fue un querido subalterno de Omar José Moreno apodado “El Solitario”.
Ocho días transcurren. El 4 de marzo, la Guardia Nacional investigó y detuvo a uno de sus funcionarios, un distinguido de nombre Carlos Morales Romance, implicado hasta las medias en el tráfico de armas y drogas dentro de la cárcel de Tocorón. El rastreo y la investigación que sobrevivo condujo a las autoridades hasta la puerta de la casa del Gordo Omar, quien, con mucho gusto, regresó a sus aposentos de Tocorón.
Pero esta vez no había ni comité de bienvenida, ni champán, ni mujeres complacientes a su disposición. La secretaria del juez de su causa y un fiscal del Ministerio Público habían recibido la información de que Omar José Moreno iba a ser asesinado por una banda rival, no bien entrara en la cárcel. Los funcionarios recibieron el anuncio con un bostezo. El lunes 10 de mayo, en mitad de una protesta, una huelga de hambre y una riña colectiva, de Tocorón salieron dos cadáveres para recibir por última vez el sol de Maracay. Uno era el del célebre “Monstruo de Guarenas”; el otro, por supuesto, era el de Omar José Moreno. Se le contabilizaron 17 heridas de chuzo en todo el cuerpo. Pero qué importa el detalle. Pudo haber sido uno solo. Para la muerte no hay ofertas ni descuentos.
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Me la publicaron en El Nacional, pero no recuerdo ni he logrado averiguar cuándo. Supongo que fue hacia 1998. Lamento este bache informativo.

diciembre 20, 2005

La segunda muerte de José Manuel Saher

En los 60, decir Este gobierno no sirve era apenas el preludio de la acción; había quienes manifestaban su inconformidad y luego salían a cuadrarse con la agrupación en armas que estuviera más a la mano. Había también quien anduviera por la calle hablando mal de Betancourt o Leoni, pero se le aflojaban las piernas cuando alguien le proponía salir a derribar el sistema que había hecho posibles a esos presidentes y a su circunstancia, y enseguida quedaba fichado: este es un hablador de pendejadas. Es que mi mujer va a parir y... Nada de eso. La humanidad era más importante que la familia.
En esa época de decisiones, bravura y heroísmo actuó y se hizo conocer José Manuel Saher –Chema, para todos–, hijo del entonces gobernador de Falcón, un reconocido militante de Acción Democrática. Contra este precedente familiar, el Chema se convirtió en un cuadro de primera línea del MIR. Decíamos que la historia de hoy comienza en esos años. Precisemos: comienza en 1967, en el cerro El Bachiller, y el punto de arranque es un enfrentamiento armado entre el ejército nacional y una escuadra de aquellas huestes juveniles. Los soldados leales al gobierno acorralaron a los soñadores, los llevaron a un Teatro de Operaciones. Cuenta el anecdotario de la revolución que Chema fue torturado, despedazado en vida, y posteriormente fusilado.
Era la guerra, eran tiempos duros, y entre escaramuza y escaramuza los hombres tenían ocasión de morir de muerte heroica.

El vástago

El Chema Saher dejó en el mundo de los vivos un puñado de libros (ya nos imaginamos qué clase de literatura), algunos recuerdos y un hijo al que le había puesto su nombre, José Manuel. Cuando el padre fue fusilado, el niño tenía 7 años. Acto seguido, la familia del guerrillero caído acordó salvar al infante del candelero que estaba en marcha en el país. A los pocos días del noticioso y difundido fusilamiento, el niño fue montado en un avión que se lo llevó directo y sin escalas a La Habana, Cuba. Fuera del país y más confundido que un argentino en un juego de beisbol, el niño comenzó a formarse en la tierra y en el sistema que le sirvió al padre de inspiración.
Salto necesario de varios años, antes de decir que el joven José Manuel se empató en brigadas internacionalistas, lo cual significa continuación de lo que su padre había convertido en modo de vida. Antes de obtener su título universitario de médico obstetra ya le había tocado ver acción y ejercer su oficio en Nicaragua, El Salvador y otros países de Centroamérica. Hasta que llegó el momento del regreso a la patria. A principios de los 90 José Manuel pisó tierra venezolana, junto con su esposa; comienzan, pues, sus años de heroísmo incomprendido. ¿O de su ingenua ignorancia de los resortes que mueven hoy a la realidad venezolana?
Estuvo unos años por Ciudad Bolívar, un poco a la sombra, un poco haciéndose sentir. Hasta que su destino explotó, en noviembre de 1997. La Guardia Nacional recibió informes de que una avioneta había sido secuestrada por tres hombres. A bordo de ella viajaba el propietario, Boris Valdivieso. Cuando la aeronave aterrizó, en una pista clandestina de Santa Elena de Uairén, un comando de uniformados la abordó y procedió a detener a los plagiarios. Uno de ellos resultó ser un caballero identificado como Danilo García Noroño. Un hombre cuya verdadera identidad era José Manuel Saher, venezolano, de 38 años de edad, médico obstetra e hijo del Chema, aquel mártir de la izquierda venezolana en los 60.

