mayo 10, 2005

Todas las muertes del capo

Ha muerto Ricardo Paz. El nombre puede no sonarle mucho a los seguidores del Miss Venezuela, pero sí le sonará bastante a quienes siguen de cerca las calamidades de los carteles de la droga. A Ricardo Paz lo relacionaban, en efecto, con el Cartel de la Guajira, y a causa de esos vínculos permanecía tras las rejas en el momento de su hora final (10 de agosto de 1999, en la cárcel de San Sebastián, departamento de La Guajira, en Colombia).
Llórese su muerte o cause alivio entre la gente de bien, pero no se diga jamás la frase “La muerte lo sorprendió”. Antes de sucumbir envenenado con una dosis de estricnina suficiente para noquear a una manada de elefantes, a Ricardo Paz le había ocurrido todo cuanto tiene que ocurrirle a alguien para proclamar que le ha ganado la carrera a la muerte. Entre esas situaciones límite está el haber sobrevivido a varias emboscadas y haber vivido en la población de Maicao. Quien conoce ese lugar sabe de qué se trata; quien no ha ido allí jamás sólo imagínese al infierno, póngale un mercado al estilo de La Hoyada y un poco más de sol: comercios más, guerrilleros menos, ése es el mejor retrato del pueblo.
Ricardo Paz nació en Riohacha, y pertenecía a la etnia wayúu. No hay que ser muy sabihondo para tener una idea del temperamento y la actitud ante la vida de ese pueblo; no nos extrañe entonces si Ricardo Paz se burlaba de su apellido y prefería regar el mundo de balas o hacer un postgrado en el arte de huir de ellas.

La vida loca

Bien temprano conoció la violencia, y un poco más tarde el protagonismo en los titulares de los periódicos. Tendría 17 años cuando asistió a un ritual conocido entre los wayúu como “segundo velorio”: se trata de una ceremonia en la cual al difunto lo desentierran un año después de haber fallecido, para que su madre y sus parientes femeninas más cercanas procedan a separar los huesos (eternos) de la carne (corrupta) con sus propias manos, entre llantos y alaridos; un espectáculo no apto para los fans del osito Winni Pooh.
Pero para Ricardo Paz y los suyos lo terrible no fue la asistencia a la ceremonia (muy común además en esa etnia) sino el desenlace que tuvo la misma: unos pistoleros irrumpieron en la sala donde tenía lugar el desentierro y encendieron a balazos a la concurrencia, con saldo de cuatro personas muertas. Dos de esas personas eran el hermano y la hermana menor de Ricardo. La prensa reseñó el suceso como un simple acto de venganza entre clanes adversarios (otra cuestión muy común entre guajiros), y a estas alturas no habrá forma de confirmar esta versión; por lo general los wayúu no acuden a la policía para zanjar sus diferencias sino que las resuelvgen ellos mismos. Y la policía, por su parte, no suele ponerle mucho empeño a un caso suscitado entre guajiros, la pinga, allá ellos con su cosmovisión y su curtura.
Cuatro años transcurren; ya es 1994 y Ricardo Paz es un hombrecito de 21 años con el pellejo curtido por el sol y los malos ratos. En Maicao, espacio comercial por excelencia, el muchacho no tenía mayores alternativas: hacerse comerciante, chofer de chirrincheras (esas camionetas pick up con lona atrás que sirven, por lo general, para transportar gente brava a un lado y otro de la frontera), contrabandista o ladrón. Ninguna de las opciones le gustó; se hizo entonces vigilante de cuanta tienda quisiera contratar sus servicios. No se diga tampoco, entonces, que le faltaba vocación o ganas de trabajar.
Pero, hablando de malos ratos, el 6 de mayo de 1994 le tocó uno bastante serio, aunque no inédito en su loca vida: aquella noche transitaba con su hermano José Alberto Paz por una de esas calles tan hermosas de Maicao, cuando de pronto varios hombres bajaron de una camioneta y los ametrallaron sin piedad. Ricardo pudo huir, protegido por quién sabe qué deidad indígena, pero a José Alberto lo dejaron convertido en un vil rayo de queso. A él mismo le juraron la muerte. Que no pensara que las balas iban a perdonarlo por los siglos de los siglos.
Ricardo se hastió de tanta violencia y decidió buscar un lugar más humano, amable y sereno donde vivir: cruzó la frontera y se instaló en Maracaibo. Luego hizo unas diligencias, preguntó unos precios y se compró una hacienda en el verdor de Machiques.

