enero 25, 2006

Los argumentos del fuego

Es verdad que el negocio de la comida y la bebida es inagotable: nadie dejará de comer nunca, al menos mientras haya cierta fuerza en los bolsillos. Y de la bebida, ni se diga. Se sabe de muchos que prefieren apagar el fuego de la sed o las simples ganas de caerse a tragos antes que matar el hambre. Y de gente que prefiere caerse a tragos antes que gastar los centavos en cualquier otra cosa. En resumidas cuentas y para abreviar esto de una buena vez, parece que invertir el dinero en una tasca-restaurant es una buena forma de asegurar el futuro. Es verdad que el problema inicial es tan grande como conseguir el dinero para montar ese maldito restaurant, pero ese ya es un cuento aparte.
Salvador José Petit, de 44 años, ya había superado ese obstáculo inicial, pues desde hacía unos años era administrador de un establecimiento al que, por supuesto, le iba bastante bien. El negocio se llama El Tizón y queda en la ciudad de Coro, estado Falcón. El negocio es bueno. Los corianos comen.
Por alguna razón que ni siquiera la compañía electrica de la región –Eleoccidente– puede explicar, un mal día se produjo un aumento de esos que lo dejan a uno pasmado y con ganas de no encender jamás un bombillo. Y, por alguna razón que sólo la gente del restaurant El Tizón puede explicar –aquí nada es explicable desde afuera–, cierta deuda que habían arrastrado desde hacía dos meses se empató con la nueva factura repotenciada del mes de enero, y hete aquí que la deuda del local ascendió a la suma de un millón seiscientos mil bolívares, una cantidad difícil de cancelar de un solo guamazo incluso para un negocio más o menos próspero como el de Petit y su gente.

Yo tenía una luz
que a mí me alumbraba


En esos días, los últimos de enero y primeros de febrero, para ser más específicos, aterrizaron en la compañía de electricidad gran cantidad de reclamos, quejas y solicitudes de reconsideración de sus numeritos por parte de habitantes de Coro inconformes con el aumento; nada que no haya ocurrido antes en cualquier ciudad del país. Petit solicitó una explicación y le dieron la más sencilla del mundo: no es que Eleoccidente se esté robando la plata ni que los medidores enloquecieron y están cobrando los latidos del corazón; simplemente, aumentaron las tarifas. Y las deudas hay que pagarlas. ¿Qué posibilidades había de amortiguar ese golpe? Caray, digamos que ninguna. Pero la cosa es más bien fácil si la vemos así: usted paga lo que debe y la deuda queda eliminada.
La molestia fue brava mientras se limitó a su ámbito de papel y palabras por cumplir, pero la bravura se convirtió en otra cosa más agria y menos publicable cuando, a los pocos días de aquella primera diligencia, el restaurant se quedó sin energía eléctrica. Fin de mundo. Nadie toma cervezas calientes, y cocinar un pollo en medio de la oscuridad es más difícil que enamorar a Ana Karina Manco llevándole serenatas de Lupe y Polo. A Salvador Petit le entró una calentera de mil pailas de azufre, pero en medio de la tembladera encontró la serenidad suficiente para idear una estrategia: le pidió a su esposa, Maritza de Petit, que fuera hasta la compañía y negociara un plan de pago razonable con los jefes.
La señora Maritza fue hasta allá, le explicó la situación a un supervisor, le dijo que estaban dispuestos a pagar pero no de una sola vez porque no había un millón y medio de bolívares en esa caja. Y ahora, con el negocio cerrado, iba a ser un poco más difícil reunir el dinero. Así que pidió comprensión, y la obtuvo: el supervisor le partió la deuda en cuatro pedazos a ser pagados en igual número de fechas. Eso sonaba bien. Demasiado bien, dadas las circunstancias. Receta aceptada, remedio comprado. Pero, según refirieron más tarde voceros de la compañía, a pesar de las facilidades que le dieron, Petit dejó pasar la primera fecha de pago, y entonces el corte sí vino en serio y sin el consabido derecho a pataleo. Pagas o pagas; esa era la única opción.