La otra muerte

Una vez en prisión, comenzó a experimentar las distintas formas del martirio. Ustedes dirán: alguien que tuvo hígado de sobra para meterse en semejante problema con la justicia no podía esperar que le tiraran flores. Están en su derecho. Pero de todas formas no pierdan de vista la situación a partir de ahora; total, se trata de un ejemplar humano, y lo que nos tiene concentrados en él son circunstancias bastante repugnantes como para estar fijándonos en cómo pensaba el hombre.
En sucesivas cartas a su esposa, José Manuel detalla los maltratos físicos a que era sometido cotidianamente en la cárcel. Nada fuera de lo común: patadas en los testículos, culatazos, peinilla por ese lomo y cierto tormento sicológico: cuando la tarde se ponía más fastidiosa de lo común lo encerraban en celda aparte, le metían el cañón de un fal en la boca y se ponían a relatarle historias de moscas verdes que revolotean, de gusanos que socavan el cuerpo, de zamuros que vigilan. A todas estas, sus compañeros de faena en lo de la avioneta fueron puestos en libertad al segundo mes, mientras él se quedaba en la cárcel de Vista Hermosa (interesante nombre para un penal) pasando y pagando las de Caín y Abel, todas al mismo tiempo. Entre los autores de los bofetones y amenazas, Saher menciona al distinguido Rodríguez y a un agente Sutherland a quien Dios cuide de todo mal. Más tarde, en otra carta dramática y decisiva, habría de agregar los nombres de Flores y Figuera, todos ellos Guardias Nacionales. Mientras él estaba allí, recibiendo las respectivas raciones diarias de lo mismo, sus abogados se movilizaron lo suficiente para conseguir una libertad bajo fianza. Un recurso que tropezó con varios inconvenientes, entre ellos el hecho de que el juez de la causa rechazó a los fiadores asignados porque no cumplían los requisitos. Es decir: eran fiadores pero, a los ojos de la Justicia, no eran de fiar. Eran unos limpios, pues.
Con todo, tras unos arreglos mínimos, por fin el tribunal emitió una boleta de excarcelación, que debía ejecutarse este lunes ocho de junio.
Pero antes del ocho de junio tenía que llegar el día seis. Seis es menos que ocho, ustedes lo saben. Era día de visita, así que su esposa, Norka Cujides, se dirigió a la cárcel para conversar con su esposo y llevarle algunas cosas, como de costumbre. Para su sorpresa, los guardianes no le permitieron la entrada al penal; Saher estaba súbitamente incomunicado, dos días antes de salir de la prisión, y los funcionarios hicieron lo posible por evitar cualquier contacto entre los esposos. No pudieron evitar, sin embargo, que José Manuel lanzara desde un piso superior una carta, una carta de la cual hay unas cuantas copias rodando por la Fiscalía General de la República y otras instancias. Una carta adicional, que da cuenta de los mismos reclamos e inquietudes, acompaña a ésta, la última, la más dramática. En todos esos escritos se nota el verbo invariable de los viejos combatientes. Es común encontrarse expresiones como “Hasta la victoria, siempre”; “Dígale al pueblo que muero con mi dignidad y mi moral muy en alto”; “Patria o Morir”. ¿Anquilosamiento o consecuencia? Quizá una mezcla de ambas cosas. Para efectos de lo que viene, eso es lo de menos.
En fin, mucha gente tiene en sus manos la copia de un mensaje desesperado en el cual José Manuel Saher le pide a su esposa que establezca urgente contacto con alguien que ponga fin al ensañamiento que contra él han montado, entre otros, unos agentes Flores y Figuera. Estos le habían estado hablando muy seguido de la muerte, habían redoblado el acoso y las golpizas. Sólo faltaban dos días para que saliera libre, pero en dos días podían pasar muchas cosas. Así que Norka Cujides se movilizó con esta carta entre las manos, buscó a su abogado, inició contactos con el Ministerio Público.Exactamente una hora después de entregado el mensaje, las personas que se encontraban de visita en la cárcel de Vista Hermosa escucharon dos disparos. Para qué dar más explicaciones. Uno de esos disparos había entrado por el intercostal izquierdo de Saher; el otro le atravesó el cráneo de lado a lado. La versión oficial de los hechos dice que hubo una riña entre dos bandas por el control del penal. La carta de José Manuel Saher a su esposa (a quien, según cuenta, la ha estado buscado la DIM en su domicilio) cuenta otra historia.
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Publicada el 14/6/98 con el título La segunda muerte de José Manuel Saer; error de grafía incluido.
Luego de publicado este escrito, varias voces autorizadas, entre ellas la del poeta Luis Alfonso Bueno, le envió una carta al autor, según la cual Chema Saher no había procreado hijos durante su corta existencia. Bueno fue amigo personal de Saher. Más que eso: fue quien dio el discurso de despedida ante su tumba, en multitudinaria manifestación, allá en Falcón; escribió una biografía suya, recopiló y publicó su diario, y todavía guarda relación con la familia de Chema, en Falcón. Su testimonio, muy autorizado por todo lo anterior, colide con el de los comandantes Douglas Bravo y Guillermo García Ponce, quienes aseveran que el fallecido en Vista Hermosa sí era hijo del guerrillero.

