mayo 22, 2008

Colombia: Cóndor herido

En septiembre del año 2000, el autor fue al sur de Colombia, en una zona de despeje pactada en ese entonces con el presidente Andrés Pastrana, para realizar una serie de crónicas y reportajes para el peripódico Tal Cual. Acá publicaré la primera de esas crónicas, tal como fueron publicadas en su momento.
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  • La serie de reportajes que hoy se inaugura es producto de una visita realizada a la zona de despeje o de distensión, justo cuando la guerra tiende a recrudecer y es un hecho la implantación del Plan Colombia. Hoy el análisis se centrará en el pueblo de San Vicente del Caguán, capital del municipio ubicado en el departamento del Caquetá que ha servido de escenario de las conversaciones de paz, para darle un respiro territorial a la guerrilla y para aproximarse a lo que es, de hecho -aunque no de derecho-, un municipio gobernado por las FARC. En entregas sucesivas se hablará de la vida en un campamento guerrillero, se presentarán entrevistas con algunos comandantes y se hará el registro de una visita a un cultivo y un laboratorio de coca
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En San Vicente del Caguán, lo único que resulta más fácil que toparse de frente con un guerrillero es toparse de frente con una guerrillera. Después vienen las tabernas, los lugares plenos de música a toda hora, y los comercios. En ese orden. Ese decorado deja una sensación que puede asemejarse a la de la prosperidad, pues el espectáculo de tantos ciudadanos entregados a la recreación y a las compras no deja lugar para el olor a miseria. Sólo que existe cierta frontera donde la felicidad se confunde con la simple euforia, y es allí donde comienzan a percibirse los primeros desajustes: un pueblo cuyos bares y tabernas están abiertas (y llenas) el domingo a las seis treinta de la mañana tiene que ser un pueblo demasiado feliz o demasiado ansioso de entregarse a la evasión y al olvido.
Para quien escuchó decir en Bogotá, el día anterior, que San Vicente es el municipio más seguro de Colombia, puede parecer natural el que las requisas en los lugares nocturnos (y vaya que hay lugares nocturnos en ese pueblo) sean realizadas apenas por un puñado de policías civiles “armados” con sendos rolos de madera. Un vistazo más detenido aclara las cosas: hasta el más borracho o el más libertario de los comensales permite que los policías ¬requisen y pidan documentos a placer sólo porque allá afuera, a escasos metros (y a veces en el interior mismo del local) permanece una escuadra de combatientes de las FARC, y esto ya cambia un poco el panorama: el respeto que un triste rolo de madera no logra infundir en el ánimo de nadie, lo infunde con su sola presencia de un fusil de asalto AK-47 de fabricación soviética.
Pero, más allá del fetichismo maquiaveliano de las armas, está el hecho de que las FARC hacen las veces de gobierno en muchos aspectos de la vida que en el papel le corresponderían a las autoridades municipales. La guerrilla tiene en las afueras una oficina de Quejas y Reclamos adonde los ciudadanos llevan toda clase de denuncias: allí se escuchan casos como el del padre que no le da la pensión correspondiente a su hijo, el del empleado de la zapatería a quien botaron justa o injustamente, el del vecino que derribó una cerca y no hay querido pagarla, el del pichón de delincuente que robó o causó algún estrago. Según el caso, la guerrilla le impone al infractor una sanción que puede ser una multa o unos días de trabajo en el campo o la carretera en construcción. Cuando se trata de un hampón, un consumidor o distribuidor de drogas, se le exige que abandone el municipio. Al acusado le queda otra alternativa, pero huele demasiado a sangre y a pólvora.

El mejor postor

La noche del miércoles 30 de agosto, en el bar El Mexicano, el de prestigio más explosivo de la zona, un cartelito hacía un anuncio espectacular: “Hoy, 11 pm, gran streep tease, dos hermosas chicas incluyendo la rifa de una de ellas, más una caneca de aguardiente. Valor de la ficha: 2.500 pesos”. Súbito ataque de moralismo. Había que hacer algo para detener aquel acto de entrega de la mujer-botella, así que tomamos cartas en el asunto: compramos cuatro números. La noche prometía.
Casi 1.000 kilómetros hacia el norte, en la ciudad de Cartagena, otra rifa grandiosa ponía en la ruleta de la historia el destino de muchos colombianos: Bill Clinton daba algunas declaraciones decisivas mientras recorría las calles y apretaba manos y cachetes por doquier. El Plan Colombia estaba, ahora sí, en plena marcha. Al presidente Pastrana la sonrisa no le cabía en la cara; la bolita comenzó a girar en la rueda y él tenía en sus arcas el grueso de la apuesta. La visita de Clinton le subió la popularidad de 24 a 45 por ciento, mientras la de las FARC debe haber bajado de 3 a 1,5 por ciento con los últimos ataques. Las perspectivas son de lo más interesantes.
La bolita deja al fin de girar y se detiene en un número. Un grito etílico hace volver las miradas hacia el ganador, un borracho que seguramente no disfrutará en lo absoluto de la chica y tampoco de la botella de aguardiente; la muchacha se ha salvado del bochorno de una entrevista y nosotros hemos perdido 10 mil pesos. En Cartagena un avión acaba de despegar, su pasajero principal ha dejado una apuesta de 7 mil millones de dólares en la mesa. La bolita está detenida hace rato y la escena está congelada, como la sonrisa de Pastrana: todos saben cuál es el número ganador pero nadie ha mostrado la ficha ganadora. La paz colombiana es una muchacha esquiva con una botella de aguardiente en la mano.

mayo 21, 2008

El engañado (Dos crónicas y media)

El conjunto de tres textos transcriptos abajo es un intento de reparación, quizá tardío, de un gravísimo error cometido por el autor en 1998. Más exactamente: es mi insignificante homenaje póstumo a la joven Carolina Rodríguez Fernández (1971- 1995), y una quizá inútil solicitud de disculpas a su familia y amistades.

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Las dos crónicas que siguen abajo fueron escritas con cuatro años y cinco meses de distancia temporal una de la otra. Si mis dotes de investigador no hubieran fallado de manera tan rotunda al momento de recopilar datos para redactar la primera (Manual de trampas para policías), la primera en aparecer debió ser la otra (Último paseo por Caracas). Pero de este desperfecto, y de otros más graves, sólo me di cuenta al publicar la última de las mencionadas.

Ocurrió así. En abril de 1998 llegó a la redacción de El Nacional un caballero que se identificó como hermano de un ex funcionario de la policía municipal de Baruta. Este gendarme, de apellido Villanueva, no sólo había sido expulsado del cuerpo en un humillante acto público, sino que además pagaba condena en el Retén Judicial de El Junquito. La versión del preso, y de su hermano, era que allá en PoliBaruta lo habían querido perjudicar; alguien le montó un “peine”, una vil trampa mediante la cual hicieron parecer que el ex agente fue sido sorprendido in fraganti mientras cometía un robo. Unos falsos testigos, unos agentes de la Policía Judicial y una víctima también preparada a tal efecto montaron un teatro que dio como resultado su encarcelamiento. La versión de la policía es que, en efecto, Villanueva estaba robando un apartamento y que por eso había sido expulsado y luego hecho preso.

Investigué lo básico y resultó encajar en el clásico conflicto: el hombre es acusado por un delito y él se defiende asegurando que no lo cometió. El producto de la confrontación de ambas versiones es la crónica titulada Manual de trampas para policías, la cual fue publicada en El Nacional el 19 de abril de 1998. El único problema con ese trabajo fue que no investigué el porqué del encono que tenían las autoridades de PoliBaruta contra ese funcionario. Le montaron una trampa, es verdad; como periodista – investigador debí averiguar por qué lo hicieron.

Cuatro años y fracción después, como se dijo arriba, tuve enfrente otra tarea, más relajada si se quiere. El diario Últimas Noticias quería que reescribiera algunas historias sobre casos criminales del pasado reciente. Hurgué al azar en la hemeroteca y me interesé en la infame tragedia que le costó la vida a una joven de nombre Carolina Rodríguez.

Esta muchacha desapareció de su casa el 3 de diciembre de 1995. Tras unas navidades angustiosas para sus familiares y allegados, apareció el 27 de diciembre, asesinada, en uno de esos barrancos cercanos a la Universidad Simón Bolívar. La reconstrucción de los hechos arrojó luces sobre la puerca realidad: la joven Carolina había sido asesinada por su novio, quien, para deshacerse del cuerpo, le pidió ayuda a un amigo suyo, policía de Baruta para más señas.