Decidido, fatal

Otra versión, nunca confirmada, asegura que el plan propuesto por aquel supervisor fue rechazado por funcionarios superiores, con lo cual a Petit se le cerraron todas las salidas. Cosa que viene a ser lo de menos, porque el miércoles 24 de febrero Salvador José Petit se presentó en la Oficina Comercial de Coro para arreglar las cosas por su cuenta. Pidió hablar con el jefe de aquella oficina y le trajeron a Aura Rosa Namías, una gerente de esas bravas, de 33 años, quien escuchó atentamente su reclamo. El juego comenzó a trancarse desde el principio, porque cuando Aura Rosa se enteró que de el caballero estaba moroso se le puso más firme que de costumbre, con esa firmeza indomable que caracteriza a las mujeres falconianas.
Petit transitó en tiempo récord de la actitud reflexiva a la suplicante, de la suplicante a la impotente y de la impotente a la rabiosa, a medida que la señora Namías se iba poniendo más granítica en sus negativas. Entonces llegó el momento de la furia. Salvador Petit levantó la bolsa plástica que llevaba consigo, de ella sacó un envase metálico. El Carnaval había finalizado una semana antes, pero aún así el hombre bañó con su contenido la funcionaria. El contenido no era agua, sino algo que a Aura Rosa Namías le olió vagamente a gasolina o removedor de esmalte. ¿Qué pretendía Petit? ¿Quitarle las manchas, desteñirla, blanquearla un poco? No: su intención era prenderle candela, y fue lo que hizo. Sólo que la llamarada además de envolver a la mujer lo alcanzó a él mismo y a las dos docenas de clientes que se encontraban en el lugar.
La gente quiso hacer exactamente lo que los bomberos aconsejan hacer en esos casos: salir ordenadamente y sin dejarse ganar por el pánico, pero como el pánico no es oveja para dejarse amansar ya ustedes se imaginan el espectáculo: gritos, fuego vivo, gente quemada y asfixiada. Los únicos muertos en el hecho fueron Petit y Namías. Y los muertos no tienen una segunda ni una tercera oportunidad.
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El 14 de abril del 99 la publiqué en El Nacional, con un título que ni yo mismo puedo entender ahora: La más negra de las persuasiones.

enero 18, 2006

Guapo, armado y apoyado

Ramiro X, alcalde del municipio Tovar –capital Colonia Tovar– tiene encima una investigación bastante delicada, y un auto de detención más delicado aún. "Aprovechamiento de cosas provenientes del delito" no parece sonar muy fuerte en un país que ya se está acostumbrando a que sucedan crímenes más monstruosos, pero el problema con el amigo Ramiro X es que la PTJ de Maracay encontró en las bóvedas de la alcaldía de Tovar, esto es, en su oficina, un puñado de joyas. Tras una simple verificación las autoridades determinaron que esas prendas habían sido extraídas a la fuerza de la joyería Damasco, en La Victoria, por una banda armada.
Al ser capturado e interrogado sobre el origen de aquellas joyas, el alcalde titubeó; luego dio una explicación que no convenció al comisario Juan Villamizar, de la PTJ-Maracay, y entonces sí estalló el escándalo en serio. Junto con Ramiro X fueron a parar a la cárcel el comandante de la policía municipal, Henry Perozo; Asdrúibal Martínez, José Carucí y Moisés Morón, todos funcionarios de la alcaldía.
Es una historia extraña, torcida, de esas que mucha gente no puede creer. Pero más torcida y extraña, además de intensa, es la historia paralela, la que permitió que la anterior ganara espacios en la prensa. La que mantuvo en vilo a los cuerpos policiales de Aragua, Miranda y el Distrito Federal; la historia brava dentro de la historia.