noviembre 29, 2005

A sangre fría

Catorce años de saber, de esperar el desenlace que ya la justicia había establecido para sus días. Karla Faye Tucker tuvo aquel momento de frenesí, aquellos minutos de locura que la llevaron a descuartizar a su antigua pareja y a la amante de éste, y esos pocos minutos bastaron para que el Estado, los órganos de la nación más poderosa de la tierra, decidieran que su vida era un elemento desechable por peligroso, prescindible por maleable.
Ocurrió cuando todavía era una joven; 24 años que, sin embargo, habían sido vividos más intensamente que cualquiera de mayor edad. El mal día de su crimen y de su sentencia se le acabó la juventud, se le acabó la libertad y comenzó también a acabársele la vida: por una de esas crueles circunstancias de la ley norteamericana, debió esperar todo este tiempo para saber cuándo, por fin, le llegaría la hora. Y la hora llegó de súbito, un día de febrero.
Hubo una petición de clemencia, un alarido humano que nadie escuchó. Una inyección en el brazo y adiós ardor, adiós rencores. Método sencillo, expedito y repugnante. Quizá tanto como el otro método, el que ocurre aquí mismo, ante nuestros ojos, aunque no deseemos mirarlo de frente: ejecución extrajudicial, lo llaman, y suele venir aderezado con torturas y vejaciones de toda índole.
Y conmueve, duele verificar una cuestión: la muerte de la norteamericana causó más estupor que las cientos de muertes que ocurrieron aquí en Venezuela en 1997. ¿Será auténtico, será genuino ese dolor nuestro por la sangre ajena?
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Lo metí en un recuadro en El Nacional, en enero del 98. Igual título, en honor del Truman Capote.