En el momento de escribir este pasaje, basado tan sólo en lo que decían los periódicos de la época, no me sonó familiar en lo absoluto el nombre del policía. Pero una vez publicada la crónica en Últimas Noticias sí comenzó a inquietarme. Unos días después descubrí con mucha indignación y vergüenza que quien había ayudado al amante homicida a “desaparecer” el cadáver de su chica había sido aquel policía de la primera crónica, José Luis Villanueva. No me sirve en lo absoluto de consuelo, pero no puedo dejar de comentarlo: el periodista y entonces diputado Vladimir Villegas también fue o pudo haber sido engañado, ya que en algún momento intervino para lograr que a Villanueva, ya detenido, se le garantizaran sus derechos fundamentales.

El punto es que este servidor, ignorante del caso de asesinato y de la intervención de Villanueva en tan sórdido percance, ni siquiera hizo mención a este crimen, ni a la joven asesinada. Aunque, increíblemente, cierto azar hizo que Carolina estuviera allí presente de alguna manera. Explico: una de las personas mencionadas en la primera crónica lleva en la vida real el nombre de Carlota. En vista de que los hechos de los cuales se le acusaba no pudieron ser confirmados por quien escribe, decidí proteger su identidad colocándole otro nombre. Escogí Carolina. Por nada en particular; probablemente porque comienza con las mismas letras que el nombre de la persona aludida. ¿Azar o intervención de algún elemento intangible que me solicitaba justicia?

A continuación reproduzco las dos crónicas, en el orden de su publicación.

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La primera crónica escrita por este escribidor engañado es la que sigue:


Manual de trampas para policías

(El Nacional, 19 de abril de 1998)

Por lo general, cuando uno ve un intercambio de piñazos y dentelladas en plena calle tiende a ponerse lejitos, al margen de la cosa –sobre todo si hay algún hierro de por medio–, pero al final la idea de quedarse a ver en qué termina aquel candelero impone su seducción. Es entonces cuando a uno lo confunden con uno de los involucrados y toma, perro: dos dientes menos, una costilla desprendida y una ceja abierta, por mirón. El morbo, mano, el morbo. Por eso se leen tanto los medios amarillistas y las páginas de sucesos. Tantos entretenimientos hermosos e inofensivos que hay en este país y todavía hay tipos empeñados en reseñar la violencia y la miseria humana. Vergüenza debería darles.

Sin embargo, cuando el problema es entre policías el instinto enfila hacia otro lado: bien lejos, caballero, del final de este rollo me enteraré mañana por la televisión. Guerra entre ciudadanos es espectáculo; guerra entre policías es asunto privado. Ni se les ocurra meterse en un pleito de esos, ni para mirar ni para defender a nadie, mi gente. Igual que en las peleas entre marido y mujer, lo más seguro es que la pareja se reconcilie y usted termine pateado y mordido por los dos actores. Es de sabios mantenerse a distancia, no intervenir.

Ahora, ¿a que no adivinan quién está metido justo ahora en un rollo entre policías, escuchando unas y otras versiones para escribirlas a continuación?


Función estelar: Los expulsados

La noticia original llegó a oídos de la familia Villanueva de una manera intempestiva. En Venevisión apareció de pronto el anuncio de una primicia que iba a ser transmitida en el noticiero de la noche, cierto acto que se iba a llevar a cabo en la sede de la policía de Baruta. El evento era algo original: la destitución de un par de funcionarios de ese cuerpo, a quienes habían sorprendido robando un apartamento. Cosa tan insólita como plausible: la gente estaba acostumbrada a presenciar ascensos, actos de imposición de medallas y condecoraciones, pero nunca uno de remoción por causas tan tórridas. Uno de los expulsados resultó ser José Luis Villanueva; el otro, Douglas Sánchez.

Según la versión que trascendió, originada en la PTJ y refrendada por el Director de Polibaruta, a ambos agentes los capturaron cuando desvalijaban un apartamento en el piso seis del edificio Fondo Común, en la avenida Urdaneta, luego de atar y amordazar a una señora que habitaba en el lugar. Un transeúnte que pasaba por allí escuchó unos gritos dentro del inmueble, bajó a la avenida, abordó a la primera comisión policial que encontró en su camino (un par de funcionarios de la PTJ de nombres Reinaldo Sabala y Luis Silva) y le habló de su inquietud. Los judiciales subieron, tocaron la puerta, un sujeto muy grosero les abrió y no los dejaba entrar, pero ellos entraron a la brava y se encontraron con que había una dama atada en uno de los cuartos. Así que manos arriba, cobardes, entréguenme sus armas, y allá van presos Villanueva, Sánchez y un hombre a quien en lo sucesivo llamaremos Gerardo Soto, y de quien en un principio se dijo que era abogado (de él y de su pareja, a quien llamaremos Carolina Tosta. Se dicen de ellos algunas cuestiones que no pudimos comprobar, de modo que sólo por esta vez perdónennos el repentino ataque de delicadeza).

La PTJ reconstruyó las cosas en dos días: los tipos estaban asaltando el apartamento de la pobre señora, que por cierto es la suegra de Gerardo Soto, y gracias al oído alerta de un caballero que caminaba por el pasillo los funcionarios de la PTJ evitaron que se consumara el hecho, y para rematar la Policía de Baruta es tan rápida a la hora de la limpieza institucional que no tardó en destituir a los funcionarios involucrados para que la Justicia actuara sin mayores obstáculos.

Fin de la versión oficial. Veamos de qué color pinta el cuadro el ex policía Villanueva.


El súper agente

Ya todos sabemos lo difícil que es ganarse la vida en este país con un solo sueldo. Fue para salirle al paso a esa situación que José Luis Villanueva fundó y registró una compañía de vigilancia e investigación, de ésas que pueden averiguarle a usted desde la autenticidad de una licencia de conducir hasta la cantidad de veces que su esposo o esposa ha estado en el hotel Las Cumbres, en la carretera Panamericana. Visítenlo, es muy bueno el jabón de allí.

Villanueva hizo lo que procede en esos casos: registró su compañía, puso un aviso en el periódico y esperó a que llegaran los clientes para contratar sus servicios. Realizó varios trabajos, unos más duros que otros, hasta que apareció vía telefónica un tal Gerardo Soto que lo necesitaba para llevar a cabo un desalojo en La Candelaria. Se entrevistó con el señor y su novia, la abogada Carolina Tosta, quienes iban a ejecutar el mencionado embargo. ¿Y qué tengo que hacer yo allí? Nada, viejo, nada más muestre su estatura, ponga cara de malo y si nos van a linchar sáquenos con bien del problema. Okey, son 100 mil bolívares. Trato hecho.

El desalojo se realizó sin mayores traumas, Villanueva no tuvo que destripar a nadie, asunto concluido... a medias, porque Soto le dio al agente-detective un cheque por 50 mil bolívares y lo citó para encontrarse después para darle el resto. En la nueva cita, José Luis Villanueva llegó al sitio convenido y ya Soto lo estaba esperando, pero no con la otra parte del pago sino con una caja de cartón y una nueva proposición.

–Hermano-, le dijo, ¿te acuerdas de mi novia, Carolina? Bueno, yo creo que me es infiel, y quiero contratarte para que la vigiles. Lleva esta caja al edificio tal, piso seis, en la avenida Urdaneta; esa es la casa de ella. Allí te voy a pagar los 50 mil que te debo y de paso vas a comprobar que esa mujer pérfida y traicionera recibe paquetes de otro hombre en su casa. La muy malvada.

Villanueva escuchó todo esto con la misma naturalidad con que hubiera visto caer nieve en Maracaibo, pero consideró su situación y decidió seguir aquellas instrucciones. Antes de ir al lugar, sin embargo, llamó a Douglas Sánchez, un compañero de trabajo a quien le debía un dinero, para que lo acompañara; con aquellos 50 mil iba a pagarle al amigo y de paso dar inicio al nuevo trabajo propuesto por Soto. Llegaron al apartamento, tocaron la puerta. Les abrió una señora bastante mayor. “Buenas. Traemos algo para Carolina Tosta o Gerardo Soto”. Ella no estaba, pero la señora llamó a Gerardo y éste le dijo: “Ábrales la puerta, que ya es Navidad, no hay problema”.