Contra balas y malas lenguas

Ya ustedes se han preguntado, como se lo preguntaron las autoridades en aquel momento: ¿de dónde sacó aquel jovencito los millones que le costó el fundo en la zona de Machiques? Hay historias al respecto. El propio Paz arrojó luces sobre las que menos le favorecen, como se verá más adelante.
Una tarde, exactamente el pasado 13 de julio, se repitió la ya conocida escena: se encontraba conversando frente a la casa de unos familiares, allá en Machiques, y de repente unos hombres armados rociaron al grupo con balas de todo calibre y estuvieron a punto de freírlos a todos. Esta vez la parte negra le tocó a Ricardo Paz, quien recibió cuatro impactos de bala y debió ser trasladado a la clínica La Sagrada Familia. Allí le hicieron unos remiendos maravillosos que se le salvaron la vida, pero todavía le faltaba un round que sortear.
Un día después de la operación llegaron a la clínica unos hombres vestidos de militar que apartaron a enfermeras, vigilantes y visitantes por igual diciendo que eran funcionarios de la DIM. Entraron a la habitación de Ricardo, tomaron posiciones y lo remataron a tiros a él y a un amigo que lo cuidaba. Afuera, una comisión de la Guardia Nacional se extrañó de oír tanto vaporón en una clínica y se acercó para ver de qué se trataba; cuando el grupo comando salió del recinto se inició una balacera de esas sabrosas, ante las cuales provoca sentarse a mirar con una bolsa de cotufas en la mano, y uno de los agresores de Ricardo pereció en el combate. También murió el amigo que lo cuidaba, con varios plomos en el cuerpo. Y el buen Ricardo Paz, señoras y señores, sobrevivió nuevamente a los cañones enemigos. Ya le iba ganando 4 a 1 a la muerte; ya iba siendo hora de convertirlo en material periodístico.
Una vez trasladado a un hospital en Maracaibo, con dos tiros más en el cuerpo pero más vivo que el coñísimo, comenzaron a llegar reporteros de varios periódicos, deseosos de indagar en esta especie de Bruce Willis guajiro. El marabino Panorama y el semanario Crónica Policial, entre otros medios, le sacaron varias declaraciones, una de las cuales resulta, cuando menos curiosa. Ricardo Paz dijo algo así como: “Ni que yo fuera pendejo para decirles que me están buscando en Colombia”. Paz se refería a cierta banda de narcos que le tenía un riñón hinchado a él y a su familia desde que vivía en Maicao, pero las autoridades de acá hicieron otra lectura de la frase y decidieron investigar un poco más. Enviaron sus datos a Colombia, y esperaron respuesta. Del lado de allá respondieron con colosales gritos y relinchos: ese Ricardo Paz no era otro que el capo mayor del Cartel de La Guajira, y las policías de Colombia tenían años dándose de cabeza contra las paredes porque desconocían su paradero.Una semana después de los atentados contra su vida, Ricardo Paz fue deportado mansamente a Colombia. En la cárcel de San Sebastián lo esperaban los viejos enemigos con armas más rabiosas y también otras sutiles.
La que lo fulminó definitivamente vino escondida en el almuerzo del día 10 de agosto. Sin balas ni ruidos innecesarios, el veneno le destrozó las entrañas y mandó a Ricardo Paz al terreno de la leyenda.
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El Mundo, 20 de septiembre de 1999. Idéntico título.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

hermagoras gonzales "alias gordita" CAPO DEL CARTEL DE LA GUAJIRA ya lo tienen preso al verdadero maton

karakenio dijo...

Kudos,

Ze

julio atencio dijo...

Exelente un guerrero