noviembre 24, 2005

Para capturar al fantasma

El accidente ocurrió el 31 de diciembre de 1997, a las 9 de la noche, en la avenida Casanova de Sabana Grande. Un carrito pequeño, año 96 —no vamos a nombrar la marca ni el modelo porque no queremos problemas con los fabricantes de la Ford— venía bajando por la calle El Recreo y se disponía a cruzar hacia la Casanova, cuando de pronto por esta avenida apareció un Malibú, color marrón, año 77, ignoró la luz roja del semáforo y se clavó durísimo contra la puerta izquierda del Ford Festiva blanco. El resultado es de imaginarse: mientras al Malibú apenas se le removió un poco de barro seco del guardafango y se le estremecieron las telarañas dentro de la maletera, el otro carrito quedó desmigajado en mitad de la calle, cual promontorio de corn flakes sin esperanzas de redención.
Es preciso que, antes de continuar, los lectores tengan muy clara en la mente la imagen del escenario: carrito noventoso vuelto leña, con dos damas heridas dentro de él; Malibú setentoso entero, aunque apagado debido al daño que sufrió el radiador, con su conductor ileso pero tan desconcertado como Pedro el día que Jesús le informó lo de las tres negaciones y el canto del gallo; detrás del carrito de las damas, un jeep conducido por un sargento técnico de la GN, amigo de ellas; alrededor, un grupo de curiosos que comenzaron a arremolinarse; y, a veinte metros del lugar, un funcionario de la DIM que se aproximaba en una moto. Es todo. No más derroche de espacio en esta página. La escena está servida.

Duro de atrapar

El conductor del Malibú se bajó del vehículo, asustado, e hizo lo que cualquier ser sensible, humano y responsable haría en una situación como ésa: miró hacia un lado, miró hacia el otro y no vio a nadie, y a la carrera pero sin ruido cruzó la calle, en dirección hacia el Centro Comercial Cedíaz. Entonces intervino Johnny Fernández, sargento técnico de la Guardia, que como hemos dicho venía detrás de las damas en un jeep, y le ordenó al caballero del Malibú detenerse. El hombre volteó, se sacó de la cintura un pistolón con mira infrarroja y le disparó dos candelazos a Fernández. Revuelo general, todo el mundo a su guarida, las mujeres y los hombres flojos a gritar y a desmayarse, Johnny Fernández a buscar su arma de reglamento y Deivy Andrade, funcionario de la DIM, a entrar también en acción.
El tipo del Malibú continuó corriendo, pero de pronto se fijó que tenía a unos seis u ocho hombres corriendo detrás de él y reinició la huida. Deivy Andrade le dio alcance con su moto, pero el sujeto volvió a echar mano de su poderoso cañón y le disparó, dejándole de recuerdo un hueco a la moto del funcionario. Pero nada, por más que sea era 31 de diciembre y las cosas no estaban como para huir toda la santa noche, así que a escasos metros de la esquina siguiente se detuvo, entregó el arma, se dejó esposar y acompañó a Fernández y a Andrade de regreso hacia el lugar del accidente.
Una vez en el sitio del encontronazo, Johnny Fernández acudió a socorrer a las mujeres, dos hermanas que responden a los nombres de Marjorie Josefina Blanco y Eglée Yully Blanco, y que estaban atrapadas dentro de lo que quedó del carrito en que viajaban. Había allí tres patrullas de la Metropolitana, identificadas con los números 6240, 6241 y 6340. Entonces se produjo un episodio conmovedor: los curiosos que presenciaron los hechos intentaron agredir al conductor del Malibú, y éste, para protegerse, corrió directo hacia la unidad número 6240, primero encanado que linchado, zape; Deivy Andrade le entregó a los funcionarios de esa patrulla, uno llamado José Camacho y otro de apellido Correa, la pistola del agresor, y se despidió del evento y sus animadores, por ahora.
Entretanto, los bomberos hicieron acto de presencia en el lugar, con el teniente Gerardo Rojas al mando, y fueron ellos quienes rescataron a Marjorie y a Eglée del vehículo, para llevarlas a la Policlínica Santiago de León. Un poco más tarde, cuando ya las mujeres habían sido trasladadas, Johnny Fernández le preguntó al agente que comandaba al grupo de la PM, sargento Serrano, cuál era el nombre del detenido. Este le respondió que se trataba de Evaristo José Rodríguez, cédula venezolana número 3.378.692, lo cual no encajaba del todo bien, pues cada vez que ese señor hablaba se le salía un acento portugués que pasaba tan desapercibido como una top model en una celda del retén de La Planta. Pero bueno, había un hombre detenido y muchas cosas por hacer en la clínica; los esposos de Marjorie y Eglée fueron avisados del accidente y ambos acudieron, raudos, a recibir el año en la tristeza de un recinto hospitalario, a la salida de un pabellón. Marjorie Blanco resultó con desprendimiento de la pelvis, rompimiento de la vejiga, fractura de las costillas, el hombro derecho y los brazos, y separación de la mandíbula, y salió de la clínica el 6 de enero; A Eglée le fue peor, pues además de las múltiples contusiones en el cuerpo sufrió lesiones en el cerebro, debido a lo cual estuvo 16 días en coma. Fue trasladada al Clínico Universitario donde todavía permanece inconsciente; está delicada y necesita tratamiento neurofisiológico. El asunto sigue.