Entraron al apartamento, le entregaron la caja a la señora y ésta les firmó un recibo. Estaba en eso cuando de pronto el abogado Soto dijo ¿Te fijas? ¿Que hasta alcahueta tiene?, le saltó encima a la doña y le metió un derechazo de esos que duelen con sólo recordarlos. Horrible. La señora intentó morderle una oreja al estilo Tyson pero el abogado Soto, por más que sea, tiene unos treinta años menos que la doña, con quien comenzó a forcejear y causaba la ligera impresión de que incluso podía ganarle la pelea. Villanueva y su amigo no podían permitir aquello, así que intervinieron en la cuestión y le quitaron la señora de encima al impulsivo abogado.

Una vez medio calmados los ánimos, alguien comenzó a tocar la puerta del apartamento. Villanueva se asomó por el ojo mágico y vio a dos efectivos de la PTJ; uno de ellos, el nombrado Reinaldo Sabala, era conocido suyo, y por cierto unos días atrás le había presentado a Gerardo Soto y a su novia para que los ayudara a poner una denuncia. En fin, si quieren olvidar este último detalle háganlo, entendemos que ya la cuestión se está enredando más de la cuenta.

La PTJ entró, vio a la señora medio maltrecha que aprovechó la presencia de los efectivos para acusar a aquellos malditos y bueno, lo demás es fácil de imaginar: cédula contra la pared, entréguenme esas armas y ese dinero y vámonos para la Central. Al otro día vino lo de la destitución televisada, el regreso a la PTJ y la paliza de su vida en contra de José Luis Villanueva, quien fue incomunicado, preso y torturado, descendió a los calabozos, según su testimonio. El diputado Vladimir Villegas se enteró de la cuestión, realizó denuncias formales y reclamos para que al menos dejaran ver al detenido, cosa que se le permitió a sus familiares durante breves minutos, los suficientes para percatarse de que le habían causado lesiones en todo el cuerpo. Actualmente padece de una flebitis en una pierna a causa de los maltratos.


Lo que no cuadra

La familia Villanueva se ha movilizado largo y duro para tratar de conseguir una decisión favorable al ex agente, que como se ha dicho está detenido y en espera de una decisión judicial, que será dictada por el tribunal 46 penal. Entre las cosas que a estas personas “no les cuadran” (sí, todavía hay más cosas que no cuadran), ellos insisten en señalar las siguientes:

*Gerardo Soto no es abogado, tampoco karateca o boxeador. Es escribiente y labora para un tribunal de la república. Se le dictó auto de detención como autor material e intelectual del intento de robo y ese auto fue ratificado en audiencia pública. Tres meses después quedó en libertad.

*En el informe inicial de la PTJ, que da cuenta de la detención de los tres hombres, no se hace indicación de objetos robados, pero dos meses después aparece otro informe contentivo de una larga lista que incluye dinero y joyas.

*Existe el testimonio de una vecina del apartamento donde ocurrieron los hechos. Según el mismo, la mujer no escuchó ningún tipo de violencias a la hora de la acción, y eso que estaba en el apartamento de al lado. ¿Recuerdan al transeúnte que supuestamente sí escuchó todo y dio parte a la comisión de la PTJ? Recuérdenlo, recuérdenlo. No es que sea muy importante, pero parece ser un tipo con un oído muy fino.

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Esta es la historia que escribí cuatro años más tarde, y que debí haber escrito antes o al iniciar la escritura de la anterior:


Último paseo por Caracas

(Últimas Noticias, 15 septiembre de 2002)

Esa muchacha, recostada ahí contra la ventanilla en el puesto del copiloto; allí, en el Ford EscortOrión color vino tinto. Esa joven hermosa, Carolina Rodríguez Fernández, 24 años, estudiante de Economía, llevaba casi cuatro horas dejándose llevar en errático viaje: el conductor, Clemente Patricio León Bravo-Malo, se había aplicado desde la 5:30 de la tarde a pasear sin rumbo definido por Caracas con ella, su ex novia. De pronto tuvo a bien llamar a un amigo, un efectivo de la Policía de Baruta para más señas, y que él suponía iba a ayudarlo a salir de un grave problema -después de todo, era el mismo funcionario que lo había ayudado a meterse en él. El policía le escuchó y, como todo buen policía que escucha una propuesta indecente, se negó.

-No me jodas, Clemente, qué clase de favor es ese.

-Bueno, si quieres no lo veas como un favor. Dime cuánto me cobras por el servicio.

El policía puso una tarifa. León Bravo-Malo analizó la cifra unos segundos y aceptó pagar. Eran las 9:00 pm y tenía que hacer algo con urgencia.

Carolina, por su parte, siguió en lo mismo: dejándose llevar, recostada a la ventanilla.

Ni se enteró siquiera del momento en que el policía entró al asiento trasero del carro, no sintió el olor de los pinos y los eucaliptus al enrumbar el vehículo por la subida hacia Tazón, no se inquietó cuando su ex novio torció el rumbo hacia Sartenejas y se detuvo en un paraje cerca de la Universidad Simón Bolívar, ni sintió el perro adiós del par de hombres que la despegaron del asiento y la echaron a volar por uno de esos barrancos de Dios. Aquel había sido su último paseo por Caracas, y los dos balazos que León Bravo-Malo le había encajado en las costillas cuatro horas atrás no le habían permitido disfrutarlo.

Dos semanas de ausencia

Ese día, 3 de diciembre de 1995, Carolina quedó en encontrarse con su amiga Sandra Rodríguez para viajar juntas a la playa. Antes de salir de su casa, le dejó dicho a su familia que iba a tomar el Metro, pero en realidad quien iba a llevarla a su destino era Clemente León Bravo-Malo. Este caballero había llevado a extremos insoportables su despecho y su persecución: Carolina le había dicho docenas de veces que no quería continuar su relación con él, pero León Bravo-Malo insistía en pedirle que siguieran intentándolo. Cualquiera sospecharía que el hombre iba a continuar con sus escenas mientras llevaba a la muchacha a encontrarse con su amiga, como en efecto.

Sandra Rodríguez esperó a Carolina durante varias horas y luego decidió bajar sola al litoral.

Desde allá le informó a la familia de su amiga que jamás se concretó el encuentro, así que los padres de la joven fueron a denunciar su desaparición; por primera vez se ausentaba toda una noche de la casa sin comunicarse ni dejar rastros, y esto tenía inquietos a todos sus allegados. El propio León Bravo apareció al día siguiente por la casa de la familia con un concierto de mocos, lágrimas y temblores: estaba preocupado por la suerte de Carolina, decía.

La ausencia de noticias de la joven duró tres semanas y tres días: el 27 de diciembre de 1995, la PTJ fue a levantar un cadáver descompuesto en las inmediaciones de la Universidad Simón Bolívar, que resultó ser el de Carolina Rodríguez.

Puro despecho

El siguiente desaparecido fue el asesino, Clemente León Bravo-Malo: ninguno de sus conocidos volvió a verlo, ni siquiera en el funeral de su padre, ocurrido -cruel destino- un día después del asesinato de Carolina. Ya habría forma de atraparlo, pero ¿cómo? Fácil: las pruebas de balística arrojaban luces sobre el origen de la pistola con que fue ultimada la muchacha, y adivinen qué: en PoliBaruta comenzaron a mirar feo a un funcionario de apellido Villanueva. En marzo, este Villanueva, que no había confesado nada de nada, fue capturado en un intento de atraco en un apartamento de la Av. Urdaneta, y él se defendió diciendo que aquello había sido una emboscada para encasquetarle la corresponsabilidad del homicidio.

Días después, el 7 de abril de 1996, Clemente León fue apresado también en Puerto La Cruz, disfrazado de árabe pero haciéndose pasar por portugués.

Una vez en Caracas confesó -en perfecto castellano- que le había dado muerte a la chica porque ésta había abortado un hijo de ambos, “Que llevaba en su vientre” (dónde más, León Bravo-Malo, dónde más) y porque durante aquel paseo final por Caracas, ella le había dicho que amaba a otro hombre.

De ser cierta esa especie, conmueve más su inmolación: Carolina murió por querer dejar en el pasado un pésimo error de salvaje triple apellido.

setiembre 27, 2006

Si usted vive en Petare, es un delincuente

Wilmer Valdespino creció en el barrio 5 de Julio, en Petare. Estudió con los salesianos, fue catequista, animador cultural, músico, organizaba planes vacacionales, era técnico en Electrónica; tenía una salud más puntual que el guante de Omar Vizquel, tomaba con suficiente sentido del humor la mamazón' inherente a todo habitante de barrio, y cuando la muerte lo atrapó se encontraba descansando en su casa, tomándose uno de los pocos recesos que le proporcionaba su última ocupación: era funcionario de la Policía de Baruta. Un compañero suyo llamado Vicente Páez -un laico de la comunidad salesiana a quien le ha correspondido, en los últimos días del 97 y primeros del 98, movilizarse en todas las instancias legales con una denuncia sorprendente en las manos- lo recuerda así, como el muchacho sanote, organizador de actividades infantiles, que sorprendió a todo el mundo con su repentina decisión de convertirse en funcionario policial.