Alcaraván, compañero

Se llamaba Rubén Darío Medina Luna, tenía 34 años y vivía con su esposa y una hija en una urbanización de Valencia. Al margen de esa vida hogareña y familiar se desarrollaba su otra faceta, la perversa, la que lo llenó de dinero, comodidades, bienes y también un feo prestigio: el hombre era un consumado asaltante y llevaba encima un récord criminal bastante macabro, contentivo de ocho homicidios probados y algunos más que se le han atribuido pero nunca se le comprobaron.
La noticia más antigua que se tiene sobre su tétrica trayectoria data del 13 de febrero de 1992. En esa oportunidad emboscó y neutralizó con su camioneta al vehículo de los hermanos Nicola y Giovanni Del Vecchio en la carretera Panamericana, antes de asesinarlos a balazos y llevarse su carro y sus bienes. Tres meses después del crimen, y tras minuciuosas labores de rastreo e identificación, la PTJ de Aragua lo identificó, dio con su paradero y lo capturó. Pero Rubén Medina no era de los que disfrutan ni se echan a dormir cuando les toca estar en una cárcel. Su inconformidad con la pérdida de su libertad la expresó de manera dramática un día de mayo de 1996, cuando logró escaparse del retén de La Planta junto con un grupo de reclusos en medio de una balacera que paralizó la autopista Francisco Fajardo.
Como suele ocurrir en estos casos, tuvo que ocurrir esa fuga y ese vaporón ante los ojos del público para que comenzaran a salir a la luz otros interesantes datos sobre el sujeto evadido. El hombre pertenecía a una banda bautizada en el ambiente policial como "Los Alcaravanes", terror de la zona central del país. Muchos golpes se le habían atribuido, entre negocios asaltados y ciudadanos despojados de sus carros. En 1996, tras su fuga, lejos de estarse tranquilo y adoptar un bajo perfil para mantenerse lejos del brazo de la justicia, comenzó a reorganizar a su banda y ahora sí, sonó la hora de su funestagloria.
Es posible que el vulgar ciudadano común que uno es no tenga manera de verificar in situ los procedimientos de la PTJ en este tipo de situaciones, pero lo cierto es que no hubo banco, joyería o bomba de gasolina asaltada que las autoridades no se lo atribuyeran al Rubén y su banda. Destacaba en su accionar y en el aspecto proporcionado por las víctimas y testigos de sus golpes el detalle de su armamento: parece que bastaba ver a aquellos tipos calzados con subametralladoras, fusiles de asalto y pistolones de alto calibre para que todo el mundo les entregara la cartera, las cajas registradoras, la cédula, la esposa, el dinero.

Chao suerte

Entre agosto de 1996 y finales de 1998, sin embargo, comenzó la debacle de Los Alcaravanes. Uno a uno y en diferentes lugares, siempre entre Valencia, Maracay y Caracas, fueron cayendo abatidos en enfrentamientos, diezmados por su propio método de entrompe y carnicería. Hasta marzo de este año había dos sobrevivientes de la banda. Uno, llamado David o Darío Vargas Lares –hay discrepancia en los registros– cumple condena en el retén de Tocuyito. El otro, Rubén Darío Medina Luna, todavía tenía gasolina existencial de sobra para dejar una nueva estela de sangre y malas noticias regadas en esas calles.
El 7 de enero de este año tuvo lugar uno de los pocos momentos en los cuales Medina Luna estuvo frente a frente con la policía. Ocurrió frente a la estación de servicio Piedra Azul, en La Trinidad, aquí en Caracas, cuando Medina fue sorprendido en un carro recién robado. Una comisión de la PTJ le dio la voz de alto y el hombre respondió en su mejor estilo, con sucesivas ráfagas de ametralladora que acabaron con la vida del subcomisario Jaime José Briceño (36 años) y del funcionario José Luis Rondón (26). Poco después se produjo el asalto a la joyería Damasco de La Victoria, con saldo a su favor de 40 millones de bolívares en joyas. En este punto del relato entra en escena el alcalde de la Colonia Tovar. Fue su último gran golpe, que se sepa.
Su ángel guardián decidió abandonarlo el pasado 5 de marzo. Una comisión de la PTJ lo siguió sigilosamente por las calles de Valencia hasta que decidieron abordarlo cerca de su residencia, en la urbanización El Parral. Iba en un vehículo Toyota Camry acompañado de otro hombre, cuando se percató de que lo seguían e intentó escapar. En un momento de la persecución decidió cambiar el procedimiento y enfrentó a tiros a los agentes, pero esta vez el marcador no le favoreció, y cayó muerto con varios disparos. Su compañero se dio a la fuga. Resulta muy simple este epílogo, pero no hay otro. A menos que uno quiera escarbar a fondo en el papel del alcalde Ramiro X, pero de esto se está ocupando la PTJ.
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Cuando la escribí para El Nacional, el 11 de abril del 99, le coloqué por título Un hombre muy duro con unos hierros enormes.