Año nuevo, nombre nuevo

Quedamos en que hay un Evaristo José Rodríguez preso por la PM, guardianes del orden, la seguridad y el decoro en estas calles corrompidas de la ciudad capital. Pedro Rosal, esposo de Marjorie, fue el primero de enero a la Comisaría de la Metro en Quebrada Honda, donde se suponía estaba detenido el tipo, y adivinen qué. Adivinaron: el tal Evaristo no se encontraba allí, y un agente aseguró que Serrano, aquel sargento que comandaba las patrullas, tenía un informe según el cual el detenido se había escapado. Fin de mundo. Rosal corrió al Destacamento 62, al lado de La Previsora, para hablar con Serrano. Volvieron a adivinar: había cero detenidos según el sargento. Sólo que había un par de testigos claves de la entrega del agresor, nada menos que aquel Guardia Nacional y aquel DIM. Nada qué hacer. Serrano tuvo en sus jaulas a un hombre que hirió a dos mujeres y disparó sabroso contra dos funcionarios, y ahora no tenía a nadie. Cero Evaristo, cero pistola infrarroja, cero responsable del choque.
Pero ocurre que Pedro Rosal tiene más contactos que la Cándida Eréndira, así que en pocos días le fue fácil averiguar en la PTJ y en otros entes algunas cosas inquietantes. Una: la placa del Malibú aplastacarritos (MAW-544) está registrada a nombre de Alvaro Dos Santos Da Silva, con lo que queda aclarado el misterio del acento lusitano. Dos: este hombre es dueño de un local de pool y billares ubicado en la calle Villaflor —a dos cuadras del accidente— y denominado Sunny, lo cual quiere decir que a este caballero tiene tanto dinero como bolas. Tres: a este local asisten con mucha frecuencia los Metropolitanos adscritos al Destacamento de La Previsora, quienes estuvieron muy activos mandando a callar a algunas bocas por allí después de soltar al portu, nadie sabe a cambio de qué ni por medio de qué artes. ¿Cómo lo sabes? Muy fácil: lo dijo Deivy Andrade, aquel funcionario de la DIM que participó en la persecución del primer día. Los PM cometieron la estupidez de tratar de amedrentarlo y él se lo soltó primero a Pedro Rosal, y después a la Fiscalía, a la PTJ, a la PM y a cuanta entidad ha solicitado su testimonio. Cuatro: según consta en las oficinas de la línea aérea TAP —Transporte Aéreo Portugués—, Dos Santos se marchó el 3 de enero, en el vuelo 354, para Oporto, allá en Portugal.
Trasladémonos unos días atrás, hasta el primero de enero. Una mujer llamada Fátima de Dos Santos se presentó en el módulo de la PTJ de El Rosal para contar una historia muy triste: el Malibú de su hermano Alvaro Dos Santos había sido robado. ¿Cuándo? En diciembre. ¿Y ahora es cuando va a denunciar? Es que estábamos buscando por nuestra cuenta. Yo lo estacioné frente a la casa y se lo llevaron. ¿Dónde está su hermano? En Portugal. Se fue los primeros días de diciembre. ¿Usted cargaba el carro? No, yo no sé manejar. ¿Y no dijo que lo había estacionado frente a la casa? En fin, la mujer se volvió un sancocho de lágrimas y dejó que un hombre se encargara de las cosas.
El hombre en quien la buena de Fátima y los suyos delegaron la responsabilidad de intentar un arreglo por otros medios fue el abogado de la familia. El 5 de enero, este caballero se comunicó con Pedro Rosal para iniciar conversaciones. Uno y otro se dijeron mutuamente lo que pensaban y se citaron para el día siguiente. Rosal acudió a la cita acompañado por una mujer a quien presentó como una amiga, pero que en realidad era una fiscal del Ministerio Público para que escuchara con atención, por si acaso. Lo que escuchó no fue nada extraordinario: el abogado le ofreció a la familia de las mujeres agraviadas 3 millones de bolívares, cantidad que, en opinión de los familiares de éstas, no alcanza ni siquiera para pagar el algodón y las gasas que necesitan para cubrir sus heridas. Parece que fue la mejor oferta que pudo hacer el abogado, y parece ser la mejor intención que tienen los Dos Santos para borrar las huellas dejadas del 31 de diciembre.
¿Tiene esto una conclusión? Todavía no. Sólo hay material para una larga continuación: hay alguien que debería responder por dos damas que están en delicado estado físico y que debería responderle a la justicia, pero ese alguien está fuera del país. Y ese alguien estuvo alguna vez detenido, en poder de la PM. ¿Se fugó? ¿Lo fugaron?
La División de Inteligencia de la PM tiene cómo averiguarlo. Y lo hará. Por supuesto que lo hará.
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Lo publiqué en El Nacional en enero de 1998. Mismo título.