Su muerte ocurrió, de acuerdo con testimonios de sus vecinos, de la siguiente manera: estaba durmiendo el 25 de diciembre a eso de la una de la madrugada -imagínense si era sano: acostarse a dormir mientras los demás mortales hemos liquidado y pensamos liquidar unas cuantas botellas de lo que sea-, cuando uno de sus hermanos fue a levantarlo de la cama porque acababa de tener un encontronazo con un malandro del sector que andaba armado y venía persiguiéndolo. Wilmer se levantó, salió a la puerta con el arma de reglamento, y no había divisado bien al agresor de su hermano cuando éste le disparó varias veces, dejándolo inerte en el piso. Antes de caer, sin embargo, logró alcanzarlo también con una bala, pero como a veces los choros están protegidos por mejores potencias divinas pudo correr y salvarse aprovechando la confusión.

El nombre del malandro es Johnny Molina, tiene 22 años y le dicen El Chiguerote. En su casa, quizá para simplificar un poco las cosas -¿quién sabe qué diablos es un chiguerote?- le dicen El Papito. Papito, chiguerote o lo que sea, lo cierto es que ya estaba identificado y la policía no tenía sino que proceder directamente, atendiendo al testimonio de decenas de testigos. Cosa que desecharon para irse por el camino más difícil, como se verá más adelante.

En cuanto al joven policía, no pudo ser más amargo su fin: en plena Navidad, en presencia de su familia, a manos de un bicho que más temprano o más tarde morirá de la misma manera. Más amargo y triste es el hecho de que el director del cuerpo al cual pertenecía Wilmer Valdespino, Alfredo Sáez Conde -me suena ese apellido, chico, me suena-, se haya dedicado a insultarlo a él, a su familia y al barrio en que habitaba, para justificar lo que vino después, que parece más bien un compendio de la locura o de la borrachera colectiva de toda una institución policial. Y no se ofendan: es preferible que a uno le digan loco o borracho y no que hizo ciertas cositas asquerosas en plenitud de sus facultades mentales.

Los estragos

Una hora más tarde, en el barrio 12 de Octubre, cerca de donde mataron a Valdespino, varios jóvenes se encontraban entregados a la celebración, con una corneta del equipo de sonido en la puerta y el rumbón armado dentro de la casa, cuando vieron a dos patrullas de la Policía de Baruta detenerse afuera, en la calle. Varios agentes bajaron, sacaron de la casa a varios de los muchachos empeñados en seguir bailando y le metieron una ración de plomo al equipo de sonido; adiós música, todo el mundo contra la pared y no me mires a la cara porque el Niño Jesús no me trajo nada y ando medio arrecho.

Cuatro de los jóvenes intentaron preguntar cuál era el motivo del abuso y como recompensa los golpearon sin dar explicaciones. A seis más los metieron a la fuerza en las patrullas y se los llevaron detenidos. Una señora se asomó en un balcón para ver de dónde venía toda esa bulla y los policías le dispararon una ráfaga de plomo que por fortuna no la hirió, pero pueden estar seguros de que esa doña no va a asomarse más nunca en un balcón por el resto de sus días.

Más arriba, en el mismo barrio, otra unidad de esa misma policía interceptó al señor Samuel Quintero en la puerta de su casa, y como éste no respondió a la voz de alto en una fracción de segundo, le zamparon un tiro en la pierna derecha. Barrio 19 de Abril: una unidad de Poli Baruta abordó a un ciudadano llamado Nicolás Cáceres, le pidieron sus documentos, y como no les gustó la cara que tenía ese señor en la cédula, le dieron varios cachazos en la cabeza y en el rostro. Ahora, para verlo de cerca es recomendable tener unos lentes tridimensionales, porque de otra forma no se sabe cuáles son los dientes y cuál es la oreja izquierda en esa cara deforme. Quienes presenciaron esta demostración pública de cirugía plástica intentaron socorrer al caído, pero los funcionarios policiales amenazaron a los vecinos con darle más de lo mismo al que se metiera.

Barrio 24 de Julio: un transeúnte escuchó y acató la voz de alto, pero de todas formas le dieron una golpiza, le fracturaron el brazo derecho y además le desaparecieron la cartera y el celular. En el mismo barrio hay una muchacha llamada Raquel Peraza que no puede retener alimento alguno en el estómago porque enseguida vomita, y ella sospecha que el trastorno a lo mejor -quizás, tal vez, posiblemente, puede ser- se debe a los patadones que le dieron los uniformados a pocos metros de su casa. Y un joven de 16 años a quien le dieron tres culatazos en la boca y que, a raíz de ello, no puede pronunciar la palabra "socioestructuralizado" sin que los colmillos le cercenen la lengua y las muelas se aplasten entre sí con un sonido siniestro.

La parte sabrosa: unas declaraciones

Durante la misa del 25 de diciembre, a eso de las 11 de la mañana, fue cuando éstas y otras personas descubrieron que sus navidades habían tenido algo en común, y que todas tenían en alguna parte el sellito de Poli Baruta. Vicente Páez, aquel salesiano amigo del agente policial muerto, ha recopilado, puesto en orden y colocado en su sitio todas las denuncias; en total son 44 personas maltratadas, sólo porque en la madrugada del 25 de diciembre estaban más o menos cerca de donde asesinaron al buen Wilmer.

Pero no crean que la policía de Baruta perdió eficacia a causa de lo anterior. Nada de eso. Luego de un arduo, pesado y penoso trabajo de inteligencia, ubicaron al asesino de Wilmer Valdespino en una clínica de La Urbina, con una herida de bala. Gran vaina. Cualquier discapacitado mental lo hubiera hecho también, con un par de llamadas telefónicas y sin necesidad de causar tantos desastres en el cuerpo y la moral de tanta gente.

Después de esto la Policía de Baruta ha debido enfrentar serias críticas, entre ellas las de sus colegas de Poli Sucre, quienes les han exigido que se mantengan bien lejos, allá en su jurisdicción. Ellos, a su vez, se han defendido. Y lo han hecho a través de unas declaraciones que causarían mucha risa si estuviéramos en otro contexto, y si no provinieran de los labios de Alfredo Sáez Conde, director de la Policía de Baruta.

En primer lugar, dijo que a los funcionarios que fueron a Petare los recibieron a disparos. A él le consta, ya que los escuchó a través del radio transmisor de un agente que lo llamó temblando para pedirle permiso para actuar. Hágame el favor: el 25 de diciembre a las 2 de la madrugada alguien escucha unos tiros a través de la radio y ya, listo, determina que esos son disparos efectuados por una pistola calibre 9 milímetros, marca Glöck, y no las detonaciones de los miles de triqui traquis y cohetones que se supone revientan en las Navidades. Luego dijo -palabras textuales-: "En esos barrios (se refiere a Petare) hasta en las familias más honestas hay uno o dos malandros".

Es decir, que si usted vive en Petare y no tiene un familiar medio choro no se desanime, busque bien, porque Sáez Conde ha determinado que por allí debe tener alguno escondido. Dijo también: "Los mismos vecinos protegen a los delincuentes". Pues resulta que, según la nómina de personal de la Policía de Baruta -datos de octubre de 1997- 38% de los agentes de ese cuerpo residen en Petare. Y entre ellos estaba Wilmer Valdespino, el policía muerto el 25 de diciembre. Analicen la cuestión, funcionarios de Poli Baruta, y díganme si no está ofendiéndolos a ustedes y al difunto su propio director, a quien habría que recomendarle: si Petare es la cuna de la corrupción, pues búsquese sus agentes en otros lugares de la ciudad. ¿En Chacao, por ejemplo?