enero 16, 2006

La bulla de los inocentes

Un crimen horrendo puede no trascender ni dolerle a mucha gente. Eso depende de cuánto tenga el agraviado en la cuenta: justicia para pobres no existe, mucho menos para marginales y para familias perdidas en pueblos olvidados
Lagunillas suena a calor y también a miseria. Se es de Lagunillas y se puede esperar cualquier cosa de regular para abajo, sobre todo si uno es pobre. Algo que no es difícil: muy pocas personas son pudientes en ese pueblo. Tiene su sabor a paradoja la cuestión, porque Lagunillas queda en el Zulia, el estado más rico de Venezuela.
A esa categoría de pobres habitantes del rico estado pertenece la familia Pacheco Urbina, una gente que le ha visto la cara a la pelazón de cerca, casi desde adentro. Para completar, viven en un barrio llamado Párate Ahí. No es que uno tenga nada contra las denominaciones de barrios, pero tenga usted la bondad de explicarme cómo coño va alguien a salir de abajo en un barrio cuyo nombre le recuerda a cada rato que nuestro lugar esta ahí abajo, sin posibilidades de surgir: Párate Ahí y no estudies, no le pongas empeño, no trabajes. Con una orden subliminal así a uno no le queda sino meterle los pocos centavos de la quincena a la lotería y a las carreras de caballos, o echarse a morir por nocaut fulminante a punta de caña blanca y tristeza.
De más está decir que también hay delincuencia y puñaladas traperas para regalar en esos eriales, y por lo tanto –cosa que podría funcionar si no hubiera tantos tipos que enloquecen cuando les cae una chapa y una pistola en las manos– la policía tiene o cree tener una especie de salvoconducto virtual para entrarle con todo a sus habitantes. Recuerden la postura oficial de un antiguo director de la Policía de Baruta, según el cual todo lo que se mueva en Petare huele a perico y a pólvora, y por lo tanto a esa gente hay que quebrarle las patas antes de sacarle una declaración. No se extrañen, esa es más o menos la filosofía en muchas partes de Venezuela.
A la familia Pacheco Urbina le tocó la mala un día de marzo. Tenía que tocarle. Ser marginal tiene su precio. No pretenderán que eso se pague sólo con hambre.

Ultimo out

Fue un operativo de la Policía Municipal: cinco patrullas llegaron al barrio Párate Ahí, repartieron rolo y codazos como en cualquier película de kung-fú, pegaron de una pared a todo bicho de dos patas que arrugara la cara al recibir los golpes, y después –sólo después– comenzó el cacheo de documentos.
Pero he aquí que a uno de los funcionarios le gustó la cara del hijo menor de los Pacheco, uno que llamaban Yoeshit Alberto (16 años a la fecha), y comenzó a preguntarle fuerte y seguido por unos malandros, por unos azotes de barrio que estaban escondidos por allí. La familia del muchacho dijo después –se ha cansado de decirlo– que él jamás tuvo trato con ningún delincuente, lo cual viene a ser lo de menos. De verdad, no importa, porque con peores lacras han salido retratados ciertos personajes muy queridos en las altas esferas y no por eso les han hecho ni una octava parte de lo que le salió a Alberto Pacheco esa tarde.
Lo que cuentan los testigos y familiares de Alberto es más o menos ésto: el joven estaba jugando beisbol, fue detenido junto con un grupo más de peloteros, llevado al lugar donde requisaban a los demás y desguasado a tiros de pistola en presencia de una veintena de testigos. En cuestión de minutos lo introduijeron en una patrulla, el chofer arrancó con la urgencia del caso hacia el hospital más cercano –adonde no llegó con vida el joven, por cierto– y perro a ladrar: allá va el cuerpo de Yoeshit Alberto rumbo al frío de la morgue, y más tarde a la sepultura.