noviembre 20, 2005

Perdónenlos: era jugando

Alejandro José González Sayago, 51 años, fue secretario de Obras Públicas del estado Carabobo durante el gobierno de Henrique Salas Römer, hasta que éste abandonó ese cargo. Estamos en febrero de 1996; viene el cuento más o menos conocido: Henrique Salas Feo, acababa de arrasar en las elecciones regionales y organizó un equipo similar al del padre, con algunas excepciones. Sayago, el hombre de las obras públicas, fue uno de los que quedó fuera del equipo del nuevo gobernador, y lo odioso del asunto es que el hombre se enteró de que lo habían dejado como las guayaberas porque apareció en la prensa, no porque nadie se haya tomado la molestia de notificarle nada.
El mismo día que los periódicos anunciaron los nombres de los nuevos directores y secretarios, Sayago fue a su oficina, metió sus cosas en tres cajas de cartón y una bolsa, le dijo adiós a su gente y se fue a matar el despecho en otros ámbitos, a ocupar un oficio menos ingrato que los forcejeos políticos: se dedicó a ejercer la docencia en el colegio “Pedro Guzmán Gago”, de Valencia. No es que sea muy cómodo tener que optar por el Gago después de salir del Feo, pero bueno, tampoco había para dónde coger. Ya se fue Cindy Crawford; nos queda Lila Morillo.
Sayago rumió su desconcierto durante meses, llamó en varias ocasiones a Salas Römer para que al menos le explicara por qué demonios su hijo le había dado base por bolas sin tener hombre en circulación. El candidato lo toreó, le sugirió un poco de paciencia, le explicó que hay cosas inevitables en la vida y que a fin de cuentas el joven Henrique Fernando era ya como muy grandecito para estar recibiendo regaños del papá. Hasta que un buen día le dijo Está bien, Sayago, vamos a vernos la primera semana de diciembre. No olviden las fechas: primera semana de diciembre de 1996. Facilito. Ni siquiera les estamos pidiendo que memoricen un día específico.