Y en cuanto a usted, corrupto lector petareño, márchese de allí, acostúmbrese a la idea o jódase: vivir en Petare equivale a ser cómplice de docenas de crímenes de todo tenor. Lo dijo Sáez Conde. Qué le vamos a hacer. Y sigue sonándome muy familiar ese apellido.
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En El Nacional, el 31 de diciemre de 1997

agosto 31, 2006

Descubran al asesino (sin olvidar a la víctima)

María Amparo Blanquicet, de 13 años, piel oscura, chama humilde; tanto, que para ayudar a la familia a llevar el pan al hogar, trabaja como doméstica en casa de unas personas, lejos del barrio donde ella vive. Qué agudos son los lectores de esta página. Apenas han leído las breves líneas anteriores y ya saben que esa muchacha -negra, pobre, joven y mujer- será quien llevará la peor parte en la historia de hoy. Pero no canten victoria; ustedes no saben qué le ocurrió exactamente, ni en qué circunstancias. Sólo intuyen que hay una cuestión muy mala alrededor de todo esto, de la chica y de sus días. Y no porque ustedes tengan un don sobrenatural, sino esa reconocida capacidad de observación; es que, lamentablemente, ya saben que esta página se alimenta de noticias malas. Qué le podemos hacer.
Además, pocas líneas más abajo nos veremos en la necesidad de escribir algunas frases en tiempo pasado, y entonces ya ni siquiera podrá el cronista acudir al factor sorpresa. La inteligencia de ustedes impedirá, entonces, que el caso de hoy genere mayores escalofríos.
Pero sigan adelante, todavía hay mil detalles que ustedes no conocen. No saben, por ejemplo, que María Amparo tenía su residencia en el barrio Alexander Burgos, de Valencia, y la familia para la cual trabajaba, la familia Hernández, vive en la urbanización Ricardo Urriera. Ustedes no saben dónde quedan uno y otro sector, pero el hecho de que a uno de ellos se le llame "barrio" y al otro "urbanización", ayuda a ordenar mentalmente el contexto. Es preciso acotar, sin embargo, que la familia Hernández no es multimillonaria. Simplemente vive con alguna comodidad, y entre las cosas que puede pagarse están los servicios de una chica para las labores diarias, la mencionada María Amparo, quien se mudó a vivir con ellos. El sostén de la familia es Domingo Ramón Hernández, comerciante; su señora, de nombre Delia, tiene nueve meses de gestación. Nada más tranquilo y fuera de sobresaltos que una familia con esas características.
Ahora le cedemos la pluma y la voz a las personas que estuvieron más cerca de los acontecimientos que se suscitaron la semana pasada.

¿Qué dicen los Blanquicet y algunos testigos?

El jueves 16 de julio, los Hernández decidieron ir al barrio Bicentenario para participar en la fiesta de la Virgen del Carmen, y llevaron con ellos a la joven María Amparo. A eso de las 10 de la noche, el jefe de la casa consideró que ya estaba bueno de fiesta y de vírgenes, y le dijo a sus dos acompañantes que abordaran la unidad (una Ford Pick-Up azul) para emprender el viaje de regreso a la casa. Ha quedado bastante pesada esa última frase, pero ustedes saben que eso es consecuencia de leer muy seguido la revista Crónica Policial. Los estilos se pegan. Los esposos Hernández subieron al vehículo y se instalaron en la cabina, como corresponde, y María Amparo lo hizo en la parte de atrás. Sí, ésa misma, la parte descubierta, la que queda a la intemperie. No hagan más conjeturas y sigan, por favor, el hilo de la historia.
Cuando transitaban por la prolongación de la avenida Sesquicentenaria, la camioneta hizo un ruido extraño, ejecutó unas toses tremendas y el motor dejó de funcionar. Domingo Ramón Hernández salió del vehículo, levantó el capó, dio un vistazo, removió unos cables, y sus conocimientos del funcionamiento fisiológico de su máquina le indicaron que la falla estaba debajo. Se dispuso, pues, a meterle una mano al caballo dislocado, para lo cual se quitó la camisa que llevaba puesta. Redoble de tambores, trompetas susurrantes; la cámara se abre, las luces enfocan un lugar impreciso hacia el fondo de la pantalla, y ya el lector sabe que ahora viene el momento crucial, la escena que hace detonar el drama. Imposible engañarlo. El lector tiene el ojo entrenado.
Cuando Hernández efectuaba el movimiento necesario para despojarse de la prenda, apareció en la esquina una patrulla de la Policía del estado Carabobo. Y lo primero que vieron los funcionarios que viajaban en esa patrulla fue que el caballero ese, el descamisado de la noche, llevaba en la cintura un pistolón de respetable tamaño. Y seguro que nadie ha adivinado qué: se bajaron de la patrulla, apuntaron al unísono y comenzaron a disparar contra aquel sujeto, seguramente un antisocial a quien Satanás purifique en sus pailas. Plomo, carajo, y aunque Hernández pudo accionar también su arma, no fue suficiente contra las balas justicieras de los de uniforme. Los policías se aproximaron al cuerpo de Hernández, que presentaba heridas múltiples pero todavía estaba con vida, y entonces se percataron del resto de la situación: en la parte de atrás de la camioneta yacía María Amparo, fulminada con dos disparos en el cuerpo; y en la parte delantera, la señora de Hernández, con una crisis de nervios y un hijo a punto de salírsele unos días antes de lo previsto.

¿Qué dice la Policía de Carabobo?

El jueves 16 de julio, a eso de las 10:00 de la noche, la Policía de Carabobo recibió una llamada según la cual en la avenida Sesquicentenaria se estaba cometiendo un crimen, así que un comando integrado por tres funcionarios fue hasta allá, para ver quién era el desalmado que estaba cometiendo semejante monstruosidad. ¿Cuál monstruosidad? No sé, no sé, pero vamos para allá y después te digo.
Al llegar al sitio indicado en la llamada, vieron cuando Domingo Ramón Hernández discutía con una mujer, se bajaba del carro al mismo tiempo que ella, la perseguía brevemente y de pronto le disparaba, mientras ella se protegía tras la puerta. Los policías le dieron la voz de alto, pero Hernández tenía tal engorilamiento en el cerebro que le apuntó a los policías y les disparó varias veces.
Entonces a los policías no les quedó más remedio que disparar también (con el dolor de su alma, pues no hay nada que le guste menos a los policías que disparar. ¡Ah!, cuándo será que van a dejar de obligar a esa pobre gente a cargar armas encima, para ellos es un martirio). Como suele ocurrir cada vez que se enfrentan las fuerzas del mal y del bien, la justicia salió vencedora aquí y Domingo Ramón Hernández, el malo, resultó herido en la refriega. ¿Y qué más? Ah, y una joven, a quien no habían visto mientras duraba el violento cotofio, murió a causa de dos impactos de bala. Efectuados, seguramente, por ese bandido sin escrúpulos, ese vil canalla a quien la policía logró reducir con gran eficiencia.
Pero un momento: un día antes de producirse esta declaración oficial, había trascendido otra, que fue recogida por los periodistas del vespertino Notitarde. Según ésta, los tres agentes circulaban por el sector en su ronda de rutina, cuando se toparon con una escenita muy fuerte: un señor disparándole a una dama en plena avenida Sesquicentenaria. Lo demás sigue igual: voz de alto, reacción violenta de Hernández y resultado adverso para él. ¿Y qué más? Ah, una joven de nombre María Amparo Blanquicet que resultó muerta, y que presentaba dos balazos en el tórax.

¿Qué dice la PTJ-Carabobo?

La PTJ-Delegación Carabobo ha recogido hasta ahora sólo las declaraciones de los tres agentes policiales que intervinieron en el hecho. Los tres están destacados en el comando de Bella Vista. La versión de Hernández y su señora no ha podido ser recopilada porque ambos se encuentran en un estado de salud crítico.
El cuerpo de Domingo Ramón Hernández presentó impactos de bala en el cuello, en el muslo izquierdo y en la espalda. ¿Y el de María Amparo Blanquicet? Ah, el cadáver de la joven presentó un orificio en la axila derecha y otro en la izquierda. ¿Qué pudo haber ocurrido? Según el subcomisario Vicente Núñez, es posible que una bala -disparada por Domingo Ramón Hernández- haya entrado por un lado, y otra, disparada por los policías, por el otro lado. Tú sabes, mitad y mitad, para que no salga tan caro. Aunque no se descarta que a la muchacha la haya alcanzado una sola bala -quizá disparada por Domingo Ramón Hernández- que entró por un flanco y salió por el otro. Qué brillantes investigadores. Por mi parte, yo propongo que se investigue si una bala disparada por Hernández pudo haber entrado por un lado, salirse, dar la vuelta y entrar por el otro lado. Por si acaso. Uno nunca sabe. Nadie ha visto a un policía matando a ningún ciudadano por error. Qué va.
Epílogo necesario: quizá ya ustedes se hayan paseado por todas esas versiones sin siquiera leer la crónica. Todos saben que habrá forcejeos, intercambio de acusaciones, emisión de versiones, mucha argumentación en pasta; toma, defiéndete, ahora dame. Al final se decretará un empate técnico, o perderá Hernández... o quizá se le salga una rueda a la carreta y la responsabilidad terminará por recaer en los policías estadales. Entonces, sea como sea, se compondrán cantos a la verdad y a la justicia, que por fin habrá triunfado en la tierra.
Pero, ¿y María Amparo Blanquicet? Ah, María Amparo Blanquicet. Ella está muerta. Y así se quedará, muerta y al margen de la celebración.
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Publicado el 26/07/98 en El Nacional.

julio 06, 2006

¿Disculpas para qué?

