enero 07, 2006

Muy grande y muy pesado

  • El los penales suelen deambular personajes pintorescos, mentes analíticas, talentos innegables, diamantes sin pulir. El caso de hoy da cuenta de uno de los inolvidables de la cárcel de Tocorón
Resultaría vago, inacabable y lleno de conjeturas el acto de ubicar con precisión el momento en que El Gordo Omar se inició en los menesteres del tráfico de drogas, negocio al que se había aplicado, evidentemente, hace un rato largo. Por esto, no deja de extrañar el hecho de que sólo haya sido en 1997 cuando los cuerpos policiales le echaron mano por primera vez. Y tomen nota, por favor: estamos hablando de un señor que había pasado su vida (40 hermosos y refulgentes años) entre Aragua y Carabobo; entre Cagua, Maracay y Valencia. No se trata, pues, de un nómada transnacional sino de un hombre más o menos sedentario, ubicable, más fácil de identificar que la voz de César Miguel Rondón en medio de un recital de las niñas del San José de Tarbes.
A esta descripción somera de sus harto predecibles movimientos, es preciso agregar que el hombre no ocultaba para nada su condición de ciudadano enriquecido con alguna rapidez. Testimonios de primera mano hablan de unas fiestas fastuosas en su vivienda, ubicada en el sector La Candelaria, en Cagua; de una afición desmedida por las muchachas más bellas (que por los lados de Aragua y Carabobo abundan como el arroz), y de una presunta costumbre de cambiar de carro con la misma frecuencia con que uno se cepilla los dientes; es decir, dos o tres veces al mes.
En descargo de los investigadores hay que señalar que el hombre tenía bien instalada y aceitada su maquinaria de defensa y protección, de modo que siempre era el primero en enterarse cuando se avecinaba una operación relámpago de las policías, y además sus redes estaban tan bien sincronizadas que más de una vez recibió serios golpes, grandes decomisos de cargamentos cuya propiedad jamás se le atribuyó, entre otras cosas porque las mulas a su cargo jamás le habían visto la cara ni escuchado su nombre. Invisible, intocable, indetenible: la prosperidad en silencio se llamaba Omar José Moreno. Aunque díscolo y desenfadado, parecía haber acumulado tanto poder como para hacerse respetar por los jíbaros de la zona central del país, y también por la PTJ y la GN, que ya habían comenzado a percibir un tufito indeseable en el rastro del tipo. De dijo, pero jamás se probó, que en la cuenta de Moreno había que anotar una serie de ejecuciones y planes para liquidar a la competencia por la vía rápida, lo cual prueba que aparte de hábil para esconderse era un sujeto duro, aplazado con cero uno en la materia Contemplación.
Pero siempre llega el momento de los resbalones, y el del Gordo Omar sobrevino un día de marzo de 1997. La PTJ logró al fin detectar su responsabilidad en una macoya de 40 kilos de cocaína y lo capturó sin mucho trámite. Sólo que entonces el Gordo dio muestras de estar preparado para dar pelea en otros terrenos: miren a sus abogados, qué veloces y agraciados se ven. Pero todavía tienen que pasar unos cuantos meses antes de que esa parte del asunto cobre su protagonismo. Estén pendientes.

Las reinas del rey

El Gordo Omar fue a parar con sus huesos y sus kilos de más a la cárcel de Tocorón, lugar en el cual las autoridades esperaban que se encontrara con otros presos más bravos y mejor instalados en la tierra que él, pero miren qué sorpresa: al llegar a la cárcel casi lo reciben con un comité de recepción, orquesta y champán incluidos: allí estaban muchos de sus viejos panas y subalternos.
El hombre entró en aquellos pabellones como si se tratara de su casa, y a los dos semanas ya su habilidad para hacer trueque con la marimba y demás sustancias le habían dado dentro del penal el poder que ni siquiera tenía en la calle. ¿Dudan ustedes que la venta de drogas es más rentable en la cárcel que en la vía? Bueno, entérense: una porción de lo que sea puede costar en la cana el triple de lo que cuesta en la calle. La trampa es hacer un sacrificio, pasar una temporada a la sombra y después a disfrutar de lo lindo, mi gente; no hay prisión que dure cien años (a menos que los chuzos y metrallas lo alcancen a uno, en cuyo caso la prisión no dura un siglo sino para siempre). Además, Omar José Moreno encontró cancha propicia para hacer entrar unas armas y con eso armó el negocio del siglo, todo eso sin salirse de un espacio de seis por seis metros, como no fuera para ir al baño o coger un poco de sol en el patio.
Y miren qué mala estaba la cosa allá adentro. El Gordo, en su celda de máxima seguridad, acompañado de hombres peligrosos pero fieles cuando están frente a un líder como él, se las arregló para recibir sus buenas comidas, cierto trato preferencial que ni las autoridades del penal podían detectar y mucho menos impedir, y un privilegio que ni siquiera los hombres libres podemos disfrutar: el acceso eventual al anexo femenino. Construyan ustedes la ecuación: hombre preso más mujer presa es igual a. Qué más se le puede pedir a la vida.
Allí en el anexo conoció a una chica llamada Yuneiris Ramírez, “La China” para los papacitos. Y no sólo la conoció, sino que cada vez que entraba en el anexo la quería era a ella, no me la toquen, que me la rompen. Jamás romance alguno fue más tórrido.
Pero no crean que El Gordo creía mucho en el amor eterno. Apenas salía del anexo femenino y llegaba la hora de la visita, el Gordo se arreglaba y se peinaba para entablar conversación con una hermana de un recluso que no tuvo reparos en presentársela; se llamaba Dayana Ceballos, 23 años, mirada inquieta, piel morena, talante imperial y con un cuerpo más bueno que un sancocho de jurel un domingo a las diez de la mañana en la orilla del río que baja por Chuspa y desemboca en Los Caracas.
Llega diciembre de 1997; han transcurrido unos meses desde que el hombre fue capturado, y a Tocorón llega una orden de liberación a nombre de Omar José Moreno. A disfrutar, galán, del fruto de tu noble esfuerzo.