La muerte pega primero

El ex secretario, quien vivía con su hermana y su madre en Valencia, no era hombre acostumbrado a desaparecer de su hogar, ni siquiera a ausentarse durante unas horas sin avisar para dónde y con quién iba a estar. De allí la alarma de sus familiares cuando, el día viernes 29 de noviembre de 1996, anocheció y Alejandro José Sayago no se reportó como de costumbre. La espera se prolongó hasta más allá de la madrugada; Sayago no respondía las llamadas en su celular. Entonces sus hermanos supusieron o intuyeron algo: a lo mejor el Alejandro José se había ido en su automóvil (un Ford Festiva) para Chichiriviche, en el estado Falcón, donde tenía una casa de playa a la cual iba de vez en cuando a vacacionar. No se apresuraron a iniciar la búsqueda, sin embargo; faltaban todavía una cuantas horas para que la alarma les hiciera pedazos la paciencia.
El detonante que necesitaban para lanzarse a actuar les llegó el día 30 de noviembre: una de las llamadas realizadas al celular de Alejandro fue al fin atendida por una mujer. Al escuchar la voz del hermano de González Sayago, la mujer que atendió le cedió el aparato a un hombre cuya voz sonaba como la de alguien recién rescatado del fondo de una cisterna llena de aguardiente: “Alejandro tuvo un accidente en Tucacas, más tarde va para allá. Y no llamen, no jodan más”. Enseguida unas carcajadas, el celular enmudecido y nuevamente la angustia: ¿quién había atendido el teléfono y qué clase de noticia era esa del accidente en Tucacas? Entonces dos de los hermanos de Alejandro José, entre ellos Rafael González Sayago, emprendieron el viaje rumbo a Chichiriviche.
Llegaron a la casa de playa, tocaron la puerta, gritaron varias veces, y nadie contestó. Iban a marcharse, pero Rafael tuvo un pálpito de esos que enfrían la sangre. Treparon por una pared, forzaron una puerta. Entraron en la habitación y allí estaba, en efecto: amordazado, atado de pies y manos, hinchado y con una coloración imprecisa entre el morado, el verde y el amarillento. Sólo tenía puesto el interior; el cuarto y toda la casa estaban llenos del olor propio de los cuerpos descompuestos.
Hasta ese día, Henrique Salas Römer siempre había llegado de primero en cuanta competencia política había participado; esta vez, la carrera del encuentro con Alejandro José Sayago se la ganó, con pocos días de ventaja, nada menos que la muerte. Y ya sabemos que contra esa dama, mi gente, no hay encuesta que valga.

Carrito pa’gozá

Un protocolo de autopsia no tiene por qué ser un documento hermoso, no tiene por qué hablar de las verdes campiñas de mi tierra florida y del candoroso zumbar de las abejas en primavera, pero el que emitió el doctor Tito Zerpa en la medicatura forense de Puerto Cabello, con detalles del estado en que se encontró el cuerpo de González Sayago, resulta particularmente macabro. Aunque parezca accesorio el detalle, agregaremos que la autopsia debió realizarse en el cementerio, en presencia de los hermanos del difunto. Y ese fue apenas el primero o segundo momento de consternación para la familia desde que supieron de la muerte del profesor y ex secretario de obras públicas; sobre los demás se expondrán un par de cosas más adelante.
En resumen, el informe anotomopatológico da cuenta de hematomas en la región occipital, el temporal izquierdo y el lado derecho del cuello; dice que presentó un doble amordazamiento, con tela de paño y con una cuerda de nylon, el cual le tapaba al occiso la boca y las fosas nasales; las manos atadas detrás del cuerpo, muy apretadas, “con aprisionamiento individual de cada muñeca, a su vez atadas al amordazamiento colocado en la boca”. Los tobillos también estaban atados con la cuerda de nylon y la tela; la cara la tenía “aumentada de volumen, de color verde oscuro” (...) “El orificio anal abierto, evertido, con la mucosa gasificada, formando burbujas”. En resumen, el protocolo de autopsia determinó que la causa de la muerte fue asfixia por sofocación.
¿Somos morbosos, crueles, insensibles, inconscientes, ignorantes de que una lectura dominical no debe contener este tipo de cuestiones? Sí, somos todo lo anterior. Somos malos, sangrientos, insoportables, casi adecos. Lo que sucede es que más adelante hablaremos de la decisión de un juzgado que asegura que no hubo violencia contra Alejandro José González Sayago. En fin, hasta malos narradores somos; cómo se nos ocurre adelantar una cosa que debería estar más bien al final.
Pocos días después del hallazgo y el sepelio, a Rafael González Sayago comenzaron a llegarle informaciones de buena fuente: había gente que aseguraba haber visto a unos vecinos de la familia González con el Ford Festiva del difunto, y que habían trascendido ciertas conversaciones muy reveladoras. Todo el cúmulo de indicios fue a caer en manos de la PTJ, que tras una investigación, unas detenciones y unos interrogatorios, determinó que los asesinos de González Sayago habían sido Giovanny Benito Bastelli y Reydi Mayora Escalona. El padre del primero de ellos había sido en vida amigo de la víctima, y el propio Giovanny era, en efecto, vecino de los González.
La detención de Bastelli y Mayora, junto con tres personas más (a éstas, por aprovechamiento de objetos provenientes de un hecho punible) se produjo el 12 de diciembre; el 29 de ese mismo mes, la jueza Marbelis Rossi les dictó auto de detención por homicidio calificado y robo. En su declaración, los dos implicados contaron una historia de lo más simpática. Echenle un vistazo: ellos iban caminando tranquilamente por una calle de Valencia cuando González Sayago los llamó desde su vehículo, Hey, móntense. Ellos subieron al carro y se fueron a tomar unos tragos, pero como el local donde fueron estaba cerrado, a Sayago se le ocurrió una idea mejor: Vámonos a Chichiriviche. Y allá van los tres, rumbo a Chichiriviche.
Una vez en la casa de la playa, comienzan a tomar whisky; qué vida tan dura, hermano. De pronto, González Sayago les dice a los otros dos que tiene sueño y se acuesta a dormir, entonces a éstos se les ocurrió (estamos detallando su declaración, no lo olviden) que sería una buena idea llevarse el carro del hombre para rumbeárselo por las calles de Valencia, y eso fue lo que hicieron. Ah, pero antes amordazaron al hombre, para que le costara un poco de trabajo salir a denunciarlos, mientras ellos se gozaban el carrito en la capital de Carabobo. Tal fue su declaración.