Hay cosas cuyo remedio puede encontrarse en las palabras. Una disculpa, una declaración, un mea culpa, una indemnización y ya, todo el mundo satisfecho y a olvidarse de las heridas. Pero hay otras que no se remedian ni con palabras, ni con gestos, ni con buenas intenciones, mucho menos con los desesperados intentos de ocultarlo todo a base de malicia, primero, y después a base de seducción. Pregúntenselo a Boris Alberto Fariña y a su madre, a quienes les tocó pasar por la situación más amarga de sus vidas a causa de los desmanes de un funcionario de la Policía Metropolitana. Okey, de acuerdo, no me miren así, les juro que voy a ser más cuidadoso que hace dos domingos, pero si no pudiéramos ni siquiera nombrar a equis institución estas crónicas no tendrían sentido, y además serían de lo más aburridas. ¿O no?

El flechazo

La casa de Boris Fariña y familia se encuentra en la avenida Leonardo Ruiz Pineda, la principal de San Agustín del Sur. Son gente humilde; la madre, Ana Fariña, trabaja como cocinera en un restaurante -un restaurante, ¿ya ven? hay temas que lo persiguen a uno-, y con ese y otros medios no siempre afortunados se la han arreglado para conseguir recursos de supervivencia. Boris Alberto -20 años de edad-, por ejemplo, repartía tarjetas de una fábrica de ropa; sus otros hermanos, siete en total, son demasiado jóvenes como para buscarse un oficio que ayude a engrosar las arcas de la familia. Quisiéramos continuar el relato con un párrafo del tipo: "En general, se trata de una familia promedio cuyo entretenimiento favorito consiste en ver Sábado Sensacional y jugar al Kino", pero esta no es la crónica de Max Haines. A Dios gracias.

En algún momento, hacia el mes de julio 1997, el muchacho empezó a fijarse en una joven llamada Mariela -nombre ficticio- que todas las tardes iba de visita a su casa para conversar con su hermana. Poco a poco fue enterándose o percatándose de algunos detalles de su vida, sobre todo los que más le interesaban. Tenía 15 años, estudiaba con la hermana de Boris Alberto, vivía en el mismo barrio aunque varias calles más arriba, no tenía eso que llaman "pareja fija", tenía un par de piernas de esas que uno mira a pesar de lo que sea -incluso una amenaza de divorcio-, unas piernas que posiblemente fueron moldeadas a fuerza de subir 294 escalones diarios o a fuerza de bailar toda la noche en cuanta rumba se dejaba escuchar por esas praderas. En cualquiera de los casos era un encanto inobjetable que el joven Boris Alberto no tenía por qué dejar pasar. Y no lo hizo.

La cronología de la relación resulta fácil de reproducir. En julio se presentó ante ella formalmente. En agosto hizo que durante las visitas las conversaciones fueran más cortas con su hermana y más largas con él. En septiembre las visitas no eran a su hermana sino a él, porque ya salían juntos a fiestear. Sin eufemismos: se empataron, vale. En octubre la madre de Boris le dio la humilde bienvenida al calor del hogar a su nueva integrante. Con cariño, chama. Pero eso sí, de vez en cuando tienes que lavar la ropa y pasar un coleto, qué vao, yo tengo este colorcito pero no soy cachifa de nadie. En noviembre todo era unión y luna de miel para los enamorados, pero a Boris empezaron a llegarle unos rumorcitos incómodos sobre su Mariela, rumorcitos que tanto a él como a la joven comenzaron a agriarles el carácter. Y no hay nada más explosivo que un habitante de San Agustín del Sur cuando se le agría el carácter.

Y en diciembre ...

En diciembre ya se habían producido algunos conatos de incendio entre los muchachos, a causa del reguero de pólvora en que se había convertido el bla bla bla respecto a las juntas de la chica y sus hábitos extra hogareños. La cosa reventó por el lado gordo la noche del 12 de diciembre, durante una fiesta en La Charneca. Cerca de la medianoche el joven notó o creyó notar un jaleo fuera de lo normal mientras Mariela bailaba con otro sujeto, y entonces se desataron los demonios. Boris Alberto tomó a su flaca por un brazo y se la llevó casi a rastras, cerro abajo por esas calles bombardeadas de música afrocaribeña.

Cuando llegaron a la casa aquella pareja no era la misma que decidió convivir bajo el mismo techo dos meses atrás. Hubo insultos de lado y lado, un contrapunteo de ofensas en alto tono y algún empujón. Boris Alberto decidió, en medio de la contienda verbal, coger la ropa de la muchacha, meterla en un bolso y notificarle a Mariela la orden de desalojo, adiós, mujer ingrata. La muchacha no tuvo ninguna objeción pero se plantó abajo, en la acera, a gritarle algunas perlas que resonaron bien duras e hirientes a pesar de la música y los triqui traquis. El muchacho soportó un rato los gritos y las provocaciones de todo calibre, pero en una de esas se hartó de la situación y fue a resolverla como suelen resolverse las cosas cuando, en palabras de Lenin, ya se han agotado todas las vías pacíficas. El primer derechazo fue directo a la mandíbula de Mariela; el segundo fue de ésta y dio en el centro de la nariz de Boris; el tercero y el cuarto los conectó él y de pronto se armó la grande, ante la mirada de unos cuantos curiosos de esos que nunca faltan.

El peso de la autoridad

En mitad del combate hizo acto de aparición una patrulla de la Policía Metropolitana. No, no fue cosa de magia, es que cerca de la casa de los Fariña hay un módulo policial y el tránsito de funcionarios por allí es más o menos constante. Dos funcionarios bajaron para ponerle orden a la cuestión pero Mariela los detuvo con un argumento aplastante: esto es una pelea entre marido y mujer, no se metan. Los agentes estuvieron de acuerdo, les ordenaron a los muchachos que resolvieran sus diferencias dentro de la casa y se marcharon. Dos segundos después, como si hubiera sonado la campana para el segundo round, continuó la contienda con más ahínco que hasta el momento.

Nueva patrulla de la Metropolitana en el horizonte, nueva intervención de un funcionario. Esta vez la muchacha no dijo nada, así que imagínense un camión sin frenos por la bajada de Tazón y de paso la luz verde en todos los semáforos. El policía, un sargento que responde al nombre de Mauricio Fonseca, fue directo donde Boris Alberto y comenzó a aplicarle lo que en lenguaje discreto llamaríamos el peso de la autoridad. En un momento del forcejeo Boris logró zafarse del sargento e inició el escape de rigor hacia su casa, pero si Boris Alberto es rápido con las piernas, Mauricio Fonseca es rápido con las manos: el disparo le entró al joven por el costado derecho. Nada qué hacer. Las balas son más rápidas que cualquier hombre. El sargento, nervioso y horrorizado por lo que acababa de hacer -y ante la circunstancia de que había sido visto por un puñado de gente- aceptó primero los insultos, y después la exigencia de Ana Fariña, la madre de Boris Alberto: él mismo debía llevar a su hijo a un hospital. El muchacho fue introducido en una patrulla, y tras él subieron la madre y Mariela, a quien de pronto se le disiparon las furias y los rencores.

El periplo se lo imaginan: hospitales de Lídice, Los Magallanes, Coche, el Vargas, una clínica en San Martín, y finalmente el clínico, a donde Boris llegó en taxi porque la policía no puede entrar a la UCV. Allí le realizaron una operación que comenzó a las 2:45 de la madrugada y culminó a las 9. El médico que realizó la intervención llamó a la madre de Boris para darle una palabra de estímulo, en los siguientes términos:

-¿Cuántos hijos tiene usted, señora ?