La esquiva justicia, otra vez

Acá es cuando la historia se nos convierte en algo terriblemente parecido a otros casos anteriores, pero vamos a reseñarlo de todas formas. Total, aquí no pretendemos que se diviertan –para eso tienen a Max Haines; hacía tiempo que no nos metíamos con él– sino que se les arruine el domingo con el relato de algunas cuestiones sucias y más o menos cotidianas. Ejemplo: al día siguiente apareció en los periódicos regionales que la poderosísima escuadra de la Policía Municipal había despachado en heroica y arriesgada acción, allá en el peligrosísimo barrio Párate Ahí. ¡Salud, zulianos! Por fin hay alguien que los protege en las calles.
Unas cositas extras para no dejar esto por la mitad. El señor Freddy Pacheco hizo las diligencias pertinentes para recibir el cuerpo de su muchacho, y por supuesto lo recibió, pero lo recibió incompleto. Entre otras huellas menores, Alberto tenía los genitales mutilados y le faltaba la córnea de uno de sus ojos. Lo de la córnea se entiende; ya el doctor Jack Castro explicó que cuando uno muere sus familiares tienen tres horas para presentarse con una carta en la que prohíbe que le extraigan sus órganos. Está bien, a lo mejor esa córnea le estaba haciendo falta a alguien. Pero por lo demás... no sé, no sé. Mucha gente padece en el mundo por falta de bolas, pero que se sepa a nadie le han transplantado un testículo. A lo máximo que ha llegado la ciencia es a clonar una oveja, así que será bien difícil explicar por qué ese ensañamiento.
La familia Pacheco Urbina tardó un poco, pero al fin hizo los trámites pertinentes. La familia Pacheco Urbina ha contado mil veces la historia de la redada, de la captura, de los tiros, de la mutilación. La familia Pacheco Urbina ha sido escuchada, y se le ha prometido que el peso de la ley caerá con toda la premura sobre los responsables del crimen. La familia Pacheco Urbina no ha tenido fortuna: ellos viven en Lagunillas. Los policías que masacraron a Alberto andan por la calle, más libres que nunca.
Y Párate Ahí: justicia para pobres no existe. Después se molestan porque uno lo dice en voz alta.
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Publicado el 28/04/99 con el mismo título. En El Nacional, cuando era un periódico serio.