Fechas, papeles, tribunales...

El 29 de abril de 1997, la jueza segunda de primera instancia en lo penal, Nadezka Torrealba, le dio libertad a Bastelli y Mayora, al cambiar la calificación de homicidio calificado y robo, por los de homicidio culposo y hurto simple. La jueza apoyó su decisión de cambio de calificación en algunos hechos sobre los cuales la jurisprudencia es bastante estricta y específica. Una de ellas: las declaraciones de los implicados no constituían confesión, por cuanto ellos no admitieron haber asesinado a Alejandro José González Sayago, simplemente contaron qué había sucedido la noche del 29 de noviembre. En cuanto al asunto del robo, dice la magistrada que cabe la calificación de hurto simple, por cuanto “existe el apoderamiento de la cosa mueble, sin el consentimiento del dueño con el ánimo de lucrarse, sin que mediara violencia o amenaza”. Por lo cual, concluye la jueza, los acusados cometieron el delito de hurto simple. Reconoce la jueza que los muchachos vendieron el vehículo del difunto, y por lo tanto hubo intención de lucrarse.
Sigue la cronología: en mayo, la familia González Sayago y un fiscal del Ministerio Público apelan ese cambio de calificación; el Tribunal Superior de Coro dejan sin lugar las apelaciones. En junio, Rafael González Sayago denuncia el caso ante el Consejo de la Judicatura y ante la Fiscalía General de la República. En julio, el juez accidental Carlos Alberto La Cruz, de Coro, decide que las apelaciones de González Sayago y el fiscal del Ministerio Público eran incorrectas. A estas alturas, faltaba la indagación de los encubridores involucrados, así que en agosto el juzgado Tercero le envía una notificación a uno de los encubridores (por correo), a lo cual el ingrato no ha respondido. Septiembre: la Fiscalía General designa como fiscal del caso a Nelson Ferrer, fiscal II de Coro. Octubre: se inhibe la jueza Nadezka Torrealba. Diciembre de 1997: revisión del expediente por parte del Inspector Nacional de Tribunales de la Fiscalía.Continuamos: enero de 1998: solicitud de captura contra Omar Pérez, el encubridor que falta por declarar. Marzo, abril, mayo, junio y meses siguientes: continúa el papeleo profuso e inacabable por mil oficinas, mientras Giovanny Bastelli y Reydi Mayora se burlan de lo lindo cada vez que tropiezan en la calle con Rafael González Sayago. Tienen motivos para reírse: están libres. Ya ustedes los conocen: son aquellos chicos chéveres, simpáticos, grandes jodedores. ¿Recuerdan la travesura aquella, el “hurto simple” del carro para salir a pasear en Valencia? ¡Ja, ja, ja! ¿Y la echadera de vainas por el celular, y los hematomas? ¿Y el amordazamiento doble? ¡Ja, ja, ja! ¿Y las lesiones múltiples? ¿Y la cara aumentada de volumen, de color verde oscuro, la asfixia por sofocación? ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!
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Publicada el 9/8/98, en El Nacional, con el mismo título.