-Ocho.

-Bueno, acostúmbrese a que sean nada más siete, porque éste ya no cuenta .

Palabras de un médico; imagínense qué diría un sicario.

El 16 de diciembre Boris Alberto regresó a su casa por decisión propia, pero dos días después tuvo que regresar al hospital porque su estado tendía a empeorar. El sargento Mauricio Fonseca recibió varias veces la visita de Ana Fariña, y no puede decirse que la trató mal. Todo lo contrario: se ofreció para costear de la recuperación del muchacho, sólo que tras comprar los primeros remedios optó por decirle a la señora que ya estaba bueno, él no podía cargar con todos los gastos. Así que intentó un último recurso: le dijo a Ana Fariña que estuviera tranquila, ella le gustaba mucho y cuando las cosas se resolvieran iban a ser muy felices. Esta lo mandó a estudiar a Japón y se sentó a languidecer, a esperar lo peor. Y lo peor sobrevino el 2 de enero: Boris Alberto falleció en el hospital.
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En El Nacional, el 18 de enero 198, con el título No por mucho disculparse resucitan los muertos.

mayo 18, 2006

Deténgase, desaparezca, muera

Ahora le tocó a San Antonio de El Valle, a la familia Sequera; específicamente, al chamo Douglas (20 años, comerciante). La zona en que vive esa familia está cruzada de escaleras y callejones, pero todavía uno puede entrar a las seis de la tarde con algo de confianza en que no le van a robar las medias sin quitarle los zapatos. Por lo tanto, no es, ni con mucho, la zona más peligrosa de El Valle, aunque tampoco es el lobby del hotel Eurobuilding; allí uno no va a toparse nunca con el antropófago de Detroit, pero tampoco con Patricia Velásquez.
Dicen en el sector que rara vez acuden los cuerpos policiales a realizar redadas -al menos no en la parte alta, en los callejones-, y cuando se produce uno de estos operativos, quien lo realiza es la Guardia Nacional. Así que los habitantes del lugar no guardaban, hasta febrero pasado, ningún recuerdo particularmente amargo de las policías y sus a veces brutales mecanismos. Pero hay cada tipo. Gente, por ejemplo, que se creyó el cuento de que el miedo es un buen arma de sobrevivencia. Que está segurísima de la culpabilidad inherente a todo mogote que se deje ver por los lados de las barriadas de Caracas. Provoca dejar esta nota hasta aquí, diablos. Ya ustedes saben qué fue lo que ocurrió, ya saben cómo pasaron las cosas, en qué terminó el capítulo de hoy y cómo terminarán en el futuro sus protagonistas. Pero sigamos adelante; total, estamos casi en Semana Santa, usted no tiene por qué salir mañana a la calle. Y, en caso de que a usted le diviertan estas cuestiones (lo cual es casi seguro, por que si ése no fuera el caso, no estuviera usted leyendo este párrafo tan largo), adelantémosle que hay al menos tres ingredientes inéditos, insólitos hasta la ridiculez, que salvan a este caso de ser una copia idéntica de los anteriores.

La búsqueda

Douglas Sequera salió de su casa el viernes 6 de febrero, a eso de las 8:00 de la noche. Sus planes eran ir a buscar una película en casa de su tía para ir a verla en casa de otro familiar (quien, por cierto, es sargento de la Metropolitana), unas cuadras más arriba, en el mismo barrio. Al menos, ésa fue la explicación que dio el muchacho al salir. Sólo que, justo una hora después de haber salido, un grupo de gente fue a la casa de los Sequera para avisarle a su madre y hermanos que Douglas estaba detenido, en poder de la Brigada Motorizada. La familia, que no recibió el anuncio con mayor alarma, envió en funciones de emisario a la hermana de Douglas, de nombre Yerenaida, al módulo de la PM en San Antonio, donde no encontró a nadie, ni detenidos ni policías. Pausa necesaria para tomar aire y continuar enseguida.
La joven se dirigió entonces a la Jefatura de El Valle, donde le dijeron que no había allí ningún Douglas Sequera detenido; vete a la comisaría de Cerro Grande, mamita, y me saludas a mi amigo por allá, si me lo ves me lo besas. Yerenaida fue hasta Cerro Grande, lista para encontrar de una vez por todas a su hermano, pero ahí la recibieron con una mala noticia: aquí estamos recibiendo sólo menores de edad, este Douglas no puede estar aquí, no lo conozco, no me suena. Nuevo intento, esta vez en el comando de la Guardia Nacional ubicado en el puente de Coche: nada, mi amor, hoy no hemos hecho redadas y, por lo tanto, no tenemos al susodicho elemento en nuestros predios. Regreso veloz de Yerenaida a casa, telefonazo nervioso a la Comandancia General de la PM en Cotiza, donde la atendieron con la cordialidad que ustedes pueden imaginarse en un policía a las diez y media de la noche. Cero informaciones por teléfono, señora, venga y averigüe usted en persona.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, Yerenaida se hizo acompañar por otra hermana y partió hacia Cotiza, a continuar con la búsqueda. Un policía les hizo el favor de revisar en una lista pero nanai, muchachas, ese hermano de ustedes no está aquí. Vuelta a la patria, por los lados de El Valle, en cuya Jefatura tornaron a darle la respuesta: cero Douglas, mija, no sabemos quién es el joven. El recorrido continuó por la Comisaría de El Valle, donde por lo menos las recibieron con grandes manifestaciones de buen humor. Ah, tú eres hermana de la joyita esa, qué jamón, qué cosa más chévere, ¿cómo te llamas tú? Bueno, Yerenaida, para mí es muy duro decirte esto, pero tu hermano se tragó 34 piedras de crack y se murió de un paro cardíaco. ¿Qué tal? ¿Ya viste Titanic? Buena película. ¿Qué vas a hacer esta noche?

Súbete a mi moto

El vacilón burocrático no fue menos amargo que el vacilón efectivo de aquellos agentes, cuyos chistes sonaban tan melodiosos como una serenata de perros en los pasillos de un convento. Luego de mil instrucciones para que las chicas fueran a declarar y a revisar el expediente en la Comisaría de El Valle -donde por dos veces habían negado haber visto al muchacho-, les informaron que el cuerpo de Douglas estaba en la morgue de Bello Monte. Hasta allá fue a parar el padre del joven, para retirarlo.
Pero, un momento, honorables damas y caballeros. En el informe que daba cuenta del deceso del muchacho podía leerse que la causa de la muerte había sido un paro cardíaco, sin mayores explicaciones. Sin embargo, el padre de Douglas pudo ver, cuando le entregaron el cuerpo, que tenía varias contusiones en el rostro, y un par de agujeros de unos seis centímetros a ambos lados del tórax. Además, el joven había llegado allí sin ropa, ni prendas, ni dinero. Con la cantidad de dudas y temores que estos detalles les provocaron, los Sequera acudieron al hospital Vargas, desde donde se supone que había sido trasladado el cadáver de Douglas la noche anterior.
En el Vargas, los cuadernos en los que se registra la entrada de pacientes indicaban que Douglas Sequera había ingresado allí a las 10:00 de la noche; el informe de la policía afirma que fue reportado a la PTJ de Cerro Grande a las 10:30 (¿lo reportan a la PTJ cuando tenía media hora de muerto? Sí, cómo no). Un médico, de nombre Emilio Fumero, les aseguró que unos policías metropolitanos lo habían llevado hasta allá, y que, cuando él lo atendió, ya Douglas estaba muerto. Uno de los funcionarios que llevó al joven hasta allá responde al nombre de Eugenio Mujica, y la patrulla que lo trasladó es la número 10204.
Una semana después de los hechos, un joven vecino de los Sequera declaró en la PTJ que él estuvo detenido junto con Douglas y otro hombre en un módulo abandonado de la PM. Unos policías motorizados los abordaron en la calle, les colocaron sendas capuchas, los interrogaron y golpearon un rato; al declarante y al segundo sujeto los dejaron libres, pero a Douglas lo dejaron detenido, por alguna razón que se desconoce. Este testigo dice que los policías se quedaron con su carnet de trabajo, por lo cual teme una represalia de las gruesas. Por su parte, la familia Sequera Altuve dice haber recibido amenazas telefónicas por parte de alguien a quien le caen muy mal las gestiones realizadas por esta gente hasta ahora. Y peor le van a caer las que faltan: el caso pasó a manos de la Comisión de Política Interior de Diputados y está en averiguación por parte de la Fiscalía, gracias, entre otras cosas, al orden que le ha proporcionado al asunto la Red de Apoyo por la Justicia y la Paz.