enero 07, 2006

Muy grande y muy pesado

  • El los penales suelen deambular personajes pintorescos, mentes analíticas, talentos innegables, diamantes sin pulir. El caso de hoy da cuenta de uno de los inolvidables de la cárcel de Tocorón
Resultaría vago, inacabable y lleno de conjeturas el acto de ubicar con precisión el momento en que El Gordo Omar se inició en los menesteres del tráfico de drogas, negocio al que se había aplicado, evidentemente, hace un rato largo. Por esto, no deja de extrañar el hecho de que sólo haya sido en 1997 cuando los cuerpos policiales le echaron mano por primera vez. Y tomen nota, por favor: estamos hablando de un señor que había pasado su vida (40 hermosos y refulgentes años) entre Aragua y Carabobo; entre Cagua, Maracay y Valencia. No se trata, pues, de un nómada transnacional sino de un hombre más o menos sedentario, ubicable, más fácil de identificar que la voz de César Miguel Rondón en medio de un recital de las niñas del San José de Tarbes.
A esta descripción somera de sus harto predecibles movimientos, es preciso agregar que el hombre no ocultaba para nada su condición de ciudadano enriquecido con alguna rapidez. Testimonios de primera mano hablan de unas fiestas fastuosas en su vivienda, ubicada en el sector La Candelaria, en Cagua; de una afición desmedida por las muchachas más bellas (que por los lados de Aragua y Carabobo abundan como el arroz), y de una presunta costumbre de cambiar de carro con la misma frecuencia con que uno se cepilla los dientes; es decir, dos o tres veces al mes.
En descargo de los investigadores hay que señalar que el hombre tenía bien instalada y aceitada su maquinaria de defensa y protección, de modo que siempre era el primero en enterarse cuando se avecinaba una operación relámpago de las policías, y además sus redes estaban tan bien sincronizadas que más de una vez recibió serios golpes, grandes decomisos de cargamentos cuya propiedad jamás se le atribuyó, entre otras cosas porque las mulas a su cargo jamás le habían visto la cara ni escuchado su nombre. Invisible, intocable, indetenible: la prosperidad en silencio se llamaba Omar José Moreno. Aunque díscolo y desenfadado, parecía haber acumulado tanto poder como para hacerse respetar por los jíbaros de la zona central del país, y también por la PTJ y la GN, que ya habían comenzado a percibir un tufito indeseable en el rastro del tipo. De dijo, pero jamás se probó, que en la cuenta de Moreno había que anotar una serie de ejecuciones y planes para liquidar a la competencia por la vía rápida, lo cual prueba que aparte de hábil para esconderse era un sujeto duro, aplazado con cero uno en la materia Contemplación.
Pero siempre llega el momento de los resbalones, y el del Gordo Omar sobrevino un día de marzo de 1997. La PTJ logró al fin detectar su responsabilidad en una macoya de 40 kilos de cocaína y lo capturó sin mucho trámite. Sólo que entonces el Gordo dio muestras de estar preparado para dar pelea en otros terrenos: miren a sus abogados, qué veloces y agraciados se ven. Pero todavía tienen que pasar unos cuantos meses antes de que esa parte del asunto cobre su protagonismo. Estén pendientes.

Las reinas del rey

El Gordo Omar fue a parar con sus huesos y sus kilos de más a la cárcel de Tocorón, lugar en el cual las autoridades esperaban que se encontrara con otros presos más bravos y mejor instalados en la tierra que él, pero miren qué sorpresa: al llegar a la cárcel casi lo reciben con un comité de recepción, orquesta y champán incluidos: allí estaban muchos de sus viejos panas y subalternos.
El hombre entró en aquellos pabellones como si se tratara de su casa, y a los dos semanas ya su habilidad para hacer trueque con la marimba y demás sustancias le habían dado dentro del penal el poder que ni siquiera tenía en la calle. ¿Dudan ustedes que la venta de drogas es más rentable en la cárcel que en la vía? Bueno, entérense: una porción de lo que sea puede costar en la cana el triple de lo que cuesta en la calle. La trampa es hacer un sacrificio, pasar una temporada a la sombra y después a disfrutar de lo lindo, mi gente; no hay prisión que dure cien años (a menos que los chuzos y metrallas lo alcancen a uno, en cuyo caso la prisión no dura un siglo sino para siempre). Además, Omar José Moreno encontró cancha propicia para hacer entrar unas armas y con eso armó el negocio del siglo, todo eso sin salirse de un espacio de seis por seis metros, como no fuera para ir al baño o coger un poco de sol en el patio.
Y miren qué mala estaba la cosa allá adentro. El Gordo, en su celda de máxima seguridad, acompañado de hombres peligrosos pero fieles cuando están frente a un líder como él, se las arregló para recibir sus buenas comidas, cierto trato preferencial que ni las autoridades del penal podían detectar y mucho menos impedir, y un privilegio que ni siquiera los hombres libres podemos disfrutar: el acceso eventual al anexo femenino. Construyan ustedes la ecuación: hombre preso más mujer presa es igual a. Qué más se le puede pedir a la vida.
Allí en el anexo conoció a una chica llamada Yuneiris Ramírez, “La China” para los papacitos. Y no sólo la conoció, sino que cada vez que entraba en el anexo la quería era a ella, no me la toquen, que me la rompen. Jamás romance alguno fue más tórrido.
Pero no crean que El Gordo creía mucho en el amor eterno. Apenas salía del anexo femenino y llegaba la hora de la visita, el Gordo se arreglaba y se peinaba para entablar conversación con una hermana de un recluso que no tuvo reparos en presentársela; se llamaba Dayana Ceballos, 23 años, mirada inquieta, piel morena, talante imperial y con un cuerpo más bueno que un sancocho de jurel un domingo a las diez de la mañana en la orilla del río que baja por Chuspa y desemboca en Los Caracas.
Llega diciembre de 1997; han transcurrido unos meses desde que el hombre fue capturado, y a Tocorón llega una orden de liberación a nombre de Omar José Moreno. A disfrutar, galán, del fruto de tu noble esfuerzo.