Nadie es eterno en el mundo

Al igual que algunos helados de Tío Rico, que tienen su parte más sabrosa al final del vasito, la vida de El Gordo Omar llegó a sus meses culminantes de la manera más auspiciosa, aunque también más intensa y accidentada. El febrero de este año se produjeron algunas noticias, quizá no propiamente suyas, pero sí muy relacionadas con él.
El día domingo 22, durante la visita en la cárcel de Tocorón, aquella amante suya apodada La China tuvo un ataque retardado de celos, pues se enteró de que su gordo querido había estado saliendo, ya en libertad, con aquella entrometida de Dayana Ceballos, la mujersota que él había conocido en el penal. Nadie sabe cómo, La China logró abrirse paso hasta el sitio en que estaba la visitante y la atravesó con un chuzo lleno de óxidos y filos. Dayana agonizó unos minutos y nada se pudo hacer en el patético servicio de enfermería, muy bien equipado y pulcro si lo que va a ser atendido allí va a ser un jabalí, pero definitivamente repugnante si le paciente es un ser humano.
El Gordo se enteró de la cosa, lloró la muerte de la niña e hizo lo que mejor sabe hacer: movió sus piezas dentro de la cárcel con la celeridad de un ministerio (inglés). Marcó un número celular, pegó dos gritos, impartió una orden. El día martes 24 La China amaneció despedazada a chuzazos en su cuchitril del anexo femenino. Se dice que uno de los autores materiales del ajusticiamiento fue un querido subalterno de Omar José Moreno apodado “El Solitario”.
Ocho días transcurren. El 4 de marzo, la Guardia Nacional investigó y detuvo a uno de sus funcionarios, un distinguido de nombre Carlos Morales Romance, implicado hasta las medias en el tráfico de armas y drogas dentro de la cárcel de Tocorón. El rastreo y la investigación que sobrevivo condujo a las autoridades hasta la puerta de la casa del Gordo Omar, quien, con mucho gusto, regresó a sus aposentos de Tocorón.
Pero esta vez no había ni comité de bienvenida, ni champán, ni mujeres complacientes a su disposición. La secretaria del juez de su causa y un fiscal del Ministerio Público habían recibido la información de que Omar José Moreno iba a ser asesinado por una banda rival, no bien entrara en la cárcel. Los funcionarios recibieron el anuncio con un bostezo. El lunes 10 de mayo, en mitad de una protesta, una huelga de hambre y una riña colectiva, de Tocorón salieron dos cadáveres para recibir por última vez el sol de Maracay. Uno era el del célebre “Monstruo de Guarenas”; el otro, por supuesto, era el de Omar José Moreno. Se le contabilizaron 17 heridas de chuzo en todo el cuerpo. Pero qué importa el detalle. Pudo haber sido uno solo. Para la muerte no hay ofertas ni descuentos.
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Me la publicaron en El Nacional, pero no recuerdo ni he logrado averiguar cuándo. Supongo que fue hacia 1998. Lamento este bache informativo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

en el escrito que dice guapo, armado y apoyado, dicha informacion es totalmente falsa, ya que dichos ciudadanos fueron absuertos por un tribunal de control, asi como la corte de apelaciones, ya que no tuvieron nada que ver con ese delito y fueron culpados injustamente, no comprobandosele delito en lo manifestado en ese escrito, por lo que se les debe el derecho a replica por ese medio de comunicacion, ya que a los mismos se les comprobo su inocencia y quedaron libres de toda culpabilidad.

JRD dijo...

Supongo que el párrafo que usted cuestiona es el que dice: "Junto con Ramiro X fueron a parar a la cárcel el comandante de la policía municipal, Henry Perozo; Asdrúibal Martínez, José Carucí y Moisés Morón, todos funcionarios de la alcaldía". Pues bien, esas personas sí fueron a parar a la cárcel. Aquí no dice por ninguna parte que son culpables de nada, sólo que fueron encarcelados. Ese es un hecho incontrovertible, notorio, público y comunicacional, así que no acepto que me acuse de dar una información "totalmente falsa". Usted sí está incurriendo en un delito de opinión, pues está acusando y señalando a una persona de apellido Villamizar y lo está haciendo bajo anonimato.

De todas maneras, si usted cree necesario aclarar o ampliar informaciones aparecidas aquí, puede escribir su versión o información en este mismo espacio. Sólo le pido que lo firme con su nombre y apellido. Lo que escriba aparecerá publicado automáticamente.

Anónimo dijo...

Jaime Briceño no era funcionario de la PTJ; era Inspector-Jefe de la Policía de baruta, y los hechos sucedieron así: El Inspector-Jefe Jaime Briceño se encontraba en labores de Supervisión en las adyacencias de la Estación de Servicio Piedra Azu, Baruta, justo detrás del Comando de la Policía de Baruta. Allí presenció un choque entre dos vehículos y vio como una señora involucrada en el choque le grita a los conductores del otro vehículo. El Inspector Jaime Briceño se percata y se baja de la patrulla para mediar entre los involucrados, en ese momento recibe una ráfaga de ametralladora que le cruza el pecho.
Irónicamente el Inspector Briceño me hacia llamados de atención cuando salía a patrullar y no usaba el chaleco antibalas. QEPD Inspector. Excelente persona y con mucha moral porque siempre daba el ejemplo a la hora de "entrompar" a los choros.

marcoayala409@hotmail.com


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