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En El Nacional, 05/04/1998.

mayo 15, 2006

De Medicina a la morgue con récipe policial

Los amigos de Roger Gonzalo Padrón (29 años) lo describen como un muchacho silencioso y taciturno. Tenía varias razones para poseer ése y no otro temperamento: era de San Cristóbal, y ya se sabe que los andinos son por naturaleza retraídos (o por lo menos eso dice uno, hasta que se tropieza con la biografía de Juan Vicente Gómez y entonces el mito queda derrumbado y roto en ese piso). Además, había decidido instalarse en la señorial Valencia, ciudad industrial, ciudad grande, ciudad llena de ajetreos, inficiones y magallaneros. Repasen la escena: Roger, silencioso; Valencia, grande y ruidosa. Y aquella mamazón, mi hermano.

Sin embargo, el joven no se fue a la capital de Carabobo vacío de ideas ni en plan aventurero: si decidió establecerse allí, fue porque había una posibilidad de ingresar a la escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, oportunidad a la cual el muchacho atrapó por el cuello y no soltó jamás hasta ver concretada su aspiración inicial, que no era otra sino comenzar a estudiar esa carrera que, exigente y todo, era la que le gustaba. Así que se entregó al estudio, con el mayor entusiasmo, y aprobó el primer año de la carrera mientras, como todo hombre humilde que ha entendido que la vida es un asunto de piedras y subidas, antes que de flores y cosquillitas, se rebuscaba por allí en trabajos eventuales, hasta que consiguió un chance nada despreciable como vigilante en un night club llamado ``Dimensión''. Entre tanto, ocupó una habitación discreta y económica, como todo estudiante que está fuera de su ciudad natal, pero demasiado cara teniendo en cuenta su situación económica.

De manera que allí lo tenemos, estudiando Medicina, viendo en la universidad y en el night club más mujeres hermosas que en toda su santa vida (no hay comparación: las andinas tienen unos hermosos cachetes sonrosados, pero hasta ahí, socio, hasta ahí; nada que le plantee seria competencia a las valencianas), lleno de aspiraciones, y tan silencioso como siempre. Y aquella mamazón, mi hermano.

Al comenzar el pasado año lectivo, el segundo de su carrera, Roger dio con un empleo más estable (de vigilante en la empresa Servinca), que le proporcionaba varias ventajas fundamentales. Primero, una entrada extra de dinero; segundo, el régimen le permitía seguir estudiando y continuar su trabajo en el night club; tercero, de entrada fue asignado a una compañía llamada Primaflex, para cuidar durante las noches su sede -ubicada en la zona Industrial de San Diego, al sur de Valencia-, de modo que ya no tenía que pagar la residencia: al cabo de pocas semanas, el dueño del negocio le permitió llevarse al sitio una neverita, y asunto resuelto. Permanecer allí en las noches, y en la mañana irse a la universidad, y de paso ahorrarse la plata del alojamiento: no suena mal el negocio. Fin de aquella mamazón, mi hermano.

Pero siempre hay gente dispuesta a acabar con los mejores proyectos de vida, con las más humanas ambiciones. Por muy terrestres y humildes que éstas sean.

Desaparecer, aparecer

El día martes 10 de febrero, los diarios de Valencia dieron cuenta de una noticia de ésas a las que ya se están acostumbrando los carabobeños: un hombre no identificado había sido muerto a tiros en un enfrentamiento con la policía del estado Carabobo, al ser sorprendido mientras intentaba entrar en una empresa de productos químicos en San Diego. Sí, ya lo sabemos: ese supuesto delincuente muerto no era otro que Roger Gonzalo Padrón, pero sus familiares debieron hacer malabares y padecer un par de vejaciones de las gruesas antes de dar con su paradero.

Thaís Padrón, una hermana de Roger, cuenta que el domingo 8 de febrero el joven fue a trabajar, como de costumbre, en la noche. A las 12 en punto, el supervisor de la compañía de vigilancia pasó por allí para el control de rutina, conversó con Roger y se marchó. Luego, el lunes 9, un empleado de Primaflex llegó a la compañía a las 5 de la mañana y no encontró quien le abriera; ya Roger no estaba. El empleado llamó a la compañía Servinca, para reportar la novedad, y tras una breve inspección se descubrió que dentro de la sede de Primaflex estaban todos los bienes del muchacho -su cartera, su dinero, unas llaves, el uniforme de vigilante y el revólver de reglamento-, pero no las llaves de la empresa.

Para reflexionar: Roger Padrón desapareció, se llevó las llaves del lugar donde trabajaba, y la compañía de vigilancia no formuló denuncia alguna ante los cuerpos policiales, ni reportó el abandono del trabajo ni la ausencia del muchacho. Simplemente, aceptaron como natural el hecho de que el joven se hubiera ido. Quizá la nevera que dejó les pareció una buena garantía.

Tras varios días de búsqueda, los familiares de Roger decidieron acudir al último lugar donde hubieran querido encontrarlo, la morgue. El 25 de febrero, luego de mucho negar que el cuerpo del muchacho estuviera en ese lugar, la PTJ cita a los familiares para que reconozcan un cuerpo que coincide lejanamente con la descripción que ellos habían dejado. Pero antes les habían mostrado otro cuerpo, el de un muchacho hallado en unas bolsas de basura en una autopista. Nunca les habían mostrado ni dado noticias de aquel muchacho que presentaba dos heridas de bala, y que, en efecto, resultó ser el estudiante-vigilante.

-Bueno, ¿y desde cuándo lo tienen aquí?

-Desde el 9 de febrero.

-Pero él estaba reportado como desaparecido desde el 13. ¿Por qué no nos habían avisado?

-¿Qué? ¿Ah? Eh... Espérese un momento. ­Federico! ¿A qué hora vas a bajar a comprar el café?

Por dónde empezamos

El cuadro ya lo completaron ustedes mentalmente. Ya sabemos de la acuciocidad de nuestros lectores. El joven Padrón no tenía antecedentes ni entradas policiales, lo cual por sí solo comienza a desbaratar la historia de su intento de robar una compañía muy cerca de su más reciente trabajo, y también lo del enfrentamiento con la policía. Hay otras evidencias que obligan a -por lo menos- sospechar de esta especie: el informe del médico forense indica que el cuerpo de Roger presentó dos disparos. Uno de ellos lo alcanzó en el antebrazo derecho, lo cual lo habría dejarlo incapacitado para disparar, en caso de que estuviera armado. El segundo disparo, el mortal, lo alcanzó en el pecho.

Y un detalle circunstancial, pero imposible de apartar a un lado. El lugar donde fue abaleado el estudiante queda a unos 300 metros de un módulo de Coman-poli, la policía municipal, un cuerpo que, como parece ser natural que ocurra en estos días, ejerce tales niveles de autonomía que tiene conflictos de jurisdicción con la policía del estado, y se ha enfrentado por esta causa con el propio gobernador regional. Extraña, por lo tanto, que una comisión de la policía estadal haya penetrado en sus territorios y dado muerte a un ciudadano aplicado a la tarea de entrar donde no le convenía.

¿Lo decimos en nuestro idioma, para entendernos? Bueno: qué casualidad, mi hermano. Yo nunca me meto en la casa de Pedro, y Juan tampoco, porque es su enemigo. Ah, pero el 9 de febrero a mí se me ocurre entrar en la casa de Pedro y justo ese día Juan decide hacer lo mismo. Fin de mundo. Tantas casualidades y tantos olvidos oficiales, en tan poco tiempo, son como para inquietarse un poco.

En lo que respecta a la investigación y la polvareda que se avecina en la cordial Valencia, Thaís Padrón, hermana de Roger, acaba de introducir en la Fiscalía la respectiva solicitud de averiguación de nudo hecho. Antes de eso, estuvo investigando en la compañía donde su hermano cumplía sus guardias, y según su testimonio, al hablar con el dueño del negocio, éste tartamudeó que era una maravilla, antes de proporcionar unos detalles más contradictorios que las preferencias sexuales de Michael Jackson: que Roger se llevó las llaves de la compañía, pero no se las llevó; que las cosas de Roger las encontraron regadas en el piso el día de su desaparición. También fue Thaís a la Escuela de Medicina de la UC, donde se topó con alguien que le confesó haber visto a su hermano el día 13 de febrero. Demasiadas vertientes por donde comenzar a llegarle a la verdad, nos parece.