Nadie es eterno en el mundo

Al igual que algunos helados de Tío Rico, que tienen su parte más sabrosa al final del vasito, la vida de El Gordo Omar llegó a sus meses culminantes de la manera más auspiciosa, aunque también más intensa y accidentada. El febrero de este año se produjeron algunas noticias, quizá no propiamente suyas, pero sí muy relacionadas con él.
El día domingo 22, durante la visita en la cárcel de Tocorón, aquella amante suya apodada La China tuvo un ataque retardado de celos, pues se enteró de que su gordo querido había estado saliendo, ya en libertad, con aquella entrometida de Dayana Ceballos, la mujersota que él había conocido en el penal. Nadie sabe cómo, La China logró abrirse paso hasta el sitio en que estaba la visitante y la atravesó con un chuzo lleno de óxidos y filos. Dayana agonizó unos minutos y nada se pudo hacer en el patético servicio de enfermería, muy bien equipado y pulcro si lo que va a ser atendido allí va a ser un jabalí, pero definitivamente repugnante si le paciente es un ser humano.
El Gordo se enteró de la cosa, lloró la muerte de la niña e hizo lo que mejor sabe hacer: movió sus piezas dentro de la cárcel con la celeridad de un ministerio (inglés). Marcó un número celular, pegó dos gritos, impartió una orden. El día martes 24 La China amaneció despedazada a chuzazos en su cuchitril del anexo femenino. Se dice que uno de los autores materiales del ajusticiamiento fue un querido subalterno de Omar José Moreno apodado “El Solitario”.
Ocho días transcurren. El 4 de marzo, la Guardia Nacional investigó y detuvo a uno de sus funcionarios, un distinguido de nombre Carlos Morales Romance, implicado hasta las medias en el tráfico de armas y drogas dentro de la cárcel de Tocorón. El rastreo y la investigación que sobrevivo condujo a las autoridades hasta la puerta de la casa del Gordo Omar, quien, con mucho gusto, regresó a sus aposentos de Tocorón.
Pero esta vez no había ni comité de bienvenida, ni champán, ni mujeres complacientes a su disposición. La secretaria del juez de su causa y un fiscal del Ministerio Público habían recibido la información de que Omar José Moreno iba a ser asesinado por una banda rival, no bien entrara en la cárcel. Los funcionarios recibieron el anuncio con un bostezo. El lunes 10 de mayo, en mitad de una protesta, una huelga de hambre y una riña colectiva, de Tocorón salieron dos cadáveres para recibir por última vez el sol de Maracay. Uno era el del célebre “Monstruo de Guarenas”; el otro, por supuesto, era el de Omar José Moreno. Se le contabilizaron 17 heridas de chuzo en todo el cuerpo. Pero qué importa el detalle. Pudo haber sido uno solo. Para la muerte no hay ofertas ni descuentos.
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Me la publicaron en El Nacional, pero no recuerdo ni he logrado averiguar cuándo. Supongo que fue hacia 1998. Lamento este bache